De las divisas, Scipion Bargagli

[Delle imprese]. Tra­tado publi­cado, completo en sus tres partes, en Vene­cia en 1594. En la clásica forma de diálogo, en las horas meridianas de tres calurosos días estivales entre Attonito Intronato, Ippólito Agustini y Belisario Bulgarini, el autor, que ha leído, según declara, todas las obras manuscritas e impresas que ha podido hallar sobre divisas, nos hace partí­cipes de su vasta erudición sobre el asunto. Los tres interlocutores, se ponen primero de acuerdo sobre la definición, estableciendo que por divisa, se entiende la expresión de un concepto obtenido, por vía de similitud, a través de una figura, acompañada nece­sariamente de breves y agudas palabras.

Sobre su origen, descartada la hipótesis que la hace derivar de los jeroglíficos egipcios, de la cábala y hasta de Dios en persona (que creó el árbol de la ciencia acompañándolo de las palabras «Ne comedes»), terminan reconociendo que el ejemplo más antiguo se halla, según testimonio de Es­quilo, en la guerra de los Siete contra Tebas; pero que, independientemente de las antiguas tradiciones, difundieron su uso en Bretaña los caballeros del rey Artús. Se dis­cuten después todas las reglas que deben presidir a la creación de una divisa «legíti­ma», explicando por ejemplo, con sutiles razonamientos, por qué los objetos en ella representados deben tomarse sólo de la natu­raleza y del arte, excluyendo de ella la figura humana y toda referencia a la histo­ria o a la fábula.

Las reglas particulares se corroboran con el análisis de las divisas más célebres, de las que 139 están repro­ducidas en los grabados que adornan el vo­lumen. Vemos pasar ante nuestros ojos las divisas de las numerosas academias, reyes, reinas, familias y personajes célebres en sus respectivos tiempos, comenzando por la que Bargagli escogió para el emperador Rodol­fo II a quien va dedicado el docto volu­men, hasta la que eligió para sí mismo. Bargagli, más conocido entre nosotros por su obra narrativa (v. los Coloquios) fue tan apreciado por este tratado, que gra­cias a él alcanzó el nombre de Nuevo Aris­tóteles en su curioso campo de erudición.

E. Ceva Valla