Sermones de Bourdaloue

[Sermons]. Los sermones pronunciados por el padre Louis Bourdaloue (1632-1704) en diversas iglesias de Francia o en París, en presencia de Luis XIV, de quien durante muchos años fue predicador ordinario, no pueden mos­trar hoy, con su lectura, los atractivos que hacían que acudiera a oírlos una verdadera muchedumbre de toda condición, con el en­tusiasmo que manifiestan los epistolarios contemporáneos, en especial el de la mar­quesa de Sévigné. Fueron recogidos en las Obras completas (París, 1707-1734).

Para apreciar enteramente el valor intrínseco e histórico de este predicador es preciso imaginarse hoy el auditorio fastuoso ante el cual fueron pronunciados los sermones con motivo de la Cuaresma y del Adviento, so­bre los Misterios, y recordar la apasionada lucha que tenía lugar entre Port-Royal y los jesuítas. Los sermones de Bourdaloue son sencillos en su construcción casi geo­métrica y su estilo puede parecer incluso demasiado exento de adornos: en general trataba de una proposición moral tomada de las Sagradas Escrituras, la confirmaba con rígido razonamiento, dividida en va­rias partes, y la aplicaba a ejemplos to­mados de la vida contemporánea; se crea­ban así verdaderos retratos morales cuyos modelos los oyentes podían identificar fá­cilmente. A veces apuntan a personas de la corte; así, en el misterio de la Epifanía, cuando deplora a aquellos que «para ver­güenza del Cristianismo que profesan, ha­cen una política de los errores del siglo», «una ciencia del mundo de su doblez» y ven con desprecio, como una debilidad, la su­misión y la paciencia.

Paladín de los je­suítas, con suma frecuencia ataca los de­fectos del jansenismo, al que apunta cier­tamente cuando con severidad habla contra «el orgullo de la propia virtud» y afirma que «la verdadera austeridad consiste en mantenerse en el camino común». Ataca de frente, en resumen, todos los errores de los contemporáneos, sin desmentir la ca­ridad evangélica ni el propósito de modes­tia, sin consideraciones mundanas; no agre­sivo, pero agudo en el análisis psicológico, apremiante en el rigor lógico, tanto que se le llamó «el más jansenista de los jesuítas».

B. Treves

Los discursos patéticos y afectuosos que hemos pronunciado han conmovido vues­tros corazones; mi objeto es convencer a vuestra razón. (Bourdaloue)

Es un gran hombre que no es orador. (Fénélon)

La elocuencia del pulpito había sido casi bárbara hasta Bourdaloue, el cual fue uno de los primeros que dejó hablar a la razón. (Voltaire)

Bourdaloue, con sus justas proporciones por la belleza del orden y la exactitud de sus desarrollos, representa la perfección media y completa de la elocuencia sagrada. (Sainte-Beuve)

Habla claro de cosas sensatas en términos exactos; sus Sermones son uniformes, sin variedad, sin emoción; las deducciones son precisas, los retratos, fieles; las divisiones y subdivisiones se suceden con rigor. La impresión que nos dejan es de cosa fría y fatigosa. (Lanson)

Es el más experto de los cirujanos mo­dernos. En sus manos, el argumento vale tanto como el mejor bisturí. Todos los tiempos de una operación están marcados: orden, seguridad, sin olvidar nunca nada. (Du Bos)