Soliloquios de Lope de Vega

Obra poética de Félix Lope de Vega Carpió (1562- 1635), publicada en dos diversas redaccio­nes. La primera lleva el título: Cuatro so­liloquios de Lope de Vega Carpió; llanto y lágrimas que hizo arrodillado delante de un crucifijo, pidiendo a Dios perdón de sus pecados, después de haber recibido el há­bito de la tercera Orden de Penitencia del Seráfico San Francisco. Es obra importan­tísima para cualquier pecador que quisiera apartarse de sus vicios y comenzar vida nueva; fue publicada en un breve opúsculo en Valladolid, en 1612. Es fruto de una inicial crisis de misticismo que había de llevar al poeta al sacerdocio en 1614, aun­que sin extinguir en él la pasión amatoria, y que hizo de su vida un continuo contraste entre el amor de Dios y el terreno, entre el vértigo de la carne y el cilicio. Los cua­tro soliloquios son una variación del tema único, muy español, del «desengaño» y el arrepentimiento. El poeta se prosterna ante la cruz y pide perdón a Cristo por sus desvíos. Lo espontáneo del sentimiento, el ímpetu de la confesión que desborda por encima de los esquemas teológicos y simbólicos, halla formas y modos populares ingenuos, limpios de toda elaboración esti­lística, expresiones todavía húmedas de llanto y palpitantes de fe.

A menudo su arrebato místico recuerda las más fulguran­tes Poesías (v.) de Santa Teresa: «Muérome de puro amor / por llamaros vida mía: / que la que sin vos perdía / ya no la tengo, Señor». Menos férvida es la refundición de los cuatro soliloquios que el autor pu­blicó años después con el título Soliloquios amorosos de un alma a Dios. Escrita en lengua latina por el muy R. P. Graviel Padecopeo, y en la castellana por Lope de Vega Carpió (Madrid, 1629). Esta refundi­ción se originó también de un recrudeci­miento místico; pero mientras en su pri­mera redacción él, como seglar, podía pedir a rostro descubierto perdón de sus pecados, ahora Lope, aunque viviese todavía como pecador penitente, era sacerdote y anciano y no podía confesarse públicamente, por lo que explica su recurso al evidente ana­grama del P. Graviel Padecopeo, el cual, como el Tomé Burguillos de las Poesías (v.), si no puede ser llamado contrafigura del poeta, es ciertamente un disfraz poé­tico. En un prólogo en prosa Lope compo­ne una romántica biografía de su personaje haciendo de él un valeroso caballero fran­cés tocado de la gracia de Dios hacia el fin de su vida, y muerto cartujo en la aba­día de San Bruno, en el Delfinado. Siguen una introducción en verso, y después los siete soliloquios, los cuatro primeros de los cuales son de la primera redacción; otros tantos comentarios en prosa; una traduc­ción en verso del «Ave Maris Stella», cien jaculatorias a Cristo Nuestro Señor, otra traducción del Stabat Mater (v.) con el título «El llanto de la Virgen», una breve oración final en prosa. Estos segundos so­liloquios han perdido el ingenuo encanto de los primeros, henchidos como están de lugares comunes teológicos y ascéticos, y en su propósito miran más que a otra cosa a edificar. Las prosas, a su vez, con ampliaciones y repeticiones de los mismos lugares comunes y a pesar de la elegancia de su dictado, son fríos y monótonos ejer­cicios ascéticos.

C. Cordié

Patéticas confesiones de un pecador arre­pentido, que estimamos como una de las obras más personales y características del estilo de Lope. ¡Son todas ellas un verda­dero derretimiento de un alma abrasada en el amor de Jesús! ¡Qué ternura de acentos! ¡Qué matices tan variados de la intimidad amorosa! ¡Qué dulce llaneza y qué dra­mática espontaneidad en la expresión de los afectos! ¡Qué suave ondulación en el ritmo y sucesión de emociones expresadas! Lope de Vega, pecador arrepentido, hace florecer en los campos de la poesía popular castellana las rosas más encendidas de los jardines del amor místico. (M. de Montoliu)

En los cuatro primeros Soliloquios la emo­ción es más directa, más apremiante, más afanosa, y en cuanto a la expresión, pare­cen enlazarse con un filón de poesía reli­giosa que ha quedado en contacto con el sentimiento popular, de la cual la admirable «Oda a Cristo Crucificado» de Miguel Sán­chez… podría ser un ejemplo anterior. (M. Corayon)