Del Alma, Avicena

[De anima]. Bajo este títu­lo de la versión latina se conoce un escrito juvenil de Avicena (370-428 Héjira/980- 1037 d. de C.) en árabe Risala fi n-nafs [Tratadito o Epístola acerca del alma], de­dicado al emir samanida de Bu jara Nuh ibn Mansür. Conocido primero en Europa en la traducción latina de Andrea Alpago, editada en Venecia en 1546, fue publicado en su texto árabe con traducción alemana de Landauer en 1876. No es más que uno de los numerosos escritos de psicología del filósofo musulmán, que también trató del asunto en otras obras, ya sueltas, ya incor­poradas en las mayores, y hasta en verso. El tratadito se divide en diez capítulos: sentada la demostración de la existencia de las facultades del alma (I), se procede a su clasificación en las tres categorías fundamentales, vegetativa, animal y racio­nal, y a la definición general del alma como entelequia y forma del cuerpo (II). No re­sulta de una mezcolanza de los cuatro ele­mentos, sino que es añadida a ellos e infusa desde el exterior (III). Sigue una ulterior subdivisión de cada una de las tres cate­gorías del alma; la vegetal se subdivide en fuerza nutritiva, acrescitiva y generati­va (IV); la animal se caracteriza por el movimiento y por la percepción.

El prime­ro da lugar al movimiento apetitivo y re­pulsivo, la segunda opera mediante los cin­co sentidos «externos» tacto, gusto, olfato, vista y oído (v.), y los cuatro internos. Análisis de los procesos perceptivos de los cinco sentidos «externos» de los objetos y categorías de la percepción (VI). Los sen­tidos «internos» (facultad imaginativa, opinativa, cogitativa, memoria), y fuerza mo­triz del cuerpo (VII). El alma racional, su campo de acción y su desarrollo (VIII); es una substancia y puede subsistir sin el cuerpo, cuya mortalidad no implica la del alma como se demuestra con cinco premi­sas y cinco razonamientos silogísticos (IX). Existencia del intelecto universal o activo, fuente y origen primero de las almas, par­ticulares, y cuya relación con ellas es como la de la luz con la vista; éstas se unen con él una vez desprendidas del cuerpo, y per­manecen así imperecederas (X). Este juve­nil tratadito, al que Avicena se refiere mu­cho más tarde en obras de su plena madurez contiene, pues, «en esencia», la doctrina psi­cológica del filósofo musulmán, expuesta en forma típicamente escolástica. Toda esta teoría es de evidente derivación aristotéli­ca: el De Anima de Aristóteles es, en efec­to, el texto clásico para estas reelaboracio­nes psicológicas del peripatetismo islámico; pero, como es costumbre de éste, en gene­ral, y de Avicena, en particular, no es raro que las doctrinas aristotélicas estén combi­nadas con otras platónicas o más bien neo- platónicas. Es notable la presencia, aunque sea en forma sumaria en el capítulo final, de la doctrina del intelecto activo, que en Avicena adquiere particular desarrollo, y en que él se separó de su predecesor al- Fárábí, concibiéndolo como «dador de for­mas», inteligencia rectora del mundo terre­no, y fuente primera de todas las almas hu­manas. Desde fines del siglo XV y durante todo el XVI y el XVII, ese intelecto activo aviceniano fue conocido en Europa con el extraño nombre de «colcodea» por curiosa deformación de un vocablo árabe de signi­ficado muy diferente.

La doctrina psicoló­gica de Avicena, además de hallarse en este tratadito, más conocido en el mundo occi­dental por la traducción latina del XVI, se halla desarrollada en las obras siguientes: Discusiones acerca del alma [Munázárát fi n-nafs], Sobre el origen y retomo del alma [FI asl an-nafs wa-maadiha], Sobre las facultades humanas y sus percepciones [Fi-l- quwa al-insaniyya wa idrakatiha], Capítulos acerca del alma [Fusül fi-n-nafs], y el poemita didascálico: Qasída fi n-nafs publicado y traducido por Carra de Vaux en 1899. La exploración de este material no está todavía realizada completamente y se tienen motivos para pensar que obras subs­tancialmente idénticas se presenten tal vez bajo títulos diversos, como también que al­gunas de sus partes no sean más que ex­tractos de las dos grandes enciclopedias fi­losóficas de Avicena.

F. Gabrieli