Epístolas a los Tesalonicenses, San Pablo

Son dos cartas escritas en Corinto hacia el año 53 d. de C., en lengua griega. San Pablo fue a Tesalónica, después de su misión en Filipos, y allí permaneció algún tiempo fundando las bases de una pe­queña comunidad cristiana. Obligado a huir por las intrigas de algunos judíos, apenas llegó a Corinto compuso las dos epístolas, a poca distancia una de otra para la Iglesia naciente de Tesalónica. Son las primeras epístolas que de él conservamos. En la pri­mera no tiene nada que reprobar a los buenos tesalonicenses; los alaba por su fidelidad al Evangelio y se duele de no haber podido él en persona proseguir la pre­dicación iniciada.

Contento por las buenas noticias que Timoteo le ha traído recomien­da perseverancia y alejamiento de la impu­reza; amor, trabajo y respeto a lo que otro posea (I-IV, 12). Y ya que no había podido decirles su pensamiento completo acerca del tiempo de la «parusía» (venida del Señor), cuando se había encontrado con ellos, los instruye a este propósito diciendo cuál es la suerte de los cristianos muertos; que el advenimiento del Señor es incierto y que los cristianos deben estar siempre prepara­dos. Indica después algunos deberes de los fieles, incluye una oración especial a favor de los tesalonicenses, y en los últimos ver­sículos hace recomendaciones y envía sa­ludos. La autenticidad de esta epístola no tiene casi opositores, ni siquiera por parte de los protestantes y los racionalistas. Esta carta había producido sin duda un gran efecto; pero en medio de las persecuciones, surgió en los tesalonicenses una duda debi­da a una interpretación errónea del Juicio Final, creyéndolo inminente, y se entre­garon al ocio esperando el gran aconteci­miento. Los falsos doctores entretanto se aprovechaban de aquel temor y de aquella agitación para sus fines.

San Pablo, puesto al corriente de aquel estado de cosas, expi­de unos meses después su segunda carta. Ésta, además de un .prólogo (I, 1, 12) y un epílogo (III, 16, 17), contiene una parte dogmática (II, 1-16) y una parte moral (III, 1, 15). En la parte dogmática trata de los últimos acontecimientos, exhortando a los fieles a no dejarse engañar acerca de que la venida del Señor estaba próxima. Antes ha de venir el Anticristo; y mientras tanto, los cristianos sean constantes en la fe. En la parte moral, después de haberse encomendado a las plegarias de ellos, vitu­pera la vida ociosa que llevan, recordando a la mente de todos la ley del trabajo, y termina exhortando a practicar la virtud y a huir de los desobedientes. La auten­ticidad de la carta está puesta en duda por algún racionalista; los testimonios patrísti­cos son unánimes.

G. Boson