Ejercicios Espirituales, San Ignacio de Loyola

Obra escrita pri­mero en español y luego en latín, publi­cada en Roma en 1548. Es uno de los libros de ascética más importantes de la Edad Mo­derna, no tanto por el volumen del texto, como por la gimnasia espiritual que propo­ne y por la enorme influencia que ha ejer­cido en la práctica ascética de la Iglesia. Más que un libro de lectura, es una guía puesta en manos de un maestro de la vida espiritual para dirigir una o más almas a la perfección de la vida cristiana. En sus líneas esenciales fue compuesto entre 1522 y 1523 en Manresa, donde, después de su conversión, se retiró el noble caballero.

El objetivo del librito es disponer el alma, a través de la sugerencia de meditaciones, exámenes de conciencia y advertencias va­rias, que son como los «ejercicios» de la vida espiritual, a conocer la voluntad de Dios y ordenar la vida de modo que se abra­ce lo mejor según las condiciones particu­lares en que Dios quiere colocar dicha alma. Los Ejercicios están distribuidos en cuatro «semanas» porque están divididos en cuatro partes y debieran durar, según el proyecto primitivo del autor, un mes. Pero las sema­nas no son de igual número de días, por­que para la primera y la cuarta no está asignado un número definido, para la se­gunda se asignan doce y para la tercera siete. El número de días queda a la pru­dencia del «director» según las necesidades, las aptitudes, las exigencias y las posibili­dades del ejercitante. A la misma pruden­cia se deja el número de meditaciones dia­rias, que puede variar de cuatro a cinco. Como preámbulo a todos los «ejercicios»

San Ignacio establece un «principium et fundamentum», que es la más importante verdad religiosa: el hombre, siendo una criatura de Dios, tiene como primer deber y como fin absoluto el de loar, reveren­ciar y servir a su Creador y, obrando así, salvar su alma. Por ello, ninguna criatura ha de atraer sus complacencias hasta alejarle del servicio divino. Las criaturas son medios y no fines, y el hombre ha de mostrarse completamente indiferente hacia los medios y sólo adoptar aquéllos que mejor le conduzcan al fin para el que está creado. A la luz de estas supremas verdades la pri­mera comprobación es reconocer cuánto se haya alejado del camino recto y el primer paso de la vida espiritual es por ello la re­pulsión de las culpas y el propósito de com­pleta enmienda.

A obtener este fin están dirigidos los «ejercicios» de la primera «se­mana». Purificada el alma y tendida com­pletamente hacia una nueva vida, San Ig­nacio, al empezar la segunda «semana», quiere que se proponga al ejercitante el ideal más perfecto y concreto de vida es­piritual: Jesucristo. Le presenta como Rey que reúne a las almas fieles para librar la santa batalla y conseguir la victoria sobre las pasiones desordenadas y para una adap­tación total a la divina voluntad. Siguen las meditaciones sobre las varias virtudes ejer­cidas por Jesucristo en los misterios de su vida humana, y cuando el alma está ya plenamente dispuesta a seguir la voluntad divina a su respecto, se siguen las conside­raciones destinadas a escoger la condición fundamental de la vida, si no ha sido ya escogida, o a reformarla, si ha sido ya esco­gida, según las nuevas inspiraciones habi­das. Sin embargo, como el cumplimiento de la divina voluntad puede exigir grandes sa­crificios, en la tercera «semana» San Ignacio propone la meditación de la vida dolorosa, y en la cuarta la vida gloriosa del Divino Redentor, para que primero el amor y el deseo de imitarle y luego la visión del pre­mio eterno hagan menos difícil la acep­tación de dichos sacrificios.

Como culmi­nación de los «ejercicios» San Ignacio pro­pone la «contemplatio ad amorem», en la que, ante los preciosos beneficios recibidos de Dios, beneficios que son un preludio a la total entrega que Dios hará de sí mismo al alma, ésta es excitada a una respuesta, entregándose a su vez total y perfectamente a Dios. La parte esencial de los Ejercicios está interrumpida de tarde en tarde por consideraciones que ayudan a su inteligen­cia, como las «anotationes» y las «additiones», o sea por la exposición práctica del examen de conciencia, de la confesión gene­ral, de las penitencias corporales, de los varios modos de rezar y de las varias re­glas para discernir las inspiraciones del espíritu bueno de las del espíritu malo y para someterse al modo de ver de la santa madre Iglesia.

L. Ambruzzi