Acuerdo del Libre Albedrío con los Dones de la Gracia, con la Presciencia, la Providencia, la Predestinación y la Reprobación Divinas, Luis de Molina

[Liberi arbitrii cum gratiae donis, divina praescientia, providentia et reprobatione concordia]. Tratado del teólogo jesuita Luis de Molina (1535-1600), publicado en 1588 y vuelto a publicar en 1595, con notas, correcciones y «aumentado con una segunda parte». Nos vamos a referir a esta segunda edición, que es la más difundida. Esta obra había de ser un comentario a la primera parte de la Suma Teológica (v.) de Santo Tomás; pero el hablar de la pre­sencia divina, de la providencia y de la predestinación, el autor siente la necesidad de estudiar esas verdades en relación con la libertad humana. Siguiendo las cuestio­nes y los artículos comentados, la obra con­tiene cuatro partes: la ciencia de Dios; la voluntad de Dios; la providencia; la pre­destinación. En cuanto a la ciencia divina, Molina afirma que la ciencia de Dios es natural, con relación a lo que Dios puede hacer; libre con relación a algunas criaturas futuras, cuya existencia es conocida por Dios, sólo porque Dios lo ha querido libre­mente.

La primera es causa de las cosas, la segunda no. En cuanto al influjo de la ciencia de Dios sobre lo futuro contingente es necesario ante todo considerar la natu­raleza de la libertad humana que no es sinónima de espontaneidad, como creen los luteranos, sino facultad de obrar o no, cuando se reúnan todas las condiciones de la acción. Por otra parte, en el estado de inocencia perdida por el pecado original, y reparada por la Redención, si bien el hom­bre con el concurso general de Dios puede hacer buenas acciones naturales, no puede, sin la Gracia, hacer ningún acto merito­rio en el orden sobrenatural. Esto es evi­dente en el acto de fe, de esperanza, de ca­ridad y en el acto de contrición y de atri­ción. Para esto, el concurso de Dios es ge­neral (en cuanto a todas las causas se­gundas) y particular: el primero es «cum causa» (causa parcial con la causa segun­da), otra es «in causam» en cuanto debe primero hacer a la voluntad capaz de las obras sobrenaturales. El concurso general no es anterior al acto de la voluntad hu­mana porque no actúa sobre ella sino con ella al producir el acto; de manera que el acto pertenece por entero a Dios y por en­tero a la voluntad. En la acción sobrena­tural el concurso y la colaboración a la gracia son la causa libre del acto: la Gracia añade el carácter sobrenatural: Gracia y libertad son «concausas» del acto.

Ambas, además, suponen el concurso general de Dios. La Gracia preveniente precede por tiempo y por naturaleza a la acción de la voluntad, y la mueve en el sentido de que la hace capaz de acciones sobrenaturales. Su influjo, por lo tanto, no es algo nuevo en el espíritu, no es infusión de nueva es­pecie mental, sino un socorro que da valor sobrenatural a actos e ideas y tendencias preexistentes. Por lo tanto, Dios no susti­tuye sino que perfecciona a la naturaleza. Si es verdad que existen futuros contingen­tes y que la libertad humana existe ¿cómo se acuerda con esta verdad la presciencia de Dios? Según Santo Tomás, Dios conoce en la eternidad, porque están presentes en él el pasado, el presente y el futuro. Según Molina, a lo menos los futuribles, esto es, los contingentes que no fueron, ni son, ni serán, pero que serían, si Dios crease un orden nuevo de cosas, Dios los conoce no en sus presencias (que no existen) sino en Él mismo, porque conoce lo que contiene eminentemente. Conoce por lo tanto lo que la voluntad libre de la criatura haría en de­terminadas circunstancias si en ellas Dios la crease. De sí mismo, pues, y no de la existencia de las cosas, recibe Dios la cien­cia de éstas; y además la Providencia y la predestinación suponen una presciencia an­terior a los hechos que suceden en el mun­do! Así, pues, la ciencia que Dios tiene de lo futuro contingente no es una ciencia de visión, sino de mera inteligencia.

A esta ciencia de Dios se la llama libre (pues sigue la libre determinación de la divina voluntad) y la natural o necesaria, que se extiende tanto como la potencia de Dios. La ciencia media confina con la natural porque se refiere al acto libre de la volun­tad, y confina con la libre porque se refiere a lo que ocurriría si Dios libremente crease este o aquel orden de cosas. Las otras tres partes de la obra no tienen el desarrollo ni la importancia de la primera. En la se­gunda, Molina se pregunta si se realiza la voluntad divina, y responde que se traduce en acto lo que Dios quiere con voluntad absoluta, no lo que quiere con voluntad condicionada. En la tercera, el autor deter­mina los caracteres de la Providencia, que implica la presciencia, y afirma que por ella Dios no lo quiere todo por voluntad absoluta, y que muchas cosas, como el pe­cado, solamente las permite. Y además acla­ra la confusión corriente de creer inelucta­ble lo que sólo es previsto infaliblemente. La Predestinación de que habla en la cuar­ta parte, no es más que la Providencia en el orden sobrenatural. Refutando todas las opiniones acerca de esto, Molina afirma que la predestinación es segura en Dios porque, conociendo Él en la ciencia media lo que hará libre, pero seguramente un hombre en estas o aquellas circunstancias, realiza estas circunstancias. El pensamiento de Mo­lina, que suscitó ásperas críticas y contro­versias en la teología de su tiempo es to­davía discutido por los tomistas, que se oponen a él en dos puntos principales: el concurso simultáneo y la ciencia media. De todas maneras, el molinismo queda como una de las tentativas más atrevidas para conciliar la acción de Dios con la libertad del hombre; el intento de resolver un pro­blema tan antiguo como el Cristianismo.

S. Ruta