Disciplina clericalis, Moisés Sefardí

Colección de cuentos doctrinales, formada por el judío de Huesca, bautizado en 1106 y llamado Pedro Alfonso por haber sido su padrino el rey de Aragón, don Alfonso I el Batallador. Trató de justificar su conversión al cristianismo en su libro Dialogi in qui- bus impiae Judaeorum… opiniones… confutantur. Como hombre de ciencia contribuyó al progreso de la Astronomía, y fue maestro del inglés Walcher, tradujo las tablas as­tronómicas de al-Jawarizmí, según la re­censión de Maslama al Mayriti, de Córdoba, y que luego fueron puestas en latín por Adelardo de Bath. Fue médico del rey En­rique I de Inglaterra hacia 1110. Su obra más famosa es la titulada Disciplina Clericalis, que circuló durante la Edad Media en incontables manuscritos, y que fue impresa por primera vez en 1824 por la «Societé des Bibliophiles Français», en edición dirigida por el Abate Labouderie, coleccionada en el texto por M. Méon sobre siete manuscritos e impresa por Firmin Didot, junto con la versión francesa antigua.

El texto latino de esta edición fue aprovechado por Migne, en su conocida Patrología griega y latina (v.), volumen CLVII, págs. 671-706, y muy divul­gada en esta colección. Otra edición hizo en Berlín, 1827, Wilhm. Val. Schmidt. En 1911 los señores Alfonso Hilka y Warner Soderhielm publicaron el texto latino, teniendo como base sesenta y tres manuscritos, en un cuaderno de los «Acta Societatis Scientiarum Fennicae», tomo XXVIII, Helsinfors, 1911, 80 págs. folio. El manuscrito que sir­vió de base a esta edición es el núm. 86 del Corpus Christi College, de Oxford. Sobre ésta se basa el texto latino de la que yo mismo he dado, Madrid, Escuela de Estu­dios Árabes, 1948; edición que lleva, por primera vez en español, la versión castella­na completa de tan famoso libro.

Los es­pañoles pudieron conocer los cuentos de la Disciplina Clericalis a través de la traduc­ción de gran parte de ella, intercalada en el Libro de los exemplos, de Clemente Sán­chez de Vercial, (13709-1425?) publicado por D. Pascual de Gayangos en el vol. L1 de la B. A. E. de Rivadeneyra, naturalmente que sin el orden que tiene en la compilación de Pedro Alfonso y sin ninguna de las senten­cias y moralidades que en el original enla­zan entre sí los cuentos. Mi edición caste­llana lleva los cuentos que figuran en el Libro de los exemplos, más los que añaden las Fabulae collectae de Alfonso, de Pogio e de otros, insertas en el raro libro La vida del Ysopet en sus fábulas historiadas, Zara­goza, por Juan Hurus, 1489, reproducido en facsímil por la Real Academia Española.

Esta versión del Ysopet es diferente de la que sirvió para el libro de Sánchez de Ver­cial, lo que permite suponer la existencia de diversas traducciones castellanas que, desgraciadamente, no han llegado a nos­otros. Steinhówels añadió a su Esopo las Fabulae collectae de Alfonso y de Poggio, y también figuran en la traducción esópica del inglés William Caxton, 1484, anterior a nuestro Ysopet. También recojo en apéndi­ces y notas los extractos de algunos cuentos, que figuran en el Espéculo de los legos, estudiado por D. José María Mohedano (Te­sis doctoral, 1948). Mi edición castellana tiene, en el mismo orden que el original, las sentencias, proverbios y moralidades, que sirven de enlace a los cuentos y ejemplos del texto original. Esta versión es debida al eminente latinista D. José López de Toro, de la Biblioteca Nacional de Madrid.

En francés se recogen estos documentos en La discipline de clergie, y de Le Chastoiement d’un pére a son fils, varias veces re­producido, y se repiten en las colecciones de fabliaux. Mr. Ducamin editó en París, 1908, una versión gascona, que guarda nues­tra Biblioteca Nacional. Hay traducción hebrea en Le livre d’Henoch sur l’amitié, por A. Pichard, 1838, reproducida por Ad. Jellinek; alemana en la monumental co­lección de Esopo por Steinhowels, editada por Hermán 5sterley (1871-73): esta ver­sión fue puesta en catalán en 1885, y antes lo había sido en inglés por William Caxton, 1484; italiana, fragmentaria, hecha sobre la francesa, publicada por Pascuale Papa, 1891; y hasta de una versión islandesa posible habla Chauvin, en su monumental Bibliographie des ouvrages arabes.

