Una Hora de España, José Martínez Ruiz

Discurso leído ante la Real Academia Española el 26 de octubre de 1924, en su recepción pública, por el escritor español José Martínez Ruiz (1873-1967), conocido con el pseudónimo de Azorín. A través de hechos, personajes y circunstancias, vistos casi cinematográfica­mente, el autor reconstruye una hora cual­quiera del siglo XVI, aproximadamente entre los años 1560 y 1590.

Pero la recons­trucción no es fría y arqueológica, sino viviente y renovada. Como en la búsqueda del tiempo perdido de Proust, gestos, de­bates, figuras y espectáculos alientan nue­vamente, son reencontrados. Estamos en el momento cumbre del Imperio español. En esos breves cuadros Azorín nos traza los rasgos esenciales del alma española en aquella época. La epopeya de América, las conquistas en Europa, el futuro de España, sobre todo esto medita un anciano cuya prestancia admiramos al abrir el libro. Por la descripción que de él hace el autor, nos parece arrancado de una pintura española de la Edad de Oro. Luego, por nuestro ob­jetivo pasan, realzados casi en esquema, Ávila, que es comparada a una Atenas gó­tica, los palacios renacentistas, el catedrá­tico de teología, el militar, una oscura religiosa, el viejo inquisidor, los soberbios castillos, Vas conia y Cataluña, los pala­ciegos, el teatro, un religioso que escribe y ora y el paisaje, esta constante de la- obra azoriniana, sobre el cual nos dice que «puédese gozar en España de todos los pai­sajes de Europa».

Y las montañas y sus pas­tores y los bosquecillos de enebros, de len­tiscos y romeros, el labrador, el corsario, el misionero, la muchedumbre. De todos nos cuenta algo, pero como de paso, con su estilo cortado y evocador, con su precisión analítica, con su severidad clásica. Azorín ama el pasado y le gusta revivirlo, de cuando en cuando, como en esos breves cuadros donde un personaje, un hecho, un edificio majestuoso son evocados con trazos rápidos y reveladores. Al final, Azorín con­fiesa que «el ensueño ha terminado», que de nuevo nos envuelve la circunstancia del presente. Pero aquella oscura hora ha cobrado ya una rotunda presencia y queda eternizada para deleite de las generaciones.

A. Manent