Anticristo

El mito del Anticristo tuvo su primera versión dramática en el Ludus paschalis de adventu et interitu Antichristi, compuesto hacia el 1160 en el monasterio de Tegernsee en la Alta Baviera. El drama quiere ser una representación de la histo­ria del mundo. Sobre la escena que repre­senta por una parte el templo de Jerusalén y por la otra la sede del Sacro Imperio Romano, aparecen la Sinagoga con el rey de Jerusalén, el Paganismo con el rey de Babilonia, luego la Iglesia con la Justicia y la Misericordia, el Papa, el Clero, y por fin el Esperador con sus caballeros. El Em­perador, después de haber recibido el ho­menaje de los reyes cristianos, somete al rey de Babilonia y va a colocar su corona en el Templo. Pero llega el Anticristo que, ayudado por la Hipocresía y por la Here­jía, seduce al Emperador con falsos mila­gros y, pese a los anatemas de los profetas Enoch y Elias, se hace adorar por judíos y gentiles. Pero cuando está a punto de instalarse en el templo, es fulminado por Dios. El drama es la manifestación más original del teatro religioso del siglo XII. Construi­do sobre un plano que ya no es el de la tradición litúrgica, el Ludus se inspira en un clima espectacular que trata de sostenerse por sí mismo y no en función del culto.

* El escritor español Juan Ruiz de Alarcón (1581-1639) compuso un Anticristo ba­sado en las leyendas en relación con los últimos días del mundo, según los Evan­gelios apócrifos, y el Tratado del juicio fi­nal del dominico fray Nicolás Díaz, de­mostrando conocer el autor la Teología es­colástica, respecto a un pasaje de Santo Tomás sobre los falsos milagros. Aparece el Anticristo, como descendiente de Judas, y dando muerte a su madre, al comienzo del drama. Hay en todo él un verdadero abuso en la acumulación de incestos, parricidios, y todo género de horrores para hacer odio­so al extraño protagonista, que al fin, según la tradición, es vencido por el profeta Elias. El estreno de la obra (1623) cons­tituyó un fracaso debido a que Lope y un grupo de enemigos de Alarcón echaron «unas redomillas de mal olor» en el corral en que se representaba, lo cual ocasionó una formularia detención policíaca de Lope y Mira de Amescua. El escándalo fue ma­yúsculo, y se recuerda en un soneto de Góngora. Realmente, la obra es inferior a las de Lope o Amescua que tratan asuntos religiosos «a lo desgarrado», sin poseer su pujanza ni su brío, ya que, en el fondo, Alarcón no sentía, o sentía poco, lo sacro, acaso por su oriundez india, mexicana. Con todo, el Anticristo interesa como «obra de tramoya», y sobre todo por lo cuidado de la forma externa y las bromas de los gra­ciosos. También hay rasgos de grandeza en los primeros versos, influidos por el Apo­calipsis (v.). La dama Sofía, a quien quie­re seducir el Anticristo, tiene alguna seme­janza con la Juanita de El mágico prodi­gio (v.) de Calderón, pero a diferencia de la intelectual feminidad de ésta, la de Alarcón es casi un marimacho. Se abusa de los «vuelos» en escena, y en cambio es fa­moso e ingenioso, el debate — burlesco — entre un cristiano y un judío que por cada santo o patriarca de su fe, acuerdan quitarse un pelo, y al nombrar el cristiano «las once mil vírgenes» arranca al judío toda su cabellera haciéndole exclamar: «De una vez hecho me has, ser cristiano, y calvi­nista».

A. Valbuena Prat