Comedia de costumbres de Francisco de Rojas Zorrilla (1607-1648). Al iniciarse la obra aparece en escena Fénix, que impide al conde de Belflor salir de la casa mientras no le dé palabra de matrimonio y repare así su honor recién perdido.
El conde se niega, alegando la diferencia social existente entre ambos («Sois hermosa, pero vos/no habéis nacido mi igual./Decir que da calidad/ a la sangre la hermosura,/sobre opinión mal segura,/es necia vulgaridad»), en cambio le promete ser un fiel amante («Yo os prometo ser constante/en lazo más cariñoso,/como olvidando lo esposo/me consintáis en lo amante»), con lo cual saldrá ganando la doncella, «pues en el matrimonio no hay amor».
Ante la llegada de don Luis, padre de Fénix, el conde se oculta en una ventana. El anciano hidalgo está disgustado con su hijo Pedro, estudiante en Salamanca, pues ha recibido una cínica carta en la cual éste le cuenta que ha perdido todo su dinero jugando a los naipes y le promete no volver a arriesgarlo… cuando tenga mal juego y le exige que le envíe más dinero, porque «vuesa merced tiene obligación de sustentarme, que yo no le pedí que me engendrase».
Llega Crispín, criado de Pedro, y en un lenguaje rasgado y sincero explica la vida de estudiante de su dueño, muy cercana a la de un pícaro, pero acaba haciendo resaltar las prendas nobles del muchacho, sobre todo su sentido del honor; el padre, enternecido, le entrega 200 reales.
Sale Crispín; don Luis, al llamarlo por la ventana, descubre al conde. Fénix afirma, para evitar un duelo, que el conde le ha dado palabra de ser su esposo, pero éste lo niega, pues «la sangre nos diferencia». A partir de esta escena se sucede un doble juego de agravios y favores entre Belflor y Pedro, enamorado de Casandra, hermana del conde, y autor de la muerte de su hermano; en todo momento se encuentra uno obligado y otro ofendido; la obra acaba con el propósito mutuo de pasar a ser «obligados y cuñados».
En la comedia hay un claro contraste entre sus primeras escenas, con el singular concepto del amor que posee el conde y la cínica carta de Pedro, y el resto de la obra, lleno del sentido del honor que inundó el teatro clásico español. La obra presenta también un movido y realista retrato del mundo del hampa y las cárceles españolas, y fue imitada por Scarron, Bois Robert, Corneille y Lesage en Le diable boiteux, de donde Beaumarchais tomó los dos últimos actos de Eugenia (v.).
S. Beser

