Sacrificio de Abraham

El sacri­ficio de Abraham es uno de los episodios bíblicos que ha inspirado con más frecuen­cia a los artistas cristianos y está reprodu­cido en la literatura de todos los países. Cuenta el Génesis (v.) que Jahvé, para probar la fe de Abraham, le ordenó que le inmolase a su hijo Isaac. El mismo Isaac llevó sobre sus espaldas la leña para el sacrificio, pero cuando el patriarca alzaba el cuchillo sobre su hijo, un ángel descendió del cielo a detenerle el brazo, y la voz del Señor bendijo a Abraham y a su pro­genie. Desde el siglo III este episodio se halla representado en sarcófagos y mosaicos. En la iconografía posterior se recuerdan los bajorrelieves de Ghiberti y de Brunelleschi, el gran fresco de Rafael en las Es­tancias Vaticanas, las obras maestras de An­drea del Sarto, de Rembrandt, de Flandrin, de P. P. Rubens, etc.

*    Este episodio ofrece motivo a numerosas obras del teatro religioso. La más famosa en Italia es la representación sacra Abramo e Isacco de Feo Belcari (1410-1484), re­presentada en Florencia por vez primera en 1449, en la iglesia de Santa Maria Maddalena en Cestelli. El argumento, como dice el título, está sacado de la Biblia (v.); la escenografía es puramente alusiva, pues los diversos lugares en que se desarrolla la acción están reunidos en una misma escena, que no cambia. Un escenario rodeado de cortinas; a un lado del escenario dos travesaños de madera cerrados por una cortina pintad en figura de puerta; a la derecha un tablado al cual se subía por dos o tres peldaños, representaba la montaña sobre la cual había de desarrollarse el sacrificio: Sara y Abraham, ella junto a la puerta de la casa, él en la montaña, se hallan al mismo tiempo en escena, pero en la ficción escénica se supone que los separan tres días de camino.

La representación comien­za con la aparición del Ángel que expo­ne a los oyentes el argumento, tomado de la Biblia; después de lo cual la acción se desenvuelve, sencilla y rectilínea, siguiendo el relato bíblico, hasta su conclusión: el regocijado regreso de Abraham e Isaac. Es fácil, cediendo al gusto establecido por la dramaturgia romántica, que requería el cho­que de las pasiones elementales, notar la ausencia de contraste dramático; pero Bel- cari, que quiere conducir a su público a una blanda y extática contemplación, des­arrolló con gracia y abundancia el ele­mento patético; los lamentos del joven Isaac, cuando le es revelado el objeto del viaje, la angustia de Abraham: «este hablar de Isaac era un cuchillo / que hería de muerte el corazón del santo Abraham / pensando que a su hijo dulce y bello / con su mano debía dar muerte» [«questo parlar d’Isac era un coltello / che ’l cor del santo Abram feriva forte / pensando ch’al figliuol suo dolce e bello / con le sue proprie man dovea dar morte»], y el ansioso temor de su madre Sara. Para el lector la acción está en las pocas explicaciones, y queda sólo la substancia narrativa y lírica que suaviza el clima de religiosidad austera de la na­rración bíblica. El metro es la octava rima. Belcari no es ni un primitivo ni un ocho­centista, y por esto es inútil buscar en sus representaciones los delicados perfumes pro­pios del sentimiento religioso de un siglo antes; con todo, hombre de sincera piedad religiosa, ha sabido conservar en la sacra representación, dentro del culto clima del humanismo, por lo menos cierto olor del antiguo perfume y de la antigua gracia sin caer enteramente en el amaneramiento. El Abraham e Isaac es considerado como la obra maestra de Belcari.

D. Mattalía

Al leer estos versos y otros semejantes a ellos, restringiéndose en el círculo de su arte de edificación, se experimenta una dul­zura, no turbada por ninguna insatisfacción de efecto no logrado. (B. Croce)

*    Entre las más antiguas manifestaciones del teatro inglés hallamos un «miracle play» del ciclo de York que tiene por argumento el sacrificio de Abraham, notable por el efecto patético y el vigor de su construc­ción dramática.

