De las Cinco Plagas de la Santa Iglesia, Antonio Rosmini

[Delle cinque piaghe delia santa Chiesa]. Obra de Antonio Rosmini (1797- 1855), publicada en 1848. El autor se propo­ne sacar a luz las causas de la decadencia de la Iglesia, estudiando los múltiples fenó­menos históricos que la han provocado. La primera causa es el progresivo alejamiento espiritual del pueblo y el clero. La predica­ción evangélica de los apóstoles llevaba en sí una misión ético social bien determi­nada: apoyar a la humanidad contra la de­cadencia del espíritu y de la carne, mediante la predicación de la Santa Verdad, mediante el ejemplo y la obra virtuosa del apostola­do. Pero ya en los comienzos de la Edad Moderna, el sacerdocio comenzó a ser un patriciado con intereses propios, con len­guaje y leyes particulares, y así el pueblo lo entendió de modo cada vez más parcial e indirecto. La segunda plaga es la insu­ficiente instrucción del propio clero. La pre­dicación y la liturgia de los primeros siglos de la Era cristiana, hecha por los Santos y por los Apóstoles, creaba verdaderos sacer­dotes; los clérigos de la Edad Moderna, no poseen ya la ciencia sacerdotal; los obispos, ocupados con las trabas temporales, han aca­bado olvidándose de la cura de almas; los textos sagrados, se han ido sustituyendo por catecismos y compendios para la ins­trucción del pueblo. Las invasiones bárbaras, tercera plaga, al introducir nuevas costum­bres bélicas y profanas, dieron el primer gol­pe a la armoniosa unión del Episcopado. La correspondencia epistolar entre los obispos, la subordinación al Metropolitano que pre­sidía a los ordinarios de cada diócesis fue­ron muriendo lentamente.

Pasado el siglo sexto, comenzó un verdadero período de degeneración del cuerpo episcopal, culmi­nando con el cisma de Oriente y de Occi­dente, en el que los varios obispos se con­virtieron en ministros nacionales. Y los príncipes violentaron la pureza de la Igle­sia con su despotismo tiránico. Si el Con­cilio de Trento marca en el curso de la his­toria una tentativa de resurrección de la Iglesia, la funesta lucha entre el Papado y el poder civil continúa cruenta durante si­glos. La cuarta plaga es el abandono del nombramiento de los obispos al poder civil. Ya en el siglo VI no sirvió para las eleccio­nes episcopales el dicho antiguo «Sea el cla­ro juez, el pueblo consejero»; la lucha por las investiduras marcó la violencia del po­der temporal sobre la Iglesia; la rebelión del Papado contra los abusos y las amenazas de los emperadores, fueron una desesperada lucha del espíritu contra la materia. En fin, la última plaga es la servidumbre de los bienes eclesiásticos: desde el tiempo de Clodoveo se originó la simonía, al atribuir al poder laico la distribución de las dignida­des pontificales; la afluencia de riquezas, encadenando a la Iglesia al carro del poder laico, la hizo esclava. Cuanto más se avanza en la época medieval, tanto más vemos sus­tituir la unidad de la comunidad eclesiás­tica por la tendencia individual y disipa­dora de los obispos feudatarios. Los bienes eclesiásticos, que según el apostolado de la pobreza, debían tener como fin el puro sos­tenimiento del cuerpo eclesiástico, la cons­trucción de edificios religiosos, el sosteni­miento del culto, sirvieron para satisfacer los intereses temporales. Rosmini concluye su análisis con una afirmación de fe: el con­flicto entre las potencias espiritual y laica no será perenne; la resolución tendrá lugar cuando la potestad temporal arroje de sí la idea de la «individualidad», reliquia del barbarismo violento, del feudalismo, y se reedifique sobre la idea propia de la Igle­sia — que no puede perecer — la idea de la unidad orgánica y cristiana de los hombres.

O. Abate