De la educación de los hijos, Jacobo Sadoleto

[De liberis recte instituendis]. Obra publicada en Venecia en 1533. En este tratado, escrito en el más puro estilo ciceroniano y traducido luego al italiano, francés y alemán, el docto prelado expone sus ideas pedagógicas en la forma tradicional de diálogo. Interlocutores son el mismo Sadoleto y su sobrino Pablo, al que había criado como un hijo. Ala­bando a los antiguos que, mucho mejor que los modernos, comprendieron la necesidad de legislar sobre la educación de la juven­tud, Sadoleto empieza insistiendo en la im­portancia de las primeras impresiones en la formación moral del niño.

Deberá velar sobre él desde su nacimiento el padre (de la madre y de $u misión, ni una palabra), empezando, desde la elección de la nodri­za, a ejercer su obra de educador, que deberá consistir casi exclusivamente en ale­jar de él todos los malos ejemplos y en proporcionárselos buenos, sobre todo en su propia persona y conducta. La disciplina debe ser severa, pero no triste y fastidiosa; la admonición no debe ir acompañada de golpes o de castigos humillantes. Hasta aquí la educación moral. A ésta, y al servicio de ésta, va unida la instrucción intelectual. El joven, además de los ejercicios físi­cos, de la danza y de la música, debe cultivar las ciencias y las letras latinas y griegas (no se habla de la lengua ni de la literatura en lengua vulgar), ejercitándose en la asidua lectura de los clásicos.

Meta suprema del joven a través de los dife­rentes estadios de su cultura, ha de ser la filosofía, maestra no sólo de la inteligencia sino también de la acción, la única capaz de dar al hombre firmeza moral, dig­nidad, equilibrio. Sadoleto, con este lúcido tratado, ocupa un lugar aparte entre la nu­merosa falange de humanistas que, empe­zando por L. B. Alberti y terminando con Della Casa y Castiglione, trataron del pro­blema educativo, limitado — como era de rigor en la época — a las clases privilegia­das. Sadoleto sabe conciliar el ideal hu­manístico de la cultura con el católico, poniendo como fundamento de la vida del espíritu un principio moral — el equili­brio — que debe su fuerza al conocimiento filosófico de la divinidad, de manera que la religión se muestra como el fin y sopor­te de la vida civil.

E. Ceva Valla