Pséudolo, T. M. Plauto

[Pseudolus]. Comedia de T. M. Plauto (255?-184 a. de C.), estrenada en 191. Pséudolo, esto es, Trapalón, criado de Calidoro, quiere ayudar de todas mane­ras a su joven amo, enamorado de Fenicios, una muchacha que el medianero Balión ha prometido por veinte minas al soldado Polimaqueroplágides.

Es necesario, pues, hallar veinte minas para rescatar a la muchacha de las manos del medianero. Con este pro­pósito Pséudolo, después de haber compren­dido que es inútil intentar convencer con ruegos a Balión, para el cual lo que im­porta es sólo el dinero, se va a casa del padre de Calidoro, Simón, y le pide las veinte minas. El viejo se niega a dárselas, pero como quiere poner a prueba la des­treza del criado, le promete la cantidad con la condición de que antes del oscurecer haya conseguido robarle la muchacha al media­nero. La apuesta es aceptada por el astuto Pséudolo; pero el plan no hubiera podido realizarse si, precisamente en aquel mo­mento, no hubiese llegado un mensajero del soldado a quien Balión había prometido la muchacha.

Pséudolo, haciéndose pasar por el administrador de Balión, y diciendo que éste se encontraba ausente, hace que le entregue el soldado la carta de conformi­dad, pero no consigue hacer que le entregue el saldo, cinco minas. El soldado se va a la hostería, en espera de ser llamado para llevarse a la muchacha y Pséudolo corre en busca de las cinco minas. Se las da el amigo de Calidoro, Carino; y además le presta su criado, Simón, para que se dis­frace de mensajero del soldado. El engaño sale perfectamente, Balión se embolsa las cinco minas, entrega la muchacha y se pone tan contento que apuesta él también con Simón veinte minas más a que Pséu­dolo no conseguirá llevarse a Fenicios; pero poco después, he aquí al auténtico mensajero que llega de pronto y descubre la verdad.

Balión comprende al fin que lo han engañado: debe restituir veinte minas al soldado, pierde veinte por su apuesta con Simón, que las cede a Pséudolo. No se trata, pues, de la acostumbrada come­dia de intriga, porque el protagonista, astuto e intrigante, juega a cartas des­cubiertas, ya desafiando a los que habían de ser engañados, ya apostando con ellos sobre el éxito de la burla. Pséudolo es aquí’ el representante de una ya madura tradición teatral que ha codificado su tipo, y entrelaza su alegre juego, no sólo con sus compañeros de escena, sino, lo que es más, con el público. Nacido para la burla y el enredo, se divierte aquí en hacer más difícil su cometido para desplegar una habilidad de «virtuoso»: los intereses de su dueño no son nada frente al interés que ha de suscitar en el público al que mira gui­ñando el ojo. Más consciente aún que Epidíco (v.), no hallará un competidor hasta muchos siglos más tarde, en el Scapin (v.) de Molière (v. Las artimañas de Scaipin). [Trad. española de P. A. Martín Robles en Comedias de Planto, tomo IV (Madrid, 1945), bajo el título de Trapalón].

F. Della Corte