Epopeya de Gilgamesh

[Sha nagba imuru]. El segundo gran poema nacional de los antiguos mesopotamios; el primero y más importante es el Enûma elîsh (v.).

Los babilonios y los asirios lo llamaban, por sus primeras palabras, Sha nagba imu­ru: «aquel que lo vio todo», o sea Gilgamesh, presunto y antiquísimo rey de la pre- babilónica ciudad de Uruk, que no parece haber sido una figura totalmente mítica, sino que reinó efectivamente en la parte meridional del Valle de los Dos Ríos. No debe, pues, excluirse la posibilidad de que ciertos rasgos de la Epopeya correspondan a la realidad, si bien la actividad creadora de los sacerdotes y poetas lo hayan re­vestido luego de numerosos elementos imaginarios. El poema existía ya en una antigua redacción sumeria —no es, pues, de origen acadio *— que más tarde fue reelaborada y refundida por un escritor ba­bilónico. Han aparecido fragmentos de la antiquísima redacción sumeria así como otros de la redacción acadia, que se re­montan a la época de la célebre primera dinastía babilónica (2100 – 1800 a. de C. aproximadamente). Pero el texto de la epopeya que hoy leemos, si no completo, en muy largos fragmentos, es el mismo que se conservaba en la famosa biblioteca del rey neoasirio Asurbanipal (669-626 an­tes de C.) en Nínive, y que hoy se en­cuentra en el Museo Británico de Londres. El contenido de la Epopeya de Gilgamesh debe haber influido en el mito griego de Hércules (v.).

Se han encontrado fragmen­tos de la versión hitita y hurrita de la Epopeya, y no cabe la menor duda de que existieron otras versiones, por lo que no sería atrevido afirmar que fue cono­cida por muchos pueblos orientales anti­guos. Gilgamesh fue el constructor de las murallas de Uruk y del famoso templo de Eanna, en el que vivía el dios del cielo, Anu, junto con su mujer Antum. No era sólo hombre sino también dios, pues dos tercios de su persona eran de naturaleza divina. Como rey trataba algo duramente a su ciudad. Los ciudadanos de Uruk se lamentaban de la severidad de su príncipe y acudieron a los dioses, quienes dieron a la diosa Aruru el encargo de formar una imagen del rey, un héroe que pudiera meterlo en cintura. La diosa forma al he­roico Enkidu, hombre primitivo y salvaje, más próximo a los animales que a los hom­bres, que vaga por los campos y roba el ganado a los pastores. Las lamentaciones de las gentes por este estado de cosas lle­gan hasta Gilgamesh quien inventa una estratagema para amansar al joven e indo­mable héroe Enkidu. Envía junto a él a una hermosa prostituta, la cual consigue seducir al rudo joven; éste se une a ella durante siete noches y seis días, y luego la sigue dócilmente a la ciudad, consciente de su destino y del hecho de que tendrá por rival y adversario al mismo rey Gil­gamesh.

Apenas llegado a la ciudad le dan de comer y beber, lo ungen con óleos y cosméticos, de modo que casi se convier­te en un hombre civilizado, pero no toda­vía lo bastante refinado para merecer la aprobación de Gilgamesh, quien no quiere verle en su presencia y encarga a la pros­tituta que lo aleje. Pero ésta empieza a enseñarle todos los refinamientos de la vida civilizada y de la moral humana, y Enkidu cambia completamente de modo de vida. Las numerosas fiestas con que le ob­sequian en Uruk no consiguen, sin embar­go, hacerle olvidar su existencia libre en los campos, aunque el dios del sol le haga ver en sueños cuán preferible es su vida actual, y le prediga que un día se con­vertirá en el amigo de Gilgamesh. En otro sueño el héroe se ve trasladado al infier­no, lo que interpreta como signo premo­nitorio de su destino mortal. Enkidu y Gil­gamesh, que habían de ser rivales según la intención de los dioses, traban por el con­trario una fidelísima amistad y se dispo­nen a ejecutar grandes gestas y acciones heroicas, para las que se procuran las armas necesarias. Gilgamesh no quiere que Enkidu disipe sus fuerzas con la diosa Ishkhara, cuya perversa influencia podría acarrearle graves daños. Intenta impedirle a la fuerza el acceso a la habitación de la diosa, pero ha de reconocer que En­kidu es más fuerte que él.

