Sátiras Y Epístolas de Horacio.

Bajo el título latino de Sermones se reúnen cuatro libros de composiciones poéticas, en hexámetros, que Quinto Horacio Flaco (65-8 a. de C.) escribió entre sus veinti­cinco y cincuenta años de edad. Más que bajo este título son conocidas como Sátiras [Satyrae] y Epístolas [Epistulae], diferen­tes por su carácter, diatríbico o epistolar; cada una de estas dos obras consta de dos libros.

Las Sátiras fueron compuestas entre el año 42 y el 23. El libro I consta de diez sátiras, y está dedicado a Mecenas. La I tiene por tema «el justo medio», según el cual el hombre debería vivir contento de su suerte. La II se dirige contra los exce­sos amorosos. La III trata de la indulgen­cia: ser benignos con el prójimo significa defendernos nosotros mismos. En la IV defiende Horacio la sátira, que él hizo de­rivar de los poetas griegos y la comedia antigua, pero no de Lucilio. La V trata de un viaje realizado por el poeta desde Roma a Brindisi, y está llena de amenos e insospechados incidentes, constituyendo un mo­delo de vivacidad narrativa. La VI es de agradecimiento a Mecenas, pero también un elogio implícito del autor, que, hijo de un liberto, supo ganarse la amistad de Me­cenas. La VII es una disputa entre Rupilio y Persio ante el tribunal de Bruto. En la VIII habla Príapo sobre exorcismos. En la IX, describe Horacio un ser molesto y pegajoso del que no se puede librar. La X es el epílogo del primer libro y ex­plica la composición artística de la sátira. El libro segundo contiene ocho sátiras. En la I, defiende el poeta el género satírico. En la II, Ofelo, buen campesino, afirma que la embriaguez es censurable, pero que la frugalidad no debe convertirse en ava­ricia.

El tema de la III es el siguiente: «to­dos los hombres son locos, dice el estoico, a excepción de los filósofos»; pero el poeta corrige: «el filósofo es el más loco de to­dos». En la IV, el amigo Cacio repasa de memoria recetas culinarias y normas gas­tronómicas. En la V, Ulises (v.) se dirige a la entrada del infierno, para que Tiresias le diga la manera de recobrar cuanto ha perdido: éste le enseña el arte de recobrar violentamente la herencia. En la VI, Ho­racio está en su villa; madruga, muestra su agradecimiento a Mercurio y da una vuelta por la hermosa residencia que le donó Me­cenas. En la VII, durante las Saturnales, aprovechando la libertad concedida a los esclavos, Davo, esclavo también, amonesta a Horacio y le demuestra que, pese a su esclavitud, es más libre que su dueño. -En la VIII, encuentra Horacio a Fundanio y hace que le cuente el festín que dio a Me­cenas un tosco y zafio enriquecido, llamado Nasidieno. Las Epístolas, escritas entre el año 23 y el 14, son, como las Sátiras, con­versaciones pintorescas en aquel estilo fa­miliar que. consiste en expresar las miserias del alma mediante la representación mordaz de las costumbres. Formalmente se diferen­cian de las sátiras porque suponen la oca­sión de una carta. En el libro I figuran veinte epístolas.

La I, a Mecenas, demues­tra que todos los hombres son locos. En la II, a Lolio, manifiesta Horacio que ha releído a Homero, descubriendo un cua­dro de las pasiones y de las locuras huma­nas. En la III, a Floro, pide noticias de los jóvenes amigos que acompañan a Tiberio. En lá IV, a Albio Tibulo, le exhorta a que goce de la vida. En la V, a Torcuato, in­vita al amigo a comer en su casa. La VI, a Numicio, sostiene que la felicidad estriba en la inmutabilidad del espíritu libre de pasiones. En la VII, a Mecenas, dice que prefiere a la capital, un lugar solitario. En la VIII, aconseja a Celso Albinovano que no caiga en la soberbia debido a su posi­ción. En la IX recomienda a Tiberio su amigo Septimio. En la X, a Aristo Fusco, sostiene que la felicidad consiste en vivir de acuerdo con la naturaleza. En la XI aconseja a Bullacio que busque el recreo del espíritu en la soledad. En la XII se burla de Iccio, que hace de filósofo y co­merciante; la XIII está dedicada a Vinio, encargándole entregue a Augusto los rollos de las Odas (v.) horacianas. La XIV está dedicada al constructor de su villa: Horacio aspira a una buena comida en el campo y dormir sobre la hierba, lejos de las envidias de la ciudad. En la XV, a Numonio Vala, pide que le informe sobre la temperatura de Velia y Salerno. La XVI, a Quincio, sostiene que es virtuoso el prudente que no corre tras la fortuna. La XVII, a Sceva, discute sobre la manera de comportarse con los grandes señores. La XVIII recuerda a Lelio que es preciso evitar los excesos.

