Comedia dramática del español Antonio Mira de Amescua (15749-1644), representada en 1638.
Se enlaza con otra comedia del mismo autor: La desdichada Raquel, derivada de una comedia de Lope de Vega a su vez imitada, en el siglo XIX, por Grillparzer (v. La judía de Toledo). La «favorita del rey ha sido muerta, y el anciano don Lope de Estrada, fiel al monarca, acusa al joven don Ñuño de Castro de haber participado en el crimen.
Don Nuño, que es inocente, para defenderse de la espada del anciano gentilhombre, lo mata y se refugia en casa de su hermana doña Sancha, precisamente cuando se encuentra allí el hijo del muerto, don García, a quien ella, amante correspondida, se ha entregado.
Don García, desde la habitación próxima, oye la confesión del hermano de su amante y se precipita para vengar la muerte de su padre, pero doña Sancha hace creer a su hermano que se trata de gente que ha entrado en la casa para apoderarse de él y consigue convencerle de que huya.
En Burgos, después de haber escapado con dificultades de la justicia, desarmado, pide hospitalidad y protección en casa de una dama, doña Elvira, que es hija de don Lope y hermana de don García.
Pero aun reconociendo en el fugitivo al asesino de su padre, doña Elvira convence a su hermano, que acaba de llegar en busca de don Nuño, de que respete el derecho de asilo; le obliga, incluso, a ofrecerle su propia espada para poderle pedir luego explicaciones con las armas.
En casa de doña Elvira aparece también doña Sancha a pedir indulgencia por su hermano, en nombre de su amor por don García y del sacrificio que le ha hecho de su propia honra; llega a proponer a doña Elvira que se case con don Nuño. Pero ahora es doña Elvira quien pide venganza, y con más encarnizamiento que su hermano.
Ante los ojos de ambas damas, don Ñuño y don García se enfrentan, con las armas en la mano, pero, ante la desesperación de doña Sancha, los dos adversarios, el amante y el hermano, se inclinan a resolver el angustioso dilema entre la voz de la sangre y la del amor, en favor de la última. Ambos enemigos se reconcilian, y don García, para cimentar la paz, promete su hermana como esposa al hermano de su amada.
En la fluidez del verso, que se hincha a menudo en turgencias conceptuosas, en la variedad de los metros, que cae fácilmente en el virtuosismo (como, por ejemplo, la repetición, durante una larga tirada de versos, de la primera palabra, en el último diálogo del primer acto entre don García y doña Sancha), se advierte el dominio que posee el autor de sus medios de expresión.
Una diferencia notable distingue, sin embargo, los primeros dos actos del tercero: la acción rapidísima de los primeros, sugestivos y poderosos, disminuye visiblemente en el último, que ofrece una barroca complacencia en el juego de los conceptos; el elemento cómico interviene’ en una forma que no corresponde a la seriedad del resto del drama, tanto por lo fácilmente previsible del «final feliz» como por la nota bufonesca, que llega a lo vulgar, representada por Laín, criado de don García y enamorado y futuro marido de la criada de doña Sancha, Constanza.
G. C. Rossi
El teatro de Amescua, rico y desigual, es un puente, en algunos momentos ideológicos, entre Lope y Calderón; en los demás, un desgarrado y vistoso ejemplo de arte indisciplinado, que lleva, junto a innecesarios follajes y pedrezuelas, un perfume salvaje o suave de bosque agreste, o urbano jardín cortesano. (A. Valbuena Prat)

