De lo Espiritual en el Arte y en la Pintura en Particular, Wassili Kandinsky

[Veber das Geistige in der Kunst, insbesondere in der Malerei]. Obra del pintor ruso publicada en Munich en 1911. Esta breve obra, escri­ta mientras el artista pintaba sus primeros lienzos no figurativos o «abstractos», es algo más que un simple manifiesto o pro­grama estético. Kandinsky —sobre todo en la primera parte del libro, teórica y gene­ral, en la que traza un paralelo entre el «materialismo» y la espiritualidad— se ma­nifiesta aquí como un espíritu preocupado y curioso por los problemas religiosos y por la teosofía, y capaz de superar las cuestiones puramente técnicas y resolverlas con la ayuda de principios superiores.

La obra no es, por otra parte, otra cosa que la traducción teórica de sus investiga­ciones prácticas llevadas a cabo en los diez años anteriores a su actividad en Munich. En su propia experiencia personal, cree hallar el autor los elementos capaces de ilustrar una revolución exigida por la mis­ma marcha del arte contemporáneo: se trataría de rechazar las trabas naturalistas y figurativas, y operar una «desmaterializa­ción» del arte, remontándose a sus elemen­tos fundamentales y primarios de líneas y colores. El color se halla en la base misma de toda la obra de Kandinsky. Su intento es liberarlo absolutamente, pues él le atri­buye un valor espiritual intrínseco: cada color llevaría así consigo una significación psíquica: el amarillo evocará una pujante energía plenamente terrenal, mientras el azul sugerirá la pureza de las profundida­des.

En la base de esta teoría, se encuentra el sentimiento de que la vida espiritual puede ser comunicada tanto por los signos del lenguaje óptico como por los del len­guaje sonoro, tanto por los colores como por los sonidos. Es por consiguiente posi­ble captar la abstracción plástica en lo que ella tiene de más íntimo y esencial en el hombre. El esfuerzo de Kandinsky sigue una trayectoria paralela a la de los esfuer­zos estéticos de su época; no cabe ninguna duda de que es deudor en muchos aspectos al neoimpresionismo francés, que había asimismo afirmado la importancia capital del color. También el cubismo parece pro­poner una nueva visión del mundo pictó­rico, bastante análoga a la de Kandinsky; éste, no obstante, después de haber acepta­do el cubismo en sus principios, lo aban­dona.

La razón de esta actitud se encuentra en el juicio que aporta sobre Picasso, de quien dice que divide el color, pero no lo disuelve en absoluto: «Picasso busca cons­truir las relaciones numéricas. No retrocede ante ningún obstáculo, y si el color le es­torba para resolver el problema de la for­ma, lo arroja por la borda». Ante estos plantos de vista revolucionarios, la crítica de la época protestó naturalmente con violen­cia. La forma de la obra puede además entrañar cierta incertidumbre: no se deben buscar en ella de ningún modo demostra­ciones, sino la incitacióxl a reconstruir una experiencia, a reencontrar «su intimidad». En cualquier caso, Kandinsky supo distin­guir las virtualidades del futuro y se ma­nifestó profeta de una nueva era espiri­tual en la pintura.