Enkidu le con­suela haciéndole observar que su destino es ser rey de Uruk. Los amigos acome­ten ahora la primera empresa: dar muer­te al monstruo Khumbaba, colocado por Enlil para custodiar la montaña de los ce­dros. Khumbaba era un horrible monstruo, de voz similar al trueno y su aliento fuer­te como el viento. Antes de emprender em­presa tan difícil, los amigos elevan sus plegarias a Samas, dios del sol, para lo cual se dirigen a la madre del rey, sacer­dotisa del dios. Enkidu está algo asustado y trata de disuadir de tan ardua empresa a su amigo, pero Gilgamesh, decidido a ma­tar a Khumbaba, fabrica armas poderosas, aunque los pusilánimes ciudadanos dé Uruk traten de hacerle volver de su determina­ción. Después de nuevas plegarias a Samas y nuevos consejos de prudencia, ambos amigos parten y se dirigen hacia el bos­que, habitación del horrible monstruo. El sonido de su voz asusta a Enkidu, quien, presa de gran terror, siente que se debilita la fuerza de sus manos y se le paralizan los brazos. Enkidu tiene tres sueños pre­monitorios de lo que sucederá: por fin se enfrentan con el monstruo, lo dominan, lo matan y vuelven triunfalmente a Uruk. El heroico rey de Uruk gusta a la diosa Istar, que trata de seducirlo, pero él re­chaza desdeñosamente las proposiciones de la gran diosa y la insulta echándole cruda­mente en cara su vida de prostituta, que por lujuria se entrega ignominiosamente a hombres y animales.

La diosa se enfurece por las injurias que le ha lanzado el rey, y ruega al dios Anu que vengue su afrenta formando un toro celestial capaz de atacar y matar a Gilgamesh. Anu accede al deseo de la diosa, envía el toro a la tierra, pero inmediatamente Enkidu se enfrenta con él y lo derriba. La ira de la diosa estalla de nuevo: se dirige a las murallas de la ciu­dad de Uruk y desde allí lanza las más atroces injurias al rey, maldiciéndole. En­kidu coge entonces una pata del toro ven­cido y la lanza como escarnio contra la diosa. Después de las grandes fiestas cele­bradas en honor de los héroes, que culmi­nan en un banquete, Enkidu vuelve a te­ner sueños de mal augurio. Los héroes efec­túan otras empresas, doce en total, como las de Hércules, hasta que un mal día Enkidu enferma y muere, pese a los cui­dados que el rey le prodiga. Gilgamesh, desesperado por la muerte de Enkidu, ento­na una lamentación fúnebre en honor de su compañero incomparable. Sabe que también él habrá de morir, pero espera poder ganarse la vida eterna, como la de los dio- dioses y del héroe del diluvió universal. Utnapishtim.

El rey decide ir a ver a éste para pedirle informaciones. La Epopeya narra en este punto el largo y fatigoso via­je que el rey ha de emprender para llegar hasta Utnapishtim, que vive en la isla de los Bienaventurados. El rey atraviesa mu­chas montañas, lugares tenebrosos, y llega por fin a un hermoso jardín lleno de árbo­les con piedras preciosas en lugar de fru­tos: es la morada de Siduri, que le da las informaciones necesarias para continuar el viaje, en el curso del cual habrá de pasar por el Mar de la Muerte, que hasta en­tonces nadie había atravesado. Pero en la playa, Gilgamesh encontrará al barquero llamado Ur-Shanabi que podrá llevarlo a la otra orilla. Gilgamesh parte y llega a la orilla del Mar de la Muerte donde encuen­tra al barquero. Éste le hace cortar pér­tigas muy largas, para la navegación, y luego lo embarca y así empieza el viaje, que dura un mes y medio. Al fin alcanzan la meta, la isla de los Bienaventurados, en la desembocadura de los dos ríos, Gilgamesh encuentra a Utnapishtim y a su mujer. Requerido para que le explique cómo los dioses le confirieron la inmortalidad, el héroe del diluvio narra su historia empe­zando por el tiempo en que vivía en Shuruppak.

