De la Providencia de Dios, Zuinglio

[Ad illustrissimum Cattorum Principem Philippum, sermonis de Providentia Dei anamnema], Obra del reformador suizo Zuinglio (Huldreich Zwingli, 1484-1531), escrita en 1530 a petición del landgrave Felipe, a consecuencia de un sermón predicado por él sobre este tema en Marburgo, con ocasión del célebre coloquio con Lutero sobre la cuestión sacramental (1529).

Breve obra, pero una de las más originales expresiones de su pensamiento de humanista platónico cristiano y una de las obras sistemáticas más atrevidas de la Reforma. Comprende siete capítulos y un epílogo. La necesidad de la Providencia está en ser Dios el sumo bien, no en el sentido de que supere en bondad a los demás bienes, como el oro supera a la plata, sino en el sentido de que Él solo es bufeno por naturaleza, mientras los demás bienes son tales en cuanto son «de» aquel bien, «en» aquel bien y a «la gloria» de aquel bien. El sumo bien es también la suma verdad, la suma sabidu­ría, el sumo poder: por esto es la causa única de todo lo que sucede. El hombre es la más admirable de sus obras: punto de intersección de dos mundos, el espiritual y el material, creado para vivir en’ comunión con Dios y para señorear sobre todo lo creado.

Pero su doble naturaleza, material y espiritual, es causa de luchas interio­res. Por esto Dios le ha impuesto su ley para hacerle conocer su voluntad. «La ley es luz, es mente, intelecto y voluntad de Dios». Con todo, el hombre es un ser caído y Dios, causa única y omnisciente, ha sabi­do y querido que cayese. ¿Por qué? Zuinglio responde con audacia: era necesario para que se pusiese de relieve la justicia, que «sin su opuesto sería oscura e innoble». Pero Dios, consintiendo la caída, no hace nada que sea injusto; Dios no está sometido a la ley que ha dado a los hombres; Él es voluntad absoluta y libre. No sólo esto: Dios, desde la eternidad, ha querido, con la creación y la caída, también la redención, y esto está confirmado por la doctrina apos­tólica de la elección.

Elección es el libre decreto de Dios acerca de los que han de ser bienaventurados. El signo de la elec­ción es la fe, que es la disposición firme y esencial del alma, por la cual es llevada a Dios, en quien espera infaliblemente. Es un don de Dios a los elegidos y predestina­dos a la vida eterna, de manera que, cuando se dice que los pecadores reciben la gracia en virtud de su fe, se atribuye un don a otro don. El pensamiento de la elección, como de la Providencia divina, por la cual nada ocurre al acaso, y todo coopera al bien de los elegidos, hasta sus pecados in­voluntarios, debe inducir a los fieles a ele­var el alma de los bienes y males transi­torios al Sumo Bien, en que reposa. Tal es el contenido de este libro, en el cual es notable el lirismo de la celebración de Dios, mente que penetra y acoge en sí toda cosa (panenteísmo), su atrevida concepción dia­léctica del bien y del mal, y su actitud positiva respecto a la filosofía.

Después de algunas citas de Séneca y de San Pablo, Zuinglio habla de ellos como «oráculos di­vinos» y añade: «en realidad es divino todo lo que es verdadero, santo, infalible por­que sólo Dios es veraz; por esto el que dice la verdad habla de Dios. Me atrevo, pues, a llamar divino a lo que hemos recibido de los gentiles, si es santo, religioso, irrefragable». Esta posición liberal diferen­cia a Zuinglio de Lutero y de los demás re­formadores y lo aproxima a Erasmo.

G. Miegge