Sermones de San Fulgencio

[Sermones]. Bajo el nombre de San Fulgencio (467- 532), obispo de Ruspe, se han conservado muchas predicaciones que verosímilmente debieron ser pronunciadas en público y pos­teriormente transcritas: «Los dispensadores del Señor» [«De dispensatoribus Domini»], «La doble natividad de Cristo» [«De duplici nativitate Christi»], «San Esteban protomártir y la conversión de San Pablo» [«De Sancto Stephano protomartyre et conversione Sancti Pauli»], «La Epifanía» [«De Epiphania»], «La Caridad de Dios y del prójimo» [«De charitate Dei et proximi»], «San Cipriano mártir» [«De Sancto Cypriano martyre»], «El ladrón crucificado con Cristo» [«De latrone crucifixo cum Christo», «El santo día de Pentecostés» [«De sancto die Pentecostes» ], «San Vicente» [«De Sancto Vincentio»], «Por la circun­cisión del Señor» [«In Circumcisionem Do­mini»], «Por la purificación de María» [«In purificationem Mariae»].

A esta docena de sermones se suelen añadir unas ochenta homilías, sobre las cuales, más que res­pecto a los sermones, se han emitido nume­rosas dudas. Ciertamente, teniendo en cuen­ta que en el método compilatorio de Ful­gencio se recurría a transcribir períodos, frases e ideas de Tertuliano, San Cipriano, San Ambrosio y San Agustín, y que al re­unir los sermones debía atender el autor a la utilidad de los predicadores, puede haber sucedido que en la colección se mezclaran también sermones de otros escritores. Un caso típico nos lo proporciona el sermón «San Vicente», que corresponde al 276 de los Sermones (v.) de San Agustín. No es im­probable que, en el caso de Fulgencio, más que de una obra de creación original por parte de un obispo, se pueda hablar de un repertorio en forma de florilegio hecho bajo el cuidado del obispo, para los sacerdotes, y de acuerdo con las necesida­des de su diócesis. Ahora bien, dado que en la Iglesia africana se imponía el nom­bre de San Agustín entre los de los padres locales, se explica que no pocos sermones repitiesen los del obispo de Hipona, sea por explícito testimonio, sea por reminis­cencia inconsciente.

F. Della Corte