Contra los Académicos, San Agustín

[Contra Académicos]. Escrito de crítica filosófica compuesto por San Agustín (354-430), to­davía catecúmeno, en su retiro de Casiciaco, en otoño de 386, y dedicado a su ami­go y compatriota Romaniano, que le había confiado la educación de sus dos hijos. San Agustín, bajo la influencia constante de las grandes ideas de Platón, «cuya purísima y luminosísima filosofía ha revivido sobre to­do en Plotino», siente la necesidad de liberarse del escepticismo que prevalece en la Academia media, especialmente con Agesilao y después con Carnéades, y de con­quistar un terreno más sólido que el de lo «probable» y más seguro que el del «sen­tido común», para fundar su vida moral. Las largas meditaciones y las discusiones filosóficas de muchos días sostenidas con su hijo Adeodato, y con sus amigos Licen­cio, Trigecio y Alipio, recogidas por un secretario, proporcionarán la materia de los tres libros.

En el primero, Licencio (hijo de Romaniano), defensor de los académicos, discute con Trigecio, adversario de ellos, acerca del tema de si la «vida beata» con­siste en el conocimiento de la verdad, o en «buscar perfectamente la verdad; único co­metido y fin asignado al hombre», como sostiene Trigecio, y se discurre ampliamente acerca de lo que es el error y la sabiduría. En el segundo libro entran en liza Agustín, que expone la doctrina de los académicos, y Alipio, que pone en evidencia las dife­rencias entre la Antigua y la Nueva Aca­demia; y se critica especialmente la acti­tud de los filósofos que, a pesar de negar la posibilidad de alcanzar la verdad, de­claran seguir la opinión verosímil y hablan de ella; mientras, dice San Agustín, «juz­gando improbable hallar lo que hombres agudísimos y doctísimos no pudieron ha­llar, me he vuelto completamente perezo­so e indolente, de modo que, a menos de estar cierto de las posibilidades de encon­trar la verdad, no osaré ya buscar ni sos­tener nada». En el tercer libro, que co­mienza con la demostración de que al sabio la fortuna ni le satisface ni le daña, y que no puede llamarse sabio quien nada sabe, y que sólo con la ayuda divina se puede llegar a la verdad, viene a discutirse la de­finición de Zenón de lo verdadero y lo falso, y son confutadas las sentencias de los académicos: «Nada puede ser percibido»; «a nada es menester dar el propio asenti­miento».

Como conclusión, San Agustín opina, con Cicerón, que los académicos de­berían de tener oculto para el vulgo su verdadero pensar para descubrirlo sólo en edad tardía a quien hubiese transcurrido con ellos toda su vida. «Pero yo — dice San Agustín — aunque sólo tenga treinta y tres años, no desespero de poderla alcanzar al­gún día. Después de renunciar a todo lo que los mortales tienen por bienes, tengo el propósito de dedicarme a su búsqueda», y como hay dos caminos para llegar a ella; la autoridad y la razón, «he escogido a mi maestro el Cristo, del que nunca me alejaré; pues más sabio que él no he encontrado ninguno». Y añade que, a pesar de estar impaciente por alcanzar también con la ra­zón lo que cree, confía en «hallar entre los platónicos una filosofía que se ajuste a explicar nuestra fe». Es la anticipación del medieval: «Fides quarens intellectum». Pues para San Agustín, más que de dos ver­dades, se trata aquí de dos aspectos de una sola verdad: la cristiana. Aunque la filosofía y las citas de los autores «a los que denominamos paganos» tengan aquí tanta preponderancia, más tarde será juz­gada por él como presuntuosa, hasta el punto de que, en las Confesiones (v.), ca­torce años después, se referirá a estos diá­logos del retiro de Casiciaco en estos tér­minos: «… en escritos que, en verdad, ya te servían a Ti, pero que todavía, como quien después de una carrera se siente afanado, respiraban la escuela de la soberbia».

G. Pioli