De la Pintura Sacra, Federico Borromeo

[De pictura sa­cra). Obra en latín de Federico Borromeo (1564-1631), aparecida en Milán en 1625. Se hizo una segunda edición en Roma en 1754, en los Symbolae litterariae opuscola varia, y una tercera en Milán en 1932, primer volu­men de la Collana Federiciana, con la aña­didura de una traducción al italiano de C. Castiglioni y una introducción crítica de Giorgio Nicodemi.

La obra forma parte de la orientación preceptiva que surgió con mo­tivo del Concilio de Trento y como reali­zación de los principios sancionados en él. Después de Molano, Paleotto y Zuccari, Federico Borromeo, valiéndose de la expe­riencia adquirida a través del contacto con artistas y teóricos de renombre, trata de fijar de nuevo los principios normativos y las reglas prácticas en los que el artista católico ha de inspirar su actividad. Refi­riéndose ampliamente a los tratados pre­cedentes y procediendo a través de frecuen­tes ejemplos sacados de memorias del mun­do clásico, Borromeo parte de la compro­bación básica de que el punto central del hecho artístico es el «decoro» como fuente de deleite y de edificación del alma. La esencia de lo bello es «el esplendor y el hermosísimo ornato que resultan de las costumbres de los hombres».

El arte es, pues, reconducido a su función social; el artista ha de ser consciente de la dignidad de su propia vida, pues sólo de ese modo puede ejercer una acción benéfica sobre la suerte de los pueblos y despertar sus sentimientos nobles. El fin último de la pintura es, según Borromeo, la expresión de los sentimientos del alma; pero para alcanzarlo es necesario que el pintor forme su prepa­ración psicológica a través de una exis­tencia altamente moral. Analizando luego particularmente el «decoro» así definido, Borromeo reconoce que entran también en él les conceptos de armonía, medida, unidad y síntesis. Además, quiere que se observe gran fidelidad a la historia. La precisión en la reconstrucción arqueológica de los hechos del Antiguo y Nuevo Testamento sólo puede ser templada cautamente con el respeto por algunas tradiciones iconográ­ficas.

El Concilio de Trento había estable­cido precisamente que había que desterrar de la pintura sacra toda falsedad o confu­sión, eliminando cuanto pareciese profano e indecoroso. Por otra parte, según Borro- meo, para que sea eficaz, la obra de arte ha de nacer de una unidad esencial, evi­tando perderse y disminuirse en episodios secundarios y en atributos frívolos. La obra de Borromeo, por su carácter académico- moralista, carece de interés crítico. Sin em­bargo, resulta todavía de cierta utilidad, para los artistas, la segunda parte, donde se trata de iconografía sacra.

C. Baroni