El libro tiene un Prólogo y el Texto. En el Prólogo hace Pedro Alfonso declaración de fe católica y justifica su obra por su deseo de dar a conocer a los demás lo que él sabe, conven­cido de que el fin del hombre en este siglo es ejercitarle en el estudio de la santa filo­sofía para conocer a Dios, llevar vida con­tinente y alcanzar la perfección. Por inspi­ración de Dios escribió este libro (acaso en árabe) y lo tradujo al latín. Había pensado también en la fragilidad de la condición humana, que necesita recibir la instrucción poco a poco, y con dulzura y suavidad, y de modo que permita recordar fácilmente lo aprendido. «Por ello — dice — compuse yo este pequeño libro, tomándolo en parte de los proverbios de los filósofos y de sus co­rrecciones; en parte de ejemplos y prover­bios de los árabes, de fábulas y versos, y, finalmente, de semblanzas de animales y aves». Pensó en que sus escritos tuvieran aliciente para que los lectores aprendieran, y le dio el título de Disciplina clerical, porque hace al clérigo disciplinado. (Recuérdese el sentido medieval de la voz «clérigo», igual a persona culta, fuera o no ordenado in sacris).

Se somete a la corrección de la Iglesia. En el texto del libro va mezclando la doctrina, explanada por medio de sen­tencias, tomadas de los filósofos o de ver­sos árabes, y los ejemplos, que suelen ser de muy diversa extensión. Tres partes prin­cipales pueden señalarse en las sentencias y por tanto en los ejemplos que las ilus­tran: una en que trata del temor de Dios, de la hipocresía, de la sabiduría, del silen­cio y de la nobleza, o sea de las cualidades morales de la persona humana; otra se refiere al trato con las mujeres y sus pe­ligros; y la tercera, sobre la vida social y las relaciones políticas entre los hombres, con los reyes y ante la muerte inevitable y fatal. A las sentencias y proverbios relati­vos a cada uno de estos grandes grupos ideológicos corresponden los ejemplos in­tercalados. Son éstos 34, contados, igual que las sentencias que ilustran, por un padre a su hijo.

Principia por el del medio amigo, en el que el padre aconseja al hijo que pon­ga a prueba a los muchos amigos que dice tener: simula que ha matado a un hombre, y pide a sus amigos que le ayuden a ocultar su crimen; ninguno lo hace, sino el medio amigo de su padre. Son notables el del ami­go íntegro, muestra de dos amigos fieles y leales hasta el heroísmo; el de los diez co­fres, recuperados del depositario infiel por una astucia bien urdida; el de los toneles de aceite, caso jurídico descubierto por ca­mino científico; el de los dos burgueses que querían engañar al rústico y resultaron bur­lados por él; el del sastre del rey, vencido por su discípulo; el del vado y el de la senda; el del versificador, que le dieron derecho de portazgo, para los que tuvieran algún defecto físico; el de la serpiente de oro perdida y recuperada ingeniosamente; el de los dos hermanos y los gastos del rey; el del rústico engañado por la avecilla, a la que apresó y a la que soltó a cambio de tres consejos; el del siervo Maimundo el perezoso; el de Sócrates (Diógenes) con el rey; el del clérigo que entró en una ta­berna; el del filósofo que pasó por un ce­menterio; el de la sepultura de oro de Ale­jandro; el del labrador, el lobo y el juicio de la zorra.

Los relativos a las mujeres son picantes y fuertes, a veces: v. gr. el del vendimiador; el del lienzo, treta para ocul­tar a un amante; el de la perrilla que llo­raba; el de la espada; el del pozo, que re­produce casos del Syntipas. El mismo Pe­dro Alfonso indicó en el prólogo de su libro que lo había formado utilizando fuentes árabes. Efectivamente, en la colección espa­ñola del Syntipas o Sendebar, conocido con el nombre de Libro de los engaños et los assayamientos de las mujeres (v.) figuran algunos de sus cuentos, así como también en los de la colección conocida por el título de Calila e Dimna (v.), por ejemplo el del ladrón que se tira del tejado de una casa creyendo que por artes mágicas y por vir­tud de un conjuro que pronuncia va a ser transportado en un rayo de luna.

