Sermones de Savonarola

[Prediche]. Los sermones del célebre fraile Gerolamo Savonarola (1452-1498), recogidos y trans­critos en gran parte por sus oyentes, se ex­tienden desde 1483 hasta el año de su muerte. Ya en los sermones de los prime­ros años, en San Gimignano (1485-86), anuncia los principios fundamentales que serán luego la base de toda su predicación futura, esto es, la necesidad de un castigo y de la renovación por medio de la Iglesia católica.

Sin embargo, la elocuencia de Sa­vonarola adquiere toda su fuerza en el pe­ríodo que va desde su última llamada a Florencia (1490) hasta su muerte. En estos años predicó a los oyentes florentinos sobre el Apocalipsis (v.) y sobre la primera Epís­tola (v.) de San Juan, sobre las Lamenta­ciones (v.) de Jeremías, sobre el Génesis (v.), sobre los Salmos (v.), sobre Ageo (v.), Ruth (v.), Miqueas (v.) y Ezequiel (v.). Después de la excomunión (13 de mayo de 1497), calló por breve tiempo, para conti­nuar en febrero de 1498 los sermones sobre el Éxodo (v.), en los cuales se desató en violencias contra la curia romana y contra el Papa. El 18 de marzo subió al púlpito por última vez. La cultura y la erudición del gran fraile fueron medievales, pero si desde el principio conservó el esquema y las divi­siones del sermón tradicional, bien pronto se liberó de ellas, dando a sus sermones una estructura y un ímpetu puramente per­sonales. Naturalmente la predicación reli­giosa se transforma en él en oratoria polí­tica, en profecía y en ardentísima arma de batalla. Parte del texto bíblico, pero se si­túa en seguida en su tiempo, infundiendo un soplo religioso y profético a los acon­tecimientos de su tiempo, especialmente los que se refieren a la conducta de la Iglesia y. al gobierno de Florencia. Vuelve sobre la tenaz idea medieval del advenimiento del reino de Dios sobre la tierra y se con­sidera como inspirado por el Espíritu Santo en su acción moral, religiosa y política.

La fuerza y la grandeza de la oratoria de Sa­vonarola no consisten en el cuidado de los detalles ni en el esplendor de la forma, sino en la solidez del conjunto, en el ardor impetuoso de la pasión, en el completo abandono al ímpetu de la palabra, que se colora de fuertes imágenes y que procede por golpes rápidos e intensos. Suprime en sus sermones todas las inoportunas disqui­siciones teológicas, prescinde de las sutiles divisiones y subdivisiones a que solían someterse los textos bíblicos; tampoco bus­có en éstos la multiplicidad de sentidos o las concordancias exteriores con los acon­tecimientos de su tiempo. Consideró la sabiduría de los sagrados textos como una voz eterna, apta para iluminar la concien­cia de los contemporáneos. No tuvo vivo el sentido de la modernidad humanista y fue el último de los grandes espíritus medieva­les; en esto reside su limitación y la razón de su grandeza. Hasta el punto de que nos queda como la más elevada voz de la ora­toria sagrada del siglo XV, y una de las mayores de toda la elocuencia italiana.

M. Sansone