Del Espíritu, Claude-Adrien Helvétius

[De l´esprit]. Tratado de «moral experimental» del escritor fran­cés, formado por cuatro discursos, publicados en 1758. El autor se propone estudiar al hombre en general, tal como es en todas las naciones y bajo todos los gobiernos.

«De los hechos me he remontado a las causas: tratando la moral como las demás ciencias…, como una física experimental». En el primer discurso, «El espíritu en sí mismo», la superioridad del hombre sobre los animales es atribuida a su organización; con todo, es un animal puramente sensible, y todos los conocimientos le llegan a tra­vés de la sensibilidad física y de la memo­ria, por lo cual las operaciones del espíritu se reducen todas a la facultad de sentir: el juzgar no es sino percibir las semejanzas y las diferencias. El hombre es libre física­mente; pero no tiene un libre albedrío, puesto que está determinado por el anhelo de felicidad, que mueve a los hombres en varias direcciones, porque las apreciaciones de ella son diversas.

En el segundo discur­so, «El espíritu en relación con la socie­dad», Helvétius se propone demostrar que el interés personal dicta el juicio de los individuos y el interés general el de las naciones. Es tan imposible para el hombre amar el bien como» el mal por sí mismos. De la virtud, por lo tanto, no se puede te­ner idea absoluta e independiente de épo­cas y de gobiernos; ni siquiera pretender que sea una noción puramente arbitraria: no es más que el deseo del bien público, en relación con las épocas y los países. «Bien público» es para el autor — como lo será para Bentham— «el mayor bien para el mayor número de personas». En todo país la corrupción política es viciosa por­que habitualmente se da preferencia al interés individual o de grupo en perjuicio del interés general.

Las cuestiones morales no son, pues, cuestiones sociales; pertenece al legislador fijar el instante en que una na­ción deja de ser virtuosa y se vuelve vi­ciosa, o viceversa; el progreso moral no puede ser realizado más que por medio de la ley; y es menester modificar la legisla­ción de un pueblo para extirpar vicios, for­mar héroes, genios y seres virtuosos. En­tre el interés personal y el público no ha­brá nunca coincidencia natural, sino sólo artificial, sugerida por el temor y la espe­ranza; «la ciencia de las costumbres», o moral, se confunde, por tanto, con la le­gislación. En el tercer discurso, «¿Es el es­píritu un don de la naturaleza o un efecto de la educación?», el autor declara que ninguna desigualdad, ni siquiera la de los sexos, debida a causas sociales y modificables, viene de la naturaleza. La diversa capacidad de atención nace de la diversidad de las pasiones, que, en lo moral, son lo que en lo físico los movimientos. Y la causa de esta diversidad en los hombres norma­les, tiene su fuente en la sensibilidad física, de la que dependen las pasiones, las vir­tudes y los vicios. Por esto el amor, que habla más a los sentidos, es la más podero­sa de las pasiones. La desigualdad de los espíritus resulta, por tanto, no de la natu­raleza, sino de la diversidad de educación.

La cual, en vez de combatir las pasiones como desearía el ascetismo cristiano, debe desarrollarlas, con la sola reserva de coordinarlas con miras al provecho público; y ésta es la tarea del legislador. En el cuarto discurso, Helvétius enuncia que la educa­ción no es más que el arte de conocer los medios apropiados para formar cuerpos más robustos, a ejemplo de los griegos, y espí­ritus más iluminados y virtuosos, encen­diendo fuertes pasiones y dirigiéndolas al bien público. Legislación y educación son casi omnipotentes, en la creación del genio y de la virtud. Aunque esta obra no fuese original (su psicología era la de Locke, Berkeley, Hume, Condillac; sus ideas so­ciales las de Hobbes, Diderot, Voltaire, Montesquieu; sus principios políticos los de Fontenelle y Buffon; sus teorías del amor pro­pio, de la fecundidad de las pasiones, de la identidad de la cuestión moral con la social, eran de Maquiavelo.

La Rochefoucauld, Vauvenargues), tuvo, sin embargo, un «enorme éxito de escándalo». La Iglesia y el Estado, cada cual por su lado, reacciona­ron, y las condenaciones se sucedieron contra el autor, que trató inútilmente de mantener su libro en el anónimo. Prime­ramente se desplazó a Inglaterra, y después a alemania, donde fue huésped de Fede­rico II. Desde allí, Helvétius desahogó su rencor y expresó su pesimismo acerca de la suerte de Francia, que no había acep­tado los remedios por él propuestos. Fue un «filósofo mediocre», escribió de él Brunetiére; «pero en la formación del espíritu de nuestras democracias autoritarias, ni Voltaire, ni Rousseau, ni Montesquieu ni Diderot han ejercido una influencia com­parable a la suya».

G. Pioli