El cuento del depositario infiel está en la colección persa de Los mil y un día. También el Barlaam, y las fábulas de Lockman dejaron su huella en la Disciplina. Los proverbios y sentencias que intercaló Pedro Alfonso en su obra y que los lectores pueden leer aho­ra en lengua castellana en el mismo orden del original, están tomados de diferentes colecciones frecuentes y conocidas de la Edad Media, ya señalados, en parte, en la citada edición de Schmidt. La bibliografía general de estas colecciones de sentencias, v. gr. las de Hunayn ben Isháq, Proverbios de oro (ed. Knust), orientan al lector para andar por la enmarañada selva de traduc­ciones, adaptaciones e imitaciones en que las mismas sentencias, de origen clásico, cristiano o árabe vienen dando la vuelta por los principales libros didácticos del mundo medieval.

Las principales coleccio­nes, que pueden servir como guía para bus­car las fuentes de estos proverbios son: H. Knust, Das Mittheilungen aus dem Eskurial. Tubinga, 1879; Manna von M. Steischneider, Berlín, 1847; y Auguste Pichard, Le livre d’Henoch sur l’amitié, Trad. de l’hébreu, París, 1838. De tipo semejante te­nemos en castellano los Castigos y doctri­nas que un sabio daba a sus hijas, (edición Knust, en Bibliófilos españoles, Madrid, 1878), que también refleja a veces senten­cias de la Disciplina clericalis. «Pedro Al­fonso — dice justamente Menéndez Pela­do en sus Orígenes de la novela—’cuenta con muy poca gracia en su bárbaro latín historias verdes, que luego se contaron mu­cho mejor; pero es más casto que sus imi­tadores, porque no es inmoral de caso pensado, ni excita jamás la fantasía con cua­dros licenciosos, ni sale nunca de su habi­tual manera insípida y trabajosa». «Con toda su medianía, este libro tuvo una fortuna que muchas obras de primer orden pudieran envidiar, pero que se explica bien por la novedad y extrañeza de su contenido y por la singular mezcla, tan grata al gusto de aquella edad, de la sabiduría práctica de los documentos morales y de la cándida li­bertad de las narraciones.

Las lenguas vul­gares le adoptaron muy pronto por suyo». En castellano se reflejan con frecuencia los cuentos de la Disciplina. El ejemplo del me­dio amigo lo trae El Conde Lucanor (v.). Los castigos y documentos del Rey Don Sancho (v.) y el Espejo de legos. El ejem­plo del versificador y el giboso fue puesto en verso en el siglo XVI por el licenciado Tamariz. El del lienzo se recuerda en El viejo celoso (v.) de Cervantes. El del rústico figura en el Quijote (v.) tras la aventura de los batanes. El de los diez cofres inspiró el cuento de El juez prudente, inserto en la colección Entre col y col lechuga (Bar­celona, 1847). El de los dos burgueses y el rústico lo utilizó el Conde de las Navas en su cuento El alichante achantado.

El del siervo Maimundo es popular todavía en Es­paña, y figura en la magnífica colección de Cuentos populares españoles de D. Aurelio M. Espinosa (Madrid, 1946-47). Unos se­senta autores, en todas las lenguas cultas del mundo y en todos los tiempos han reco­gido y aprovechado los ejemplos de la Dis­ciplina clericalis; citaré solamente algunos de los más celebrados en la historia literaria universal: Bandello, Boccaccio. Bozzon, Novellino (v.), Chaucer, Cifar (v.) . Eli­des de Cheriton, Gesta Romanorum, Giraldi Cinthio, Gower, Guicciardiní, Herolt, Juan Manuel, II Novellino (v.) de Massuccio, Pauli, Juan Ruiz, Arcipreste de Hita, Sercambi, Timoneda, Vicente de Beau- vais, Jacques de Vitry, etc. La lectura de esta bibliografía, en que hay reflejo de la Disciplina clericalis, y el recuerdo del gran número de manuscritos latinos conservados de este libro, bastan para comprobar su in­flujo en la novelística del mundo.

A. González Palencia