De la dignidad y progreso de las ciencias, Francis Bacon

[De dignitate et augmentis scientiarum libri IX]. Obra filosófica dedicada a Jacobo I. Es la traducción latina con añadiduras, pu­blicada en 1623, del tratado en lengua in­glesa On the proficience and advancement of leaming, de 1605. Consta de dos partes, de las cuales la primera, dedicada a la exaltación de la ciencia, ocupa el primer libro, y la segunda, que se refiere al pro­greso de las ciencias, los otros ocho. Bacon toma la defensa de las ciencias contra el descrédito debido a la hostilidad de los teólogos por una parte, los cuales acusan a las ciencias de llevar al ateísmo y de los prácticos y políticos por la otra, los cuales equivocadamente consideran que las letras debilitan el ánimo, mientras que los siglos de mayor valor militar han sido también los más espléndidos culturalmente.

Así trata también de los defectos imputados o impu­tables a los doctos y aprovecha la ocasión para enunciar la idea de que la antigüedad sólo representa la infancia del mundo, en la que estaban ya los gérmenes del pensa­miento moderno y del sentido del valor de la historia (atenuado de todos modos en Bacon por la afirmación de que es lo más ligero en lugar de lo más serio lo que se conserva y transmite). La nobleza de las ciencias proviene de la misma nobleza de su objetivo, que es la naturaleza, como obra divina de la creación; honradas por los anti­guos, ejercen una gran influencia sobre las costumbres de los hombres; dulcificándolas, nos ponen en condición de ordenar nues­tro ser razonablemente, así como la na­turaleza; constituyen una fuente de goces y procuran la inmortalidad.

En la segun­da parte, después de pasar revista de lo que se ha hecho por el progreso de las ciencias y de lo que queda aún por hacer, Bacon procede a la clasificación y a la reseña de las ciencias, que divide en Historia, Poesía y Filosofía, en correspondencia con las fa­cultades humanas: memoria, fantasía y ra­zón. La historia a su vez se divide en his­toria natural (en la que están comprendidas la «historia praeter generationum» o des­cripción de los monstruos, y la historia de las artes, o sea de la naturaleza modificada por el hombre), y en historia civil, a su vez dividida en historia eclesiástica, his­toria literaria, comprendiendo la de todos los hallazgos y de todas las creaciones del hombre, e historia civil en sentido estricto. Además de la parte descriptiva, la historia natural ha de tener una parte inductiva, en cuanto ha de servir a la filosofía, pero ésta, según Bacon, falta por completo.

Para la poesía acepta la idea de una interpreta­ción de los mitos que nos dé lo que cons­tituiría la sabiduría de los antiguos. En el libro tercero se empieza a tratar de la ver­dadera ciencia: la filosofía. La ciencia se divide en teología inspirada o sacra y filo­sofía, siendo similar a las aguas, que en parte descienden del cielo y en parte bro­tan de la tierra. La filosofía se divide en ciencia de Dios o teología natural, cien­cia de la naturaleza o filosofía natural, y ciencia del hombre. A todas precede la filosofía primera, antigua en cuanto al tér­mino, nueva en cuanto al significado, como madre común y que comprende los prin­cipios comunes a todas y el estudio de las propiedades adventicias o trascendentes de los seres, como «poco», «mucho», «seme­jante», «distinto», estudiadas no dialéctica, sino físicamente y mediante la observación. La ciencia o filosofía natural es o teórica u operante.

La filosofía especulativa o teó­rica comprende una física, como ciencia de las causas eficientes y de las materiales, y una metafísica, como ciencia de las for­mas o esencias, de la propiedad y de la causa final de los mismos seres. El concep­to de forma quiere tener aquí un significado distinto del aristotélico, pero sin llegar a disolverse, como sucederá con la física moderna. Indica las cualidades primordia­les, de las que derivarían todas las demás. Históricamente significativa, en la filosofía operante, es la distinción entre mecánica y magia, pues la magia debe proveer la ma­nera de modificar en todos los sentidos a los cuerpos dándoles nuevas cualidades, en virtud del conocimiento de las formas ad­quirido con la metafísica. La matemática es considerada sólo como sierva. Finalmente la ciencia del hombre es la filosofía de la hu­manidad o del hombre en cuanto individuo, y filosofía civil o del hombre considerado en sociedad. Bacon piensa en una subdi­visión que deje lugar a una ciencia del cuerpo humano, y que comprenda, además de la medicina, un estudio o ciencia de la voluptuosidad y de la busca del placer, y una de las relaciones de alma y cuerpo. Es importante la ciencia del uso de las facul­tades del alma, dividida en Lógica y Mo­ral. La lógica volverá a ser tratada en el Novum Organum (v.).

Sigue un apéndice dedicado al arte pedagógico, rico en pen­samientos fecundos, en cuanto se refiere a los métodos. Así en la moral es interesante lo que Bacon llama la geórgica del alma, o sea el arte de educar la voluntad hacia el bien. La ciencia civil es dividida en arte de vivir en sociedad, arte de conducir los propios negocios y arte de gobierno. Esta última comprende la política y la economía o arte de administrar la familia. Por último, en el libro IX, se habla brevemente de la teología sagrada y la obra termina con una justificación de las innovaciones propuestas, que necesitarán quizás un siglo para ser comprendidas y varios siglos para que sean seguidas. Bacon se contenta con escribir para la posteridad. Y desde este punto de vista su obra tiene verdadero valor, como programa, discutible en sus partes y en cier­tos conceptos incluso fundamentales, pero fecundo de inspiración, para la constitución del nuevo saber del mundo moderno.

E. Cogdignola

Reivindicó la filosofía del saber humano manumitido y pidió normas a la naturaleza, y las encontró en las fábulas, preñadas de sabiduría moral y política, de los primeros filósofos.           (Foscolo)