*    En Francia se recuerda el «misterio» Abraham sacrificador [Abraham sacrifiant] del calvinista Teodoro de Beza (Théodore de Béze, 1519-1605), representado en 1552. La acción, que se atiene al relato bíblico, se desarrolla con rapidez, y su diálogo corre ágil, con gracia e ingenuidad que sorpren­den en aquel duro polemista. Particular­mente patética es la despedida de Sara a Isaac. Entre los personajes se introduce también a Satanás, tal vez para justificar así el dualismo calvinista profesado por el autor.

*    En España la más antigua representación sobre este argumento es el Auto del sa­crificio de Abraham, conservado en el «Có­dice de autos viejos», dramas religiosos en un acto, publicados en 1865 en la «Colección de autos, farsas y coloquios del siglo XVI» y en la «Biblioteca hispánica» de Léo Rouanet en 1901. La representación apare­ce todavía enlazada con el oficio litúrgico y tiene un movimiento escénico sumamente rudimentario. Las figuras están privadas de todo elemento personal que las caracterice.

*     Es también notable el Sacrificio de Abraham, la obra más antigua del teatro cretense, en 1.519 ver­sos de quince sílabas rimadas, compuesta por un desconocido poeta que ahora se quiere identificar con el autor del Erotócrito (v.), Vincenzo Cornaro, que vivió en el siglo XVI o XVII. Este libro fue impreso, quizá por primera vez, en 1635. El argu­mento del drama o, mejor dicho, de la tragedia, es la historia de Abraham, a quien Dios, para poner a prueba su fe, ordena que sacrifique a su hijo Isaac; Abraham obedece, pero, en el momento en que va a cumplir el sacrificio, en la cima del monte, un Ángel le detiene la mano revelándole la intención y satisfacción del Señor. Tra­tado en numerosos «misterios» y «sacras re­presentaciones» sobre todo en Italia, el tema no está modelado sobre los ejemplos pre­existentes, ni siquiera en su trama, que ofrece una gran unidad de acción, ni en su obediencia a las exigencias dramáticas, que se muestran profundamente sentidas y oportunamente desarrolladas por el autor, al paso que son notables los méritos poéti­cos y estilísticos, naturales y espontáneas las situaciones psicológicas, constante el ele­mento pasional, rica y viva, a pesar de los muchos idiotismos, la lengua, y técnica­mente correcta y a menudo artísticamente trabajada la versificación. La obra, aquí y allá verbosa y prolija, gustó durante mucho tiempo al pueblo y sin duda ejerció dura­dera y benéfica influencia en los siglos pos­teriores.

C. Brighenti

*    En Alemania es digno de mención el poema en cuatro cantos Las pruebas de Abmham [Geprüfter Abraham] de Christoph Martin Wieland (1739-1813), publica­do en el año 1752. Aunque es obra juvenil, ya se distingue claramente por la ágil ele­gancia formal y el calor fervoroso de su sentimiento.

*     El oratorio halló en este tema una materia ya poéticamente preparada. El tex­to más famoso es el del seiscentista Fran­cesco Baldinucci, que nos ha llegado sin música, importante más que por sus cua­lidades artísticas, porque fija la forma de­finitiva del género, en la división en dos partes, en la disposición de los personajes y del coro. Con Baldinucci, el oratorio se orienta conscientemente hacia la forma de «un perfecto melodrama».

*    En la representación sacra de Belcari se inspiró Giacomo Carissimi (1605-1674) en uno de sus famosos oratorios, Abramo e Isacco, el cual, sin embargo, no está a la altura del Jefté (v.) y del Jonás (v.). Otros oratorios escribieron Alessandro Scarlatti (1659-1725): II sacrificio d’Abramo; Giovan- ni Antonio Riccieri (1679-1746): II sacrificio d’Isacco; Francesco Morlacchi: Isacco; Karl Ludwig Mangold (1813 – 1889): Abraham; Wilhelm Bernhard Molique (1803 – 1869): Abraham; etc. Ildebrando Pizzetti (n. en 1880) compuso en 1919 la música de escena para la sacra representación de Belcari, la cual fue musicada por completo en 1928, tomando entonces la nueva forma de ora­torio escénico.