Epístolas a los Corintios, San Pablo

Dos de las 14 Epístolas van dirigidas a los corintios. La primera fue escrita pro­bablemente en Éfeso hacia el año 57, en lengua griega. Corinto, capital de Acaya, en tiempos de San Pablo era la primera ciu­dad de Grecia. Tan rica como populosa, brillaba por su actividad comercial, por su lujo y por la desenfrenada disolución de sus costumbres. En medio de esta li­cencia de costumbres, San Pablo se afanó durante 18 meses. Y con todo, el apóstol se complacía en aquel mundo filosóficamente adelantado; allí podía discutir, combatir las doctrinas de Sócrates y de Zenón, y pre­dicar a Jesús en los peldaños del famoso templo de Diana donde afluían viajeros, mercaderes y estudiantes. Después de su partida hacia Éfeso, había ido a predicar en Corinto un tal Apolo, elocuente y muy doc­to, profundo conocedor de las Escrituras.

A éste le pareció cosa excelente adaptarse al gusto de aquel auditorio culto, y predi­car, con elocuencia griega, los puntos más difíciles de la fe, que San Pablo, por pru­dencia, no había querido tocar. Se origina­ron desórdenes, partidos, escándalos. San Pablo, advertido, escribe esta carta, en que resplandece la grande y fuerte doctrina, donde se encuentran algunos de esos fulgo­res, de esos movimientos audaces y enér­gicos que San Jerónimo comparó a estalli­dos de truenos. La epístola está dividida en dos partes porque era doble el intento de San Pablo: el de reformar y el de ins­truir. En la primera parte se esfuerza por corregir los excesos existentes entre los fieles de Corinto, cansados por un fanatismo inconsiderado de ciertos predicadores (I-IV) y por varios malos ejemplos dados a la Iglesia por personas particulares (V-VI).

En la segunda parte (VII-XV), responde sucesivamente a cinco preguntas que le habían dirigido: acerca del matrimonio y del celibato; de las comidas consagradas a los ídolos; de la concordia que debe rei­nar en las reuniones de los fieles; de la utilización de los dones sobrenaturales; de la resurrección. Comienza por la reforma más urgente y termina con la cuestión ca­pital para todo fiel. Esta epístola difiere en su argumento y en su forma de la dirigida a los romanos; no es una disertación ni un tratado dogmático, sino un compendio de avisos, reflexiones, soluciones, requeridos por las circunstancias. San Pablo aquí ha­bla como pastor más que como doctor. Pero no hay escrito paulino que dé a conocer mejor el espíritu, la disciplina de aquella gran alma y las costumbres de aquellos primeros tiempos. La segunda epístola fue escrita tal vez en Filipos o en Tesalónica, en otoño del año 57 d. de C., unos meses después de la primera, en lengua griega. Un convertido por él, de regreso de Corinto, donde había sido enviado por asuntos de aquella Iglesia, había contado a San Pablo que la mayor parte de los corintos estaban conmovidos por su carta, que se lamenta­ban de su ausencia y le prometían poner en práctica sus consejos.

Asegurado así el éxi­to de la primera carta quiso escribir la segunda para alentar más a los fieles, in­tentar ganarse más a los reacios, y contes­tar a las imputaciones que sus detractores iban difundiendo malignamente contra él. Hay en esta carta una larga apología de su conducta y de su ministerio, primero vela­da, después moderada y por fin franca, robusta y vehemente, interrumpida por un instante, hacia su mitad, por una digre­sión acerca de la limosna y una exhorta­ción a ir en socorro de los fieles de Jerusalén. De aquí tres secciones; apología tranquila y contenida (1, 15-VII), digresión (VIII, IX), apología animada y no violenta (X, XII). Por toda ella la capacidad del apóstol, su talento oratorio, la ductilidad de su genio, y la delicadeza de su hablar resplandecen con viva luz. Cornely dice que algunos compararon esta carta con el dis­curso de Demóstenes Por la corona (v.).

Hay en ella una vivacidad y una multipli­cidad de ideas y de sentimientos, que se suceden y persiguen con nervioso movi­miento; tiene la fuerza del apologista que aniquila a sus adversarios. La autenticidad de esta epístola no es puesta en duda y se apoya en testimonios patrísticos de los pri­meros siglos de la Iglesia: Ireneo, Clemente Alejandrino, Tertuliano, el fragmento muratoriano, etc.

G. Boson