El Anticristo, Friedrich Nietzsche

[Der Antichrist]. Obra filosófica del gran escritor alemán Friedrich Nietzsche (1844-1900). Escrita en 1888 hubiera debido constituir el primer libro de la Transmutación de todos los va­lores (v.). Representa el «ensayo de una crítica del Cristianismo». Nietzsche empie­za por perfilar el tipo de «virtud» del es­píritu libre: virtud en el estilo del Rena­cimiento, que es afirmación de poder. La virtud cristiana, nacida de la moral de compasión que inclina hacia cuanto, por ser débil y mal conseguido, debiera suprimirse, es precisamente lo opuesto a aqué­lla: es lo más dañoso y corrosivo que pue­de darse. Sólo el hombre fuerte, que es digno de la vida, tiene derecho a existir; pero el Cristianismo cultiva con el miedo su contrario, el hombre enfermo, el animal de rebaño, y se venga del tipo superior relegándole al margen de la humanidad que debiera regenerar, y haciendo de él un «réprobo». El Cristianismo, religión de la com­pasión, representa todos los malos instintos de la decadencia, puesto que la compasión está en contraste con las emociones tóni­cas que elevan la energía del sentimiento vital, y, obstaculizando las leyes de la se­lección, se presenta como negación de la vida.

La influencia maléfica de los teólogos que, siendo incapaces de mirar la verdad cara a cara, se refugian en un «mundo ver­dadero» ideal que sofoca la vida, ha co­rrompido también a la filosofía, desviándola hacia la abstracción y hacia una moral que es «contra-natura», la moral de la virtud, del deber y del bien en sí. También la con­cepción de un Dios, que es sólo Dios del bien, es un parto de la decadencia: el Dios de Israel, fiero y anatematizador, se ha transformado, democratizándose, en un an­cla de salvación para todos los débiles. Y el diablo es sólo la bandera bajo la cual se reúnen todas las fuerzas vivas, de las que tienen miedo los decadentes. El cristianis­mo nació en Oriente, del cansancio del pueblo judío, el pueblo que quiso «ser a todo trance», aun a costa de trastocar todos los valores de la vida, y creció en el terreno falso de Israel, donde todo valor moral tenía en contra los más profundos instintos de la clase dominante. Nietzsche esboza aquí una psicología del Redentor que opone netamente a la delineada por Renán; en efecto, mientras Renán toma en Jesús los caracteres del genio y del héroe, Nietzsche le reconoce una extrema sensi­bilidad, una incapacidad de soportar cual­quier clase de dolor e incapaz incluso de toda forma de resistencia. Del miedo al dolor nace la religión del amor.

Jesús sólo fue un bondadoso, un sencillo; carecía de dogmatismo, desconocía el concepto de cul­pa y de castigo; el reino del cielo predicado por él se efectuaba realmente en esta vida, en todos los corazones: el Redentor, abo­liendo toda relación de distancia entre Dios y el hombre, devolvía a la vida su loza­nía. Murió como había vivido, no por culpa de los hombres, sino como consecuencia de su principio de que no hay que resistir al mal, que es menester amarlo. La Iglesia ha sido fundada sobre la contraposición del Evangelio: la muerte vergonzosa en la cruz estimula a los discípulos que hicieron res­ponsable al judaismo dominante y empe­zaron a ver en la obra de Jesús una revo­lución contra el orden social mientras iba tomando la delantera el sentimiento menos evangélico de la venganza y los conceptos de represalia y de juicio. Tergiversando los conceptos de Jesús, renovaron la fe popular en una venida del Mesías e hicieron del «Reino de Dios» un tribunal ultraterreno, un acto final, y de Jesús el hijo de Dios, la víctima expiatoria de todas las culpas de los hombres. Por fin San Pablo introdujo en el Evangelio la «desvergonzada» doctrina de la inmortalidad personal, relegando la felicidad a la ultratumba e imponiendo a los hombres todos los espectros de la doc­trina del pecado, mientras al mismo tiempo les adulaba prometiéndoles la inmortalidad, con la cual cada individuo puede preten­der una importancia eterna.

Así, bajo la autoridad de Cristo que había sido un «ale­gre mensajero», penetró en el mundo una doctrina nihilista y hostil a la vida, una doctrina que es una modalidad de anar­quía, puesto que sólo intenta destruir. Esta doctrina triunfó sobre el mundo antiguo aprovechándose de su cansancio, y en lu­gar de la exuberancia de salud colocó su necesidad morbosa de enfermedad, pues in­cuba en ella un instinto de revolución con­tra cuanto es sano y apreciable, contra los instintos constructivos de la vida. Y en nombre de la vida Nietzsche se levanta para condenarla. Tres meses después de la composición de la obra blasfematoria, a Nietzsche se le perturbó la razón. [Trad. de Pompeyo Gener (Barcelona, 1903).]

G. Alliney