Soliloquios de San Agustín

[Soliloquiorum libri dúo]. Conversaciones íntimas con su propia razón, bajo la mirada divina, de San Agustín (Aurelius Augustinus, 354- 430), compuestas en 387, durante su perío­do de catecumenado. La obra comienza con una ardiente plegaria a Dios, que establece desde el principio una neta diferencia en­tre ésta y los Soliloquios (v.) de Marco Aurelio, el emperador filósofo; aquí, el des­doblamiento, más que la impresión de un recurso retórico, da la de una dramática crisis interior, realmente vivida, como en el famoso pasaje inicial:

«Agustín: Deseo co­nocer el alma y Dios. Razón: ¿Y nada más que eso? A.: No: nada más. R.: Comienza a’ preguntar. Pero primero, explícame cómo podrás decir, si Dios se te presenta: esto me basta. A.: No sé en qué grado se me deba mostrar, para que pueda decir «me basta», ya que no creo cono.cer cosa alguna en tan alto grado como yo deseo conocer a Dios. R.: Entonces, ¿qué hacer? ¿No te parece que primeramente es necesario que conozcas qué grado de conocimiento de Dios te es suficiente, de forma que cuando alcances ese grado puedas detener tus pes­quisas? A.: También lo creo así, pero no veo el modo. Pues nunca conocí cosa algu­na que sea semejante a Dios, hasta el punto de que pueda decir: de igual modo que comprendo esta cosa, así deseo conocer a Dios. R.: ¿Nunca conociste a Dios y, sin embargo, puedes conocer algo que se le asemeje? ¿Cómo es esto? A.: Si conociese algo semejante a Dios, indudablemente lo amaría; soy de opinión que no amo más que a Dios y a mi alma; y ya ves que no conozco ni lo uno ni lo otro».

Y la esgrima — ensayo de un análisis vigilante y agudo, que conduce el interrogatorio y la investi­gación — se dirige a indagar y explorar qué ciencias son ciertas y cómo en la ciencia de las cosas divinas intervienen la fe, la esperanza y la caridad; continúa con un examen implacable de la propia conciencia, cuya conclusión es que los bienes externos, por sí solos, sólo sirven cuando pueden llevar a ese sumo bien, y deben aborrecerse cuando nos alejan de él. Otro día invoca San Agustín: «Condúceme, empújame, adon­de quieras, por el camino que quieras, co­mo quieras; ordena trabajos duros, con tal que estén a mi alcance, con tal que pueda llegar. R.: Procura, tan sólo, que tus alas no se traben cuando se trate de volar de estas tinieblas a la luz; y cuando haya lle­gado un momento en que ninguna cosa te­rrena te deleite, en aquel preciso momento, créeme, verás lo que tú deseas». El diálo­go continúa, San Agustín derrama lágrimas amargas. En el segundo libro aborda la conquista del conocimiento de sí mismo: «R.: Comienza con la oración más breve que puedas. A.: Oh, Dios mío, siempre lo mismo; que yo me conozca y te conozca a Ti. R.: Tú que quieres conocerte, ¿sabes si existes? A.: Lo sé. R.: ¿Cómo lo sabes? A.: No sé. R.: ¿Te sientes simple o múlti­ple? A.: No lo sé. R.: ¿Sabes si eres mo­vido? A.: No lo sé. R.: ¿Sabes si piensas? A.: Lo sé. R.: Luego, ¿es verdad que pien­sas? A.: Lo es. R.: ¿Sabes si eres inmortal? A.: No lo sé». San Agustín, apremiado por las preguntas, reconoce que ama la vida y que ante todo desea ver claro en el pro­blema de la inmortalidad. La Razón se lo demuestra con la perennidad de lo verda­dero y lo falso. No es posible que lo que es eternamente verdadero o falso sea tal sin la mente que así los conoce.

El diálogo se desenvuelve con una serie de proble­mas: ¿Qué es la verdad? ¿Qué es lo falso? ¿Dónde existe lo uno y lo otro? ¿Qué es la mentira, y qué es la ciencia gramatical? ¿De cuántas maneras una cosa está conte­nida en otra? ¿Cómo la verdad tiene su asiento en el alma? Conclusión: la inmor­talidad de la verdad prueba la inmortali­dad del alma. Los Soliloquios, más que por su contenido, encierran valor como ensayo de lo que deberían ser las extensas medi­taciones y los extáticos coloquios con su propia alma, en el neófito ardiente y anhe­loso de redimirse, en el ideal, de la trivia­lidad de su vida anterior. [Existe una tra­ducción clásica del P. Pedro de Rivadeneira (Medina del Campo, 1553) infinitas veces reimpresa durante los siglos XVI y XVII, muy divulgada en el siglo XVIII y editada también modernamente. La mejor traduc­ción moderna es la del P. Fr. Victorino Capánaga en Obras de San Agustín, tomo I (Madrid, 1950)].

G. Pioli