Luego narra cómo los dioses deci­dieron destruir la humanidad mediante un gran diluvio. Ea reveló el designio de los dioses a Utnapishtim y le ordenó construir una nave para embarcarse en ella con su familia, los animales y las plantas. Utna­pishtim construyó la nave, dividió el inte­rior en siete compartimientos y la imper­meabilizó con betún y asfalto. Luego llevó a ella cuanto poseía, hizo entrar a los se­res vivos, su familia y los artesanos. Esta­lla entonces una furiosa tempestad con grandes aguaceros acompañados de rayos y truenos, a los que siguen unas profundas tinieblas. Incluso los dioses se asustan y se refugian como perros en el cielo de Anu y desde allí observan lo que sucede en la tierra. Todos lloran, mientras Istar se desespera por la destrucción de los hombres, y reprocha a Enlil el castigo de­masiado severo que les ha infligido. Des­pués de siete días la furia de los elemen­tos cesa, y Utnapishtim ve asomar una isla entre las aguas. La nave se aproxima a la cima del monte Nisir y se detiene allí. Después de seis días el héroe hace salir del barco una paloma, luego una golon­drina y por fin un cuervo, que no vuelve. Utnapishtim conoce por ello que la tierra ha vuelto a emerger y sale de la nave. Sacrifica a los dioses y los adora. Los dio­ses se reúnen en torno al buen perfume del sacrificio y, como se muestran irrita­dos por el grave castigo infligido a los hombres, Enlil se reconcilia con Utnapish­tim, lo bendice y confiere a él y a su mujer la inmortalidad.

Utnapishtim da a Gilgamesh un consejo: si quiere conse­guir la inmortalidad no ha de dormir du­rante seis días. El rey de Uruk se pone finalmente en camino para volver a su ciudad, después de haberse lavado y de que Utnapishtim le mostrara una hierba en el fondo del mar que contiene el soplo vital y es llamada «El viejo se vuelve jo­ven». Gilgamesh desciende al fondo del mar y encuentra la hierba milagrosa. Pero mientras el rey desciende a un pozo para lavarse, una serpiente surge inesperada­mente de él, coge la hierba y desaparece. El rey llora por este contratiempo que le priva de la eterna juventud, pero por fin vuelve a Uruk. Más inquieto que nunca por la suerte que le espera, consulta la sombra de su amigo difunto, la cual, por especial concesión de Nergal, rey del infierno, as­ciende a la tierra y responde a las ansio­sas preguntas del rey sobre la vida de ul­tratumba y otras cosas. Aquí termina la epopeya con el canto duodécimo. El relato del diluvio universal se lee en la tabla undécima.

Esta epopeya, relacionada con el mito griego de Hércules y de sus doce trabajos, trata, en el fondo, de la imposi­bilidad para el hombre de obtener la vida eterna. Haga lo que haga, siempre será mortal. Sólo un héroe la consiguió; pero fue necesario el diluvio universal,. diluvio que no se repetirá porque los dioses han decidido no volver jamás a infligir un castigo tan terrible a la humanidad. Si ésta peca, le enviarán leones, fieras y otros azotes para castigarla, pero no el diluvio* Edición más reciente de la redacción ninivita: Thompson, The epic of Gilgamesh (Oxford, 1930); traducciones más recien­tes: Schott, Das Gilgamesh-Epos (Leipzig. 1934); Contenau, L’épopée de Gilgamesh (París, 1939).

G. Furlani