Evangelio de San Marcos

El segundo Evangelio es atribuido al evangelista San Marcos, llamado también Juan Marcos, y fue escrito en lengua griega en Roma, en fecha incierta.

Es el más breve de los cua­tro Evangelios. Prescinde de exponer no­ticia alguna de la vida infantil de Jesús, y cuenta sólo su vida pública, comenzando con las palabras «Principio del Evangelio de Jesucristo Hijo de Dios». El Evangelio de San Marcos se puede dividir en cuatro partes.

En la primera parte, la del comien­zo del ministerio público, se desarrollan: la predicación de Juan Bautista en el de­sierto (I, 1-5) de donde le viene al evan­gelista el símbolo del león; el bautismo de Jesús y su retiro en el desierto (I, 9-13); la predicación del Evangelio del Reino de Dios en Cafarnaum y en sus alrededores (I, 14-111, 35); la enseñanza y los milagros en torno al lago de Tiberíades (IV, 1 – V, 43).

La segunda parte relata el ministerio de Jesús en Galilea; Jesús vuelve a su Pa­tria, escoge a sus discípulos, y con ellos se va luego más allá del mar de Tiberíades (VI, 1-VII, 23); de allí a la Galilea sep­tentrional, a Tiro y Sidón; después de haber obrado milagros pasa por Cesarea de Filipo, desciende al Tabor y finalmente se vuelve a hallar en Cafarnaum (VII, 24 -IX, 50).

En la tercera parte, Jesús cruza Perea y va a Judea (X).

En la cuarta y última son descritas la Semana Santa, la Pasión, etc. (XI, 1 – XVI, 18). El Apéndice (XVI, 19 – XX) trata de la misión de Je­sús y de la eficacia de la misión Apostólica.

Prescindiendo de la primera parte, que puede ser considerada como un proemio, en la segunda, dedicada al ministerio de Jesús en Galilea, el orden de las narracio­nes parece ser histórico y geográfico. El autor ha querido seguir un orden histórico como lo demuestran las muchas indicacio­nes de tiempo: «cuando se hizo de noche, puesto ya el sol» (I, 32); «y luego de levantarse muy de mañana» (I, 35); «al mis­mo día» (IV, 35); «venida la noche» (VI, 47) «seis días después» (IX, 21). Este orden es también al mismo tiempo geográfico, como se deduce de las indicaciones de lu­gares: «cruzando el mar» (I, 16); «Entraron en Cafarnaum» (1, 24, II, l, etc.) «y cru­zado el lago llegó al país de los Gerasenos» (V, 1); «partiendo de allí se fue a los confines de Tiro y Sidón» (VII, 24), etc. Sin embargo, no puede excluirse que este orden sea un poco artificial; no es, en efec­to, muy verosímil que Jesús no hubiera pasado nunca dos veces por la misma re­gión. Como en el Evangelio de San Mateo, también en éste se nota un progreso lento en la revelación mesiánica. Jesús, al co­mienzo de su ministerio, no hace indicación alguna a sus discípulos de su misión; los prepara poco a poco, y finalmente hace proclamar a Pedro que Él es el Mesías Hijo de Dios, da a conocer progresivamente lo que deben ser el reino mesiánico y el Me­sías, y llega a predecir muy tarde su Pa­sión, Muerte y Resurrección. La tercera parte, viaje a través de la Perea para ir a Jerusalén, no contiene indicaciones ^ cro­nológicas y sólo ofrece cuatro indicaciones de lugar, tres de ellas muy vagas, y una sola precisa, la última (X, 46): «y lle­garon a Jericó».

La cuarta y última parte sigue en conjunto a S. Mateo y S. Lucas; es más, estos dos son más completos que el autor del segundo Evangelio. El relato de S. Marcos es, en general, idéntico al de S. Mateo y S. Lucas; sólo contiene cinco trozos propios; dos parábolas, dos milagros y un trozo histórico. Éste, en el capítulo ter­cero (III, 20-21) refiere la inquietud de los padres de Jesús. Las dos parábolas propias de S. Marcos son: la semilla que crece (IV, 27-29); el amo que parte de su casa y no sabe cuándo volverá (XIII-34). Los dos milagros son: la curación de un sordomudo (VII, 31-36); la curación del ciego de Betsaida (VIII, 22-26). Además se ha observa­do que S. Marcos nos ha conservado algunas frases características de Jesús, pasadas en silencio por otros evangelistas: «El sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado» (I, 27); «Todas estas cosas ma­las proceden de dentro» (VII, 22); «Que se­rán todos purificados con el fuego» (IX, 48) , etc.

Los sentimientos de odio que se manifiestan en los adversarios de Jesús,, son expresados de la misma manera por los otros dos Sinópticos; pero hay un porme­nor de grande importancia: que contra Je­sús se habían unido los Herodianos con los Fariseos y los Escribas (III, 6). San Marcos da a conocer las disposiciones de los dis­cípulos hacia el Maestro, pero refiere los sentimientos y las impresiones del propio Jesús: «Jesús vueltos los ojos hacia ellos con ira» (II, 5); «tuvo compasión de la muchedumbre que le seguía porque eran como ovejas que no tienen pastor, y se puso a instruirlos largamente» (VI, 34), etc. Una de las características de S. Marcos es su procedimiento de dramatizar la narración: no expone los hechos sino que los traduce en acción y pone en boca del Señor el dis­curso directo. La doctrina que este Evan­gelio se propone destacar es la de la filia­ción divina de Jesús, no excluyendo las de Hijo del Hombre y de Mesías, ya que se sueldan íntimamente una con otra.

Una tradición histórica segura pone la redacción de este Evangelio en estrecha dependen­cia con el Apóstol Pedro. Los testimonios al respecto de Papias, de San Justino, de San Ireneo, en una época cercana al autor, son en extremo importantes. San Clemen­te de Alejandría añade: «algunos oyentes de las predicaciones de San Pedro en Roma rogaron a Marcos que pusiera para ellos por escrito lo que predicaba Pedro… Marcos los hubiera contentado. Cuando Pedro lo supo, no prohibió a Marcos que lo publicase ni lo animó a ello; pero luego de recono­cer la verdad de lo que allí estaba escrito aprobó su contenido». Una confirmación de que «Marcos escribió su Evangelio como oyó del Apóstol Pedro», lo tenemos en el mis­mo segundo Evangelio. En efecto, en él se ponen de relieve las acciones de Pe­dro que redundan en su desdoro y, en cam­bio, se callan las contadas por otros evan­gelistas, que redundan en su gloria. Así S. Marcos describe más minuciosamente que los otros evangelistas la triple negación de Pedro. En fin, entre los discursos de Pedro en los Hechos de los Apóstoles (v.) y el segundo Evangelio se advierte una analogía de concepción y desarrollo de catequesis, que hace verosímil la existencia de una relación de dependencia entre las dos obras.

G. Boson