Las Ranas, Aristófanes

Comedia representada en Atenas en 405 a. de C. El año anterior había muerto Eurípi­des, el poeta trágico a quien Aristófanes aborrecía y al que tan encarnizadamente había puesto en ridículo en sus comedias precedentes (v. especialmente Las Tesmoforiazusas).

En ésta imagina que el propio dios de la escena dramática, Dionisos, ataca­do de tristeza y nostalgia por la desapari­ción del último de los grandes trágicos, des­ciende al Averno para volver el poeta a la luz; y la primera parte de la comedia es una amena representación de este viaje sub­terráneo. Una de las razones por las cuales Aristófanes censuraba a Eurípides era su escepticismo religioso; pero también Aris­tófanes muestra muy poco respeto por los dioses, especialmente cuando nos presenta un Dionisos reblandecido y al mismo tiem­po fanfarrón, dispuesto siempre a acudir donde oiga hablar de banquetes y danzari­nas, pero presa de los más ridículos terrores cuando tropieza con los monstruos del Aqueronte o cuando incurre en las amena­zas de los custodios infernales. En realidad, a pesar de su exterior divino, el Dionisos aristofanesco es una libre personificación del espíritu del teatro ateniense de enton­ces y de los espectadores que lo frecuenta­ban.

Está diseñada con ágil relieve la fi­gura del criado que acompaña al dios, el astuto e ingenioso Xanthias (el Rojo), siempre dispuesto a atacar con ob­servaciones punzantes las debilidades y ri­diculeces de su amo, y con todo bondado­samente fiel a éste. Después de cruzar el Aqueronte, mientras un coro de ranas acom­paña el chapoteo de los remos con un gra­ciosísimo canto, los dos viajeros llegan a la morada de Plutón. Allí están sucediendo grandes novedades; apenas llovido de la Tierra, Eurípides ha echado a Esquilo del trono que le había sido asignado, y que el bueno de Sófocles le había cedido de buen grado. Entonces Plutón suscita una disputa entre los dos poetas, la cual ocupa la se­gunda parte de la comedia y constituye un interesante documento de las concepciones estéticas y del gusto literario corriente en el siglo de oro de la cultura griega. La forma de la disputa es grotesca, hecha de parodias intencionadamente exageradas, de malevolencias mutuas y ocurrencias extra­vagantes, como la de pesar los versos riva­les en los platillos de una balanza.

Pero la substancia es seria y contiene uno de los motivos dominantes en el pensamiento de Aristófanes: la convicción de que la poesía ha de tener en el Estado una función edu­cadora. Conservador por su partido polí­tico, Aristófanes admira en Esquilo al can­tor de las antiguas virtudes, al sacerdote de un arte severo y religioso que había propuesto a sus oyentes modelos de per­fección más que humana. Eurípides, por el contrario, empapado de cultura sofística, se había complacido en someter a una crí­tica disolvente los principios de la moral’ y de la religión tradicionales, y había lle­vado a la escena la vida cotidiana, no re­huyendo la representación de los dioses y héroes sometidos a los vicios y a las mise­rias de los mortales. A estos reproches fun­damentales, Aristófanes añade críticas téc­nicas, echando en cara al poeta sus suti­lezas conceptuosas y verbales, sus artifi­cios escénicos, y sus extravagantes innova­ciones musicales.

Aristófanes no acierta cuando insinúa que la obra de Eurípides, destinada en realidad a ejercer una enorme influencia en la literatura posterior, ha muerto con su poeta. Él mismo, en sus co­medias, no se muestra inmune al espíritu de novedad que combate en Eurípides, y su nostalgia de los buenos tiempos antiguos no está completamente llena de buena fe. Pero en esta comedia las exageraciones po­lémicas quedan compensadas por su comi­cidad genuina que da cuerpo y vida a las abstracciones críticas; tampoco podemos des­conocer en Aristófanes la sinceridad de su reacción moral, aunque no esté expresada con la coherencia de un moralista. La dispu­ta se concluye con la derrota de Eurípides, y Dionisos, convertido, vuelve a llevar triun­falmente a la Tierra al viejo Esquilo, para edificación de los atenienses descarriados. [Trad. española de Federico Baráibar y Zumárraga en Comedias, tomo III (Madrid, 1942)].

A. Brambilla

Aristófanes es Homero y Arquiloco a un mismo tiempo. (F. Schlegel)

Es rico en una fuerza cómica que nin­guna traducción puede expresar. Le quiero también porque ataca a Eurípides, mi más enconado adversario de todos los griegos. (Constant)