Milindapañha, Anónimo

[Las preguntas de Milinda]. Texto budista en «páli», que no per­tenece al canon, aunque no por ello es me­nos importante tanto por su exposición de la doctrina filosófica del budismo, como por el nombre recordado en el mismo título de la obra. Milinda es el rey griego Menandro, que tuvo un vasto reino en territorio hindú durante unos treinta años, entre fines del .siglo II y comienzos del I a. de C.

Nada sabemos del autor del Milindapañha, ni po­demos decir si el contenido de la obra re­presenta una realidad histórica o es senci­llamente una invención de la fantasía, si­tuada en un determinado ambiente histó­rico apropiado para recibirla. Probablemen­te, el Milindapañha pertenece al siglo II d. de C., y, aunque haya llegado a nos­otros a través de la redacción pálica de Ceylán, el original, del que deriva dicha redacción, debió estar redactado en sáns­crito y seguramente fue compuesto en la extrema región norteoccidental de la India anterior. La introducción del Milindapañha nos lleva a la antigua ciudad de Sākala (Sialkot), residencia del rey Milinda, va­liente y experto dialéctico en toda doctrina filosófica. Un día, después de un desfile militar, el rey expresa el deseo de disputar con algún docto. Pero el monje Ayupala, que vive en un yermo en los alrededores de la ciudad, y que el rey visita, se queda azorado a la primera pregunta. Más tarde el rey visita al monje budista Nāgasena que, después de una larga peregrinación por ciudades y aldeas, había llegado a las afueras de Sākala precedido por una fama de sabio y experto en el arte de disputar.

Y así empieza la primera discusión entre el rey y el sabio, que se refiere a un punto central de la doctrina budista, es decir, la negación de la existencia de un Yo per­manente, esto es, de un Sujeto permanente o Alma, en la vida del individuo, sujeta al tiempo. A esta disputa siguieron otras para ilustrar otros temas importantes, entre los que se ponen de relieve la reencarnación, la doctrina de la acción («karman») que regula la suerte de cada ser viviente en su paso de una existencia a otra. A una parte genuina, constituida por los libros I-III, verdadera obra maestra literaria, se añadieron, en una fecha que no podemos precisar, los libros IV-VII, en que el arte ha ce­dido mucho a un estilo monacal bastante prolijo, con acentuado carácter teológico y apologético. Pero la conclusión de la obra nos lleva de nuevo, ciertamente, al texto tal como fue concebido y compuesto por su autor. En ella se narra que cuando todas las dudas del rey Milinda fueron resueltas por Nāgasena, unas señales por­tentosas anunciaron el fin de aquella excep­cional disputa.

El rey Milinda sintió aquie­tado su espíritu, y lleno de admiración hacia la doctrina budista y de devoción ha­cia Nāgasena, llegó a ser un fervoroso bu­dista y logró la condición de «arhat» o santo. Lleno de vivacidad y de frescor en su exposición dialogada y profunda de con­tenido, el Milindapañha ha recordado a al­gunos los diálogos platónicos. Pero ha de excluirse toda influencia directa, ya que, mientras desde el punto de vista ideológico nada tienen en común, el ropaje formal dialógico en tratados filosóficorreligiosos ya tenía en la India conocidos precedentes. Trad. inglesa de T. W. Khys Davids (Oxford, 1890-1894) y alemana de Nyánatiloka, pseudónimo de A. Gueth (Leipzig, 1919- 1924).

M. Vallauri