Epístola al Sebastocrátor, Teodoro Prodromo

Composición poética dirigida, según parece, al Sebastocrátor Andrónico Comneno, hijo del emperador bizantino Juan y hermano del emperador Manuel. Como las demás epístolas de Teodoro, está escrita con él el de obtener alguna ayuda para poder salir adelante con su familia compuesta de trece personas. No tiene la gracia ni la vivacidad de las restantes com­posiciones de este género de Teodoro; pero es acaso la más sentida, y en sus quejas el autor es quizá más dolorosamente sin­cero que en la forzada alegría de las de­más: se percibe el eco del estado miserable en que se encuentra el poeta, que se da a sí mismo el título de «Ptocoprodromo» («Prodromo miserable»).

La habitual ale­gría de sus versos, nos dice, no es ningún juego ni mucho menos una tentativa para distraerse de sus dolores, sino un medio para despertar compasión de sí mismo sin entristecer a los demás. Sistema, desdicha­damente, inútil: ahora ya no le queda más remedio que decir la verdad. En efec­to, los socorros que le dio la generosidad del príncipe no son suficientes para matar el hambre de su familia ni siquiera du­rante un mes. Y ahí va una larga serie de cosas necesarias para él y los suyos. ¡Y ni siquiera esto es suficiente! Mil cosas más son necesarias para mantener, aunque no sea más que modestamente, a una familia: gastos para el médico, para arreglar el cha­mizo que le sirve de casa, etc. Si el prín­cipe quiere echar la cuenta de los gastos de Prodromo y la de sus miserables rentas, fácilmente se hará cargo de que el poeta no malgasta el dinero que se le entrega. En esto tiene que pensar el príncipe si no quiere que su poeta se muera de hambre y que la culpa de tal muerte caiga sobre él y sobre su escasa generosidad.

La risa bufonesca de otras epístolas se apaga aquí, al descubrir una verdad miserable, que siempre apremia y sin embargo siempre ins­pira a este singular poeta. Ciertamente algún envidioso se ha creído en el deber de desacreditarle cerca del príncipe, como per­mite suponer la insistencia con que le ruega que no haga ningún caso a los que le van diciendo que malgasta lo que su generosi­dad quiere concederle. Y la enumeración de lo que le hace falta, todo ello cosas de primera necesidad, prueba la falsedad de las acusaciones de los maldicientes.

A. Agnelli