Preparación del Alma a la Contemplación, Ricardo de San Víctor

[De preparatione animi ad contemplationem]. Tratado de moral mística del teólogo y místico Ricardo de San Víctor (m. 1173), monje irlandés o escocés de la abadía de San Víctor, de París, discípulo y más tarde sucesor de Hugo en el priorato.

Después de su obra fundamental sobre la Trinidad (v.), esta obra de mística, con la otra que la completa, titulada Gracia de la contemplación (v.), es el escrito más estudiado de los que compuso Ricardo: en él se explica cómo el alma debe prepa­rarse a la contemplación mediante la repre­sión de las pasiones y la conquista de la virtud. La obra, dividida en 87 capítulos, sigue una continua trama alegórica sobre los sucesos bíblicos de Benjamín (de donde el nombre de «Benjamín menor»), de Lía, de Raquel, de Balaam, etc., figuras y sím­bolos de la imaginación, la especulación, la abstinencia, la paciencia, la sensualidad, etc.

En capítulos sucesivos se trata de «cómo se suscita el verdadero goce»; se pone en parangón la dulzura externa con la interna y las dificultades que a ésta se oponen; se examina cómo surge en nosotros el odio a los vicios y el celo de las almas; se trata del verdadero pudor (espiritual), cuán raro es y cómo nace, así como de su utili­dad y belleza; de la mala intención y los procedimientos de reprimirla; de cómo las virtudes degeneran en vicios si no son moderadas por la discreción; de la contem­plación suprarracional; del valor que encie­rra el pleno conocimiento de nosotros mis­mos, y de cuán incomprensibles son aquellas visiones que iluminan la mente con la reve­lación divina.

Elegantes y teológicamente profundas y características del concepto social de la religión frente al de inspiración individual son las reflexiones que, tomando el motivo de la narración evangélica de la Transfiguración de Jesús, que confirmó los precedentes testimonios de Moisés y Elías, hace Ricardo sobre «el carácter sospechoso de toda revelación no corroborada por los testimonios de las Escrituras»: «Si te pa­rece haber alcanzado la elevación íntima… y ver ya a Cristo transfigurado, no te incli­nes a creer lo que ves y oyes si no tienes como testigos a Moisés y Elías (la tradi­ción). Ni a Cristo glorificado acepto sin ese testimonio. Recorriendo el valle y ascen­diendo a las montañas, acepto a Cristo sin testigo alguno; pero no cuando liega a la cima del monte o en su luminosa revelación.

Mientras que Cristo es mi maestro en las cosas exteriores y en lo que es íntimo a mi ser, acepto de buen grado sus enseñanzas, que puedo corroborar con mi propia expe­riencia; mas cuando la mente se halla extasiada y se trata de cosas profundas y celes­tiales, en tal vértigo de la sublimidad no acepto a Cristo sin el testimonio de las Escrituras. En virtud del hecho de los dos testimonios, se logra que una luz tan gran­de e insólita por su esplendor no se haga dudosa. ¿De dónde provienen tantos errores y herejías sino de la circunstancia de que el espíritu de las tinieblas se transfigura en ángel de la luz?».

Ejemplo típico de la mística católica y, asimismo, de los recur­sos que la paráfrasis escriturística ha ofre­cido al monje de San Víctor, como a su gran contemporáneo el «doctor melifluo» de Claraval. Con el título que trata de los dos géneros de contemplación, la una «por en­cima, pero no allende la razón» y la otra «por encima y allende la razón» y otro sobre la contemplación que se pierde en la meditación,- cuando «José y Benjamín se encuentran, se abrazan y besan», nos intro­ducimos en la Gracia de la contemplación (v.), segunda de sus obras místicas.

G. Pioli