Polieuctes, Pierre Corneille

[Polyeucte]. Tragedia cris­tiana, en cinco actos, de Pierre Corneille (1606-1684), estrenada en París entre 1642 y 1643.

Estamos en Melitene, capital de Ar­menia, en tiempos del emperador Decio (mediados del siglo III). El gobernador de Armenia, Félix, senador romano, ha casado a su hija con un señor armenio, Polieuctes, negándola a Severo, oscuro caballero ro­mano, que se ha destacado más tarde en la guerra contra los partos y ha sido dado por muerto. Paulina, que amaba a Severo, pero es fiel a su esposo, se ve turbada por un sueño en el que se le aparece Severo resu­citado y su esposo muerto por obra de los cristianos.

En realidad Polieuctes, conver­tido por Nearco, está dispuesto a bautizarse y acude al rito secreto, sin que le retengan las súplicas de su mujer. Se sabe que Severo vive y vuelve triunfante, favorito del emperador; Félix, preocupadísimo, rue­ga a su desconcertada hija que no se le oculte. Sólo entonces se entera Severo de que Paulina se ha casado con otro; su dolor y la desconsolada firmeza de la mujer hace que se comprendan noblemente. Polieuctes, al volver del bautismo, tendría que ir al templo, al sacrificio preparado para Severo; así lo quiere Félix. Irá, mas para derribar el ara de los dioses falsos, dispuesto al martirio por la gracia infundida con el agua lustral, que vence y arrastra incluso a Nearco.

El sacrificio se efectúa: Félix ordena la muerte de Nearco, esperando obligar a Polieuctes a la retractación; no tiene la misma confianza Paulina, que; ate­rrorizada, empieza a sentir una extraña admiración y un afecto más vivo por su marido. La muerte del yerno resolvería la suerte de Félix, con el matrimonio de su hija y de Severo; el gobernador piensa en ello, pero se avergüenza y trata de doble­gar a Polieuctes. No lo consigue ni tam­poco Paulina. Es la prueba más dura, pero él resiste, y cuando la mujer apela a su amor, le dice que quisiera tenerla por com­pañera en la verdadera fe, para no estar separados.

Llamando a Severo, le confía su mujer, digna esposa de un digno marido. Sólo que Paulina, presa de mayor amor por su desgraciado esposo, no será nunca de Severo y, mientras se lo dice, se atreve a pedirle la salvación de Polieuctes. El generoso romano quiere intentarlo, sobre todo porque los cristianos no le parecen merecedores de persecución, sino incapaces de obrar mal y capaces de heroísmo. Félix, creyendo que Severo finge, insiste en castigar a su yerno si no abandona la secta. Vuelve a probar en vano; ni siquiera Pau­lina, desesperada y enamorada como nunca, conmueve al esposo que acude al suplicio.

La mujer le sigue, a la vista del martirio es tocada por la gracia y pide a su padre ser castigada como cristiana. Severo re­procha ásperamente la conducta de Félix, quien ahora abre los ojos a la verdad y se declara cristiano, dispuesto al suplicio. Pero Severo, admirado y conmovido, promete emplear en favor de los cristianos su cré­dito junto al emperador. Padre e hija se disponen a dar sepultura a los dos mártires. En el Menologio (v.) del bizantino Simeón Metafrasto, compendiado por el erudito alemán Lorenzo Surio, Corneille encontró la historia de San Polieuctes, mártir a pesar de las exhortaciones de su suegro y su esposa.

Corneille hizo más patética la situación con la introducción del personaje de Severo, el primer amor de Paulina, vencido otra vez por el esposo, que revela a la mujer una nueva y desconocida luz. Un poderoso realismo anima el drama y llega a tonos casi de comedia con la figura del funcionario Félix, sólo preocupado por el favor imperial. De esta aura realista ascendemos al martirio, llama que envuelve y arrastra, junto con Polieuctes, a su es­posa y a su suegro. Una clara luz rodea está tragedia cristiana, no tanto por la figura de Severo, inteligente y tolerante, cuanto por la humanidad que palpita en el protagonista, frenada por el libre albedrío, el cual se afirma incluso ante la inconmen­surable eficacia de la Gracia.

Después de las tres obras maestras precedentes — Cid, Horacio, Cinna (v.)—, Polieuctes señala la cumbre de la ascensión de Corneille, con la aplicación de todas sus dotes a una materia más ardua, con una profunda vi­bración que anima y eleva el fervor lírico. La verdad es que, al principio, tanto mun­danos como religiosos resistieron a la obra, que a través del tiempo se impuso como la más atrevida expresión del poeta y quizás de la poesía cristiana en Francia.

V. Lugli

La característica de Corneille era cierta fuerza, cierta elevación que maravilla y arrastra, y hace incluso a sus defectos, si alguno puede achacársele, más estimables que sus virtudes. (Racine)

Corneille, genio puro, incompleto, con sus altas cualidades y sus defectos, me produce el efecto de esos altos árboles, desnudos, rugosos, tristes y monótonos en el tronco y adornados con ramas de un verde oscuro sólo en la cúspide. Son fuertes, poderosos, gigantescos, poco frondosos; asciende por ellos una savia poderosa; pero no esperéis cobijo, ni sombra, ni flores. (Sainte-Beuve)

El heroísmo corneliano es sólo la exalta­ción de la voluntad, considerada como so­beranamente libre y poderosa. (Lanson) Corneille, sin Polieuctes quedaría incom­pleto, y su teatro sería frágil como la ilu­sión de la que es portavoz. Pues la bús­queda del heroísmo, su verdadera finalidad, la fie en el hombre y en su tendencia a la grandeza moral, serían puro espejismo y polvo en los ojos si, como conclusión final, no estuviese la tragedia de la santidad. (A. Béguin)