La Prisionera, Edouard Bourdet

[La prisonnière]. Co­media en tres actos de Edouard Bourdet (1887-1945), estrenada en París en 1926 y publicada aquel mismo año. Es una de las obras más conocidas y bien construidas de Bourdet, amargo y lúcido observador de la vida corrompida en la que sin felicidad ni desesperación se arrastran, privados de toda actividad moral, los hombres y mujeres de la sociedad burguesa más típicamente pa­risiense y moderna, con el lujo, los vicios y miserias que les son propios.

El tema escabroso de La prisionera fue tratado por el autor con la delicadeza y seriedad sufi­cientes para hacer representable la comedia. La protagonista, Irène, es una extraña mu­chacha de veintisiete años, hija del embaja­dor de Francia en Roma. Todo el primer acto se desarrolla en torno a ella y el misterioso motivo por el que se niega obstinadamente a seguir a su padre y hermana a Roma. En el momento en que el padre consigue obligarla a marchar, Irène acaba haciéndole creer que está enamorada de un antiguo amigo de infancia, Jacques, y que quiere quedarse a su lado en espera de poderse casar con él algún día. Mas para que el padre no advierta el engaño, se ve obligada a informar a Jacques y su­plicarle que la ayude. Jacques, que desde hace años la ama tan profunda como inútil­mente, no puede comprender aquel gesto, sobre cuyas razones Irène se muestra reti­cente incluso para él; pero como ama de veras a la muchacha y la ve sufrir, se propone ayudarla y trata de saber algo sobre su vida, por medio de su amigo Aiguines, marido de una austríaca amiga de Irène.

Por él se entera de la inconfesable verdad: que la muchacha está fascinada por la misma mujer que ha arruinado la vida de Aiguines, casándose con él sin poderlo amar; Irène está ligada a ella, es como ella, y a Jacques no le queda más que abandonarla a su suerte: «Esas no son para nosotros», le dice su amigo, poniendo de manifiesto la soledad de su vida. Jacques no se ha repuesto aún de la revelación y está todavía trastornado por ella, cuando Irène acude a él, deshecha y perdida, a ofrecerle su amor, a suplicarle que se case con ella, que se la lleve, que la salve. Jacques ahora lo sabe todo: pero no tiene la fuerza de resistir y se casa. El tercer acto presenta su vida conyugal, la triste existencia de dos seres que, pese a la buena voluntad y a la generosidad de que mutuamente se dan pruebas, están separados por una barrera invencible.

En cierto momento, la exaspera­ción de su pobre amor decepcionado induce a Jacques a declarar a Irène su infelicidad a su lado, sabiendo que le repugna pese a los esfuerzos que ella hace para no verlo sufrir. Ella le impulsa incluso a volver, ávido de ternura y de gracias femeninas, a la enamorada amante que había abando­nado en plena pasión para casarse con Irène. De modo que cuando Irène vuelve a acudir a él, temblorosa como la primera vez, para decirle que ha encontrado a la austríaca, y que es débil, y se encuentra dominada por ella, y todo volverá a empe­zar si él no se la lleva lejos de París y si no sigue ayudándola con todas sus fuerzas, Jacques, cansado y necesitado de amor, no es capaz ya de comprenderla, de estar fraternalmente a su lado como antaño; se niega, la deja en libertad de vivir como quiera. Entonces ella acude al reclamo de su amiga, y él se encamina a la dulzura del verdadero amor. La comedia, conducida desde el principio al fin con mano segura y con inteligente «oficio», es­conde, como todas las demás de Bourdet, una vaga intención moralista, que, sin embargo, sólo puede ejercerse negativa­mente en torno a figuras carentes de fuerte vida interior, prestas a ceder a un arreglo final y como creadas para componer, sobre todo, una sutil pintura de ambiente.

Pero el defecto de este teatro, la falta de profundi­dad, es el mismo de la humanidad retra­tada; de ahí el interés de la obra de Bour­det, no en cuanto a su arte, sino respecto a la historia de las costumbres. Y en su fondo amargo sin ironía, en el mísero sen­tido de su desenlace, se revela, como en un juicio, el pesimismo del autor.

G. Veronesi