Ciento Once Pensamientos, Giacomo Leopardi

[Centoundici pensieri]. Giacomo Leopardi (1798- 1837) anunció a De Sinner un volumen de pensamientos acerca de los caracteres de los hombres y su conducta en la sociedad, para la eventual edición francesa de sus obras, en una carta del 2 de marzo de 1837. La época de la selección y revisión de los Pensa­mientos (no el de su primera composición, que en algunos de ellos se remonta al pe­ríodo de 1820-23) fue indicada por Antonio Ranieri, quien la atribuyó a los últimos años de Leopardi, esto es, a su período napoli­tano. Se publicaron por primera vez en 1845, en la edición florentina de las obras cui­dada por Ranieri. La mina natural de estos pensamientos es el Zibaldone (v.), del cual proceden también, indirectamente, aquellos que literalmente parecen autónomos. Siem­pre la variedad de los temas constituye el carácter central, en algunos puntos enga­ñoso, del Zibaldone; y si verdaderamente los pasajes diversos y distantes se reuniesen bajo la rúbrica de las obras que Leopardi se prometió escribir, la impresión del lector, especialmente respecto a quien se complugo en saltar de un tema a otro, se atenuaría y sentiríase defraudada. La misma proximi­dad de los temas afines les quitaría mucha parte de su encanto. Los 111 pensamientos, tomados en tanta parte del Zibaldone, pro­porcionan la prueba de esta pequeña desilu­sión, y con todo, se trata de sentencias suel­tas.

Pero sacados del ambiente vago, dramá­tico y menos comprometedor del Zibaldone, los Pensamientos, aunque ganan en limpidez expresiva, parecen perder vitalidad y per­suasión poéticas, así como pierden atractivo. Antes de enunciar las sentencias, casi todas pesimistas, el poeta se excusará. «He rehu­sado largo tiempo creer verdaderas las co­sas que diré aquí, pues además de que mi naturaleza estaba demasiado apartada de ellas, y el espíritu tiende siempre a juzgar a los demás por sí mismo, mi inclinación no ha sido nunca la de odiar a los hombres, sino de amarlos. Finalmente la experiencia me convenció de ello casi violentamente». El mundo es una alianza de bribones con­tra los hombres de bien, y de viles contra los generosos. Las vías del hombre valeroso y de bien son conocidas y sencillas; las del bribón son ocultas e infinitamente diversas: y como las cosas desconocidas causan más temor que las conocidas, los hombres viles al hallarse entre un bribón y un hombre de bien, se ponen por temor de parte del bribón. Hasta el que tiene ánimo grande y nacido para la virtud, cuando ha entrado en el mundo, y ha probado la ingratitud, la in­justicia y el infame encarnizamiento de los hombres contra sus semejantes y más contra los generosos, abraza la maldad para vengarse de los hombres. Una gran experien­cia es necesaria para llegar a ser hombre y la experiencia del mundo hace al hombre egoísta o misántropo. Los hombres se divi­den en dos partes: los unos cometen abusos, y los otros los padecen. La impostura es el alma de la vida social; y sin la impostura ningún arte es perfecto.

Nadie alaba espon­táneamente a otro, sino que, en cuanto pue­de, procura ocultar sus méritos. El hombre es casi siempre tan malvado como le con­viene serlo. El mundo ordena parecer hom­bre de bien, no serlo; ríe cuando debería admirar; censura las cosas que envidia. El mundo es, como las mujeres, de quien lo seduce y goza de él, y lo pisotea. La edu­cación que reciben los jóvenes es una trai­ción formal urdida por la debilidad contra la fuerza, por la vejez contra la juventud; los viejos vienen a decir a los jóvenes: huid de los placeres propios de vuestra edad, por­que todos son peligrosos y contrarios a las buenas costumbres, y porque nosotros, que hemos tomado de ellos cuanto hemos podido y que todavía, si pudiésemos, tomaríamos otro tanto, no podemos ya hacerlo por cau­sa de los años; no os preocupéis por vivir hoy, sino sed obedientes, sufrid y afanaos cuanto podáis para vivir cuando ya no estéis a tiempo para hacerlo. El matrimonio con­tribuye a aumentar el número de los malva­dos. El desprecio y el íntimo sentimiento de la vanidad de la vida son los mayores ene­migos del bien obrar, y autores del mal y de la inmoralidad.

F. Flora