La Petimetra, Nicolás Fernández de Moratín

Comedia nueva en tres jornadas, escrita con todo el rigor del arte por don Nicolás Fernández de Moratín (1732-1780), impresa en Madrid, en la ofi­cina de la viuda de Juan Muñoz, calle de la Estrella, en el año de 1762. En su dedica­toria a la Excma. Sra. Doña Mariana de Silva y de Toledo, Duquesa de Medinasidonia, Condesa de Niebla, etc., el autor dice: «Conociendo los errores que han advertido los críticos en el Teatro Español, determiné purgar la comedia de todas las impropie­dades de que comúnmente abundan las nuestras, y así compuse La petimetra, por el modelo de los más clásicos autores, grie­gos y latinos, italianos y franceses, que han merecido el aplauso de toda Europa, y cu­yas obras se representan hoy día fuera de España con general aceptación».

No con­forme con este preámbulo, a todas luces ambicioso, explicativo de su docente inten­ción, Moratín escribe a continuación su «Disertación», que es, ya, todo un capítulo del dogma teatral puro. Si bien es verdad que elogia a Lope, Calderón, Moreto, Solís, Candamo y otros, opone a todos ellos el rigor de su crítica justificadísima desde el ángulo de enfoque del clasicismo riguroso. «Lope dice que escribió seis comedias con las reglas que manda la Arte Poética, con que fuera de éstas, que él no señala cuáles sean, ni a mi noticia han llegado, podemos con licencia suya echar a un lado, por des­arregladas, y consiguientemente imperfec­tas, las muchas que produjo aquel insigne varón.

La dificultad que da no me parece digna del grande entendimiento suyo, pues dice que escribió sin el Arte, por congeniar con el pueblo, y dar gusto al vulgo igno­rante; pero yo no puedo creer que aunque al vulgo le agrade una cosa desarreglada (que no niego que sucede) le desagrade otra, sólo porque está hecha según Arte. La razón es clara, y no la hay para que al vulgo le disguste una comedia, o tragedia, sólo porque guarda las tres unidades de tiempo, lugar y acción». Realmente, la «Di­sertación» de Moratín es digna de leerse con interés atento, pues plantea la eterna cuestión entre los fieles cumplidores de las leyes artísticas y los atrevidos renovadores de las mismas.

La petimetra, pues, que fue escrita («sin que sea vanagloria — dice su autor—, juzgo que pocas comedias observarán los preceptos tan religiosamente») con todas las reglas del arte, siendo su asunto cómico y muy propio de la época a que se refiere, hoy nos parece pueril y fuera por completo del concepto que del teatro tiene nuestro tiempo. Gerónima y María, sobrinas de don Rodrigo, jurista, son la antítesis. La primera, vanidosa, vana, presumida, alcanzó el título de petimetra en un Madrid tan absurdo como ella; y aunque es pobre, presume de la dote de su prima María para intentar cazar bobos que aspiren a su mano. Entretanto, la verdadera dueña del dinero (17.000 ducados), cose, guisa y ordena discretamente la casa. La acción se desarrolla en el tocador de Geró­nima, mientras ésta es cuidadosamente peinada por su criada.

Dos doncellas tan opuestas, las primas, son cortejadas sucesi­vamente por los mismos mancebos: dos ca­balleros amigos que llegan hasta el tocador para rendir sus corazones a la frívola. Se matan por servirla. Pero se enteran — gra­cias a la sucesión de pequeños enredos que pueblan la acción — de que Gerónima no posee nada y que el dinero a quien perte­nece es a María. Entonces vuelven sus ojos a ésta y se creen enamorados de ella. En efecto, uno de los dos (don Félix) dice la verdad, ya que la recuerda de Valladolid en donde le rindió homenaje. Tras de dimes y diretes, se llega a un acuerdo del cual salen casados María y Félix, y Gerónima con su no menos vano y absurdo preten­diente Damián, pobre como ella y embus­tero. La petimetra queda castigada por su conducta insensata.

C. Conde