De la Enseñanza Regular de la Lengua Materna en la Escuela y en la Familia, Jean-Baptiste Girard

[De l’enseignement régulier de la langue maternelle dans les écoles et les familles]. Obra publicada en París, en 1844. Dividida en cinco libros, considera la lengua materna como el ór­gano más importante de la educación inte­lectual y moral.

En el primer libro ex­pone el problema general: ¿cómo se ense­ña la lengua? La primera maestra de la lengua es la madre, que enseña a hablar a sus hijos siguiendo el natural instinto ma­terno sin darse perfecta cuenta del método que emplea. ¿Cuál es el procedimiento se­guido por la madre? Primero muestra los objetos, después pronuncia los nombres, de modo que en el espíritu del niño se forma una estrecha asociación entre la palabra y la cosa. Por otra parte, la madre trata de hacer del niño un ser moral y desarrollar en su corazón sentimientos de admiración hacia todo lo bello, elevado y santo. El co­metido del maestro es el de continuar la obra de la madre, y mantenerse a la altura de los fines maternos; pero a menudo, por desgracia, creyendo colocarse en un nivel superior, el maestro queda por debajo del instinto materno.

Para integrar el curso de la lengua materna Girard hace intervenir cuatro personajes: el «gramático», el «ló­gico», el «educado», el «literato». El gramá­tico proporciona el material lingüístico tal como se presenta en el lenguaje espontá­neo. No se sujeta a las reglas demasiado abstractas de una metafísica gramatical, tan alejada del espíritu del muchacho; no mul­tiplica las definiciones, las divisiones y las subdivisiones gramaticales, sino que se atie­ne al uso corriente de las palabras, a las variaciones que sufren cuando se unen en la frase, y a su ortografía. El lógico trata de desarrollar la reflexión y el juicio en las mentes de los alumnos; y, para obtener esto, se servirá oportunamente de la sinta­xis, que es la que fija la forma en que nuestro pensamiento sé mueve y se mani­fiesta en el lenguaje. Por fin, el literato pa­rece que no tiene nada que hacer en una escuela de muchachos «que no deben com­poner ni discursos académicos ni poemas, ni siquiera un solo verso».

Sin embargo, interviene, ya que los niños son también literatos en pequeño, toda vez que inventan frases y proposiciones, y hacen, según los casos, relatos, cartas, descripciones, diá­logos y pequeños discursos. En el libro se­gundo, Girard considera la enseñanza de la lengua como expresión del pensamiento, y trata de construir una gramática de la idea sobre la gramática de la palabra. La es­cuela no debe construir de nuevo, pero debe explorar la mina de material lingüís­tico que el niño trae consigo, para ampliar y enriquecer el conocimiento ya adquirido de la lengua, para rectificar los errores y corregir los vicios ignorados. Girard deplo­ra el método consistente en afrontar la en­señanza de la gramática como una disci­plina nueva que debe asimilarse en su compleja estructura, empezando por las partes invariables y variables de la frase, de las que se establecen analíticamente las reglas que sirven para su construcción, para proseguir con interminables y fastidiosas conjugaciones y terminar con una minucio­sa sintaxis abstracta, que deja a los alum­nos completamente indiferentes. Este mé­todo construye una gramática puramente verbal, a la que Girard opone la gramática de la idea, es decir, propugna la enseñanza viva, práctica, progresiva, que se adhiere a las necesidades y a la capacidad de los alumnos.

Pocas reglas, encontradas por los propios discípulos y deducidas de la prác­tica y de los ejercicios. En el libro tercero trata de la enseñanza de la lengua como medio para cultivar el espíritu en sus di­versas actividades. La lengua no es considera dada en su aspecto formal, sino como instrumento de cultura, como vehículo de conocimientos positivos. El ambiente que rodea al muchacho, la geografía del pueblo natal, la naturaleza circundante con sus maravillas, el mundo humano, la familia y la sociedad, forman la materia del pri­mer curso de la lengua. Después vienen los ejercicios de invención y de sintaxis en los cuales se manifiesta y consolida el des­arrollo lógico. El libro cuarto está dedica­do a la educación del sentimiento que se obtiene mediante el recto desarrollo de las tendencias naturales, puestas por Dios en los hombres y por ello básicamente buenas. Estas tendencias son de cuatro clases: per­sonales, sociales, morales y religiosas; y Girard indica los medios para desarrollarlas dirigiéndolas hacia la virtud, que es Je­sucristo.

El quinto y último libro trata de la aplicación del curso de lengua materna, y, entre otros expedientes didácticos, trata de la enseñanza mutua, a la que da mucha importancia porque nace en la familia y por lo mismo forma parte del instinto ma­terno. La obra de Girard es notable no sólo por la organización teórica que ofrece de la disciplina fundamental de la escuela, encuadrándola en el conjunto de los pro­cesos educativos, sino también por sus geniales visiones de la psicología y de la filosofía del lenguaje, que preludian no sólo los recientes estudios sobre tales discipli­nas, sino también la nueva orientación que la pedagogía moderna ha adoptado acerca de la enseñanza de las lenguas.

M. Maresca