En la XIX, a Mecenas, defiende su poesía lí­rica. La XX es la despedida de las Epístolas. En realidad, Horacio, diciendo su adiós al primer libro de Epístolas, lo consideraba como libro único. Más tarde siguieron las Epístolas del libro II, dedicadas a crítica literaria: a los Pisones, que fue publicada aparte, a Augusto y a Floro. En ellas, Ho­racio se presenta como teórico de la poe­sía. En la I, a Augusto, lamenta que el público prefiera los escritores muertos a los vivos. En la II, a Floro, manifiesta que ya es viejo para escribir versos. En la epístola a los Pisones, señalada con el título Arte poética (v.), expone los principios generales del arte de la poesía. Una indisoluble uni­dad artística ata, por lo tanto, las Epístolas a las Sátiras, en un plano de poesía dis­cursiva y admonitiva, así como las Odas representan la indispensable continuación, en el plano de la poesía lírica, de los Épodos (v.) juveniles. Los cuatro libros de los Sermones, observados en conjunto, son una interesante documentación autobio­gráfica, mediante la cual se pasa de la ju­ventud aventurera e inconsciente del poeta, estudiante en Atenas y huyendo para mili­tar a las órdenes de Bruto, para llegar a la madurez y a la senilidad incipiente, cuando se empieza a agotar la inspiración lírica y satírica, y Horacio se convierte en juez de su propia poesía y de la ajena, y es tan escuchado en la corte de Augusto que fija­rá con sus normas de arte y gusto el es­quema literario para toda una generación.

Aquellas dotes de realidad, vivacidad y hu­manidad que se desearían más en la pro­ducción lírica, aparecen en estos Sermones, que durante muchos siglos, interpretados como libros de moral y no de poesía, ga­naron para el poeta el sobrenombre de «Ho­racio satírico»; pero si en la actualidad algunos críticos vuelven a preferir el «sa­tírico» al «lírico», no es por su estética, perfectamente diletantesca y afilosófica de estos Sermones, sino por la humanidad de que están penetrados. [La primera versión castellana de las Sátiras y Epístolas se encuentra en la traducción de las Obras de Horacio, por el doctor Juan Villén de Biedma (Granada, 1599). Existe además una traducción completa de los dos libros de las Sátiras por el gran lexicógrafo Sebas­tián de Covarrubias, que permanece inédi­ta. Modernamente existe la traducción en verso de Javier de Burgos en Poesías, to­mo III (Madrid, 1823) y la de Guzmán Sa­linas en Obras completas, tomo II (Madrid, 1910). Es preciso citar, además, la de Guz­mán Salinas (Madrid, 1924) y la del P. Fé­lix G. Olmedo (Madrid, 1925), ambas con el título de Sátiras y Epístolas. Versión ca­talana de Llorenç Riber (Barcelona, 1927)].

F. Della Corte

La gracia elefantiásica de Horacio… la chachara de este exasperante mocetón que se entrega a cabriolas con la gracia empol­vada de un viejo «clown». (Huysmans)

Horacio creó un género literario que se sitúa entre el documento epistolar y el au­tobiográfico; en el que las cosas que se re­cuerdan o que se piensan no pierden nun­ca su contacto con la persona del escritor; un género de composiciones que contienen como la autobiografía de una hora; especie de confesiones en que uno habla a otro, y cuando todos escuchan, todos podrían es­cuchar. Y si Horacio no alcanzó precisa­mente esa universalidad de íntimo eco, por lo menos abrió el camino que conduce a la modernidad. (C. Marchesi)

Las situaciones creadas por Horacio son siempre meditadas moral o psicológicamen­te, para expresar después esta idealización interior; ello le hace, sin duda, accesible a un público más amplio, que ya no es el que busca y discierne la forma particular de la emoción poética. Nuestros antepasados podían expresar todas sus reflexiones sobre la vida, aportando sentenciosamente versos de Horacio, como nuestras abuelas y bis­abuelas recitando arietas de Metastasio. (B. Croce)