Epístola a los Filipenses, San Pablo

Carta escrita en el 62, durante su cautividad en Roma, en lengua griega. Los filipenses fueron los primeros paganos que San Pablo convirtió fuera de Palestina y los que más agradecidos y caritativos se le mostraron. Cuando supieron que se ha­llaba encarcelado en Roma le mandaron a Epafrodito, portador de abundantes au­xilios. Éste, una vez hubo cumplido su misión, cayó gravemente enfermo, pero luego se repuso y entonces San Pablo le envió de nuevo a Filipos para consolar a los fieles angustiados por él, confiándole esta epístola. En esta ocasión, el Apóstol no escribe para reprimir desórdenes, sino para expresar los sentimientos de gratitud de que estaba henchido su corazón.

El tema predominante en la carta es el afecto, que el cautiverio hace más entrañable: todo en ella es alabanzas, consuelos y exhortacio­nes a la virtud. En el primer capítulo ex­presa San Pablo, en términos conmovedores, su ternura hacia sus buenos filipenses. Da gracias a Dios por su vocación y ruega por su perseverancia y su progreso espiritual. Su corazón se desahoga; dos anhelos con­tradictorios se agitan en él: quisiera per una parte morir para estar con Cristo; por otra, vivir para poder ser siempre útil a todos, pero especialmente a sus amados filipenses. Profundo conocedor del corazón humano, San Pablo aprovecha aquí la oca­sión para expresar, con su más bello acen­to, las más acendradas exhortaciones a la humildad. Ahí está, resplandeciente, el gran ejemplo de Aquél que se aniquiló a sí mismo y se humilló obediente hasta la muerte; por lo que Dios le ensalzó y le dio un nombre sobre todo otro nombre, a fin de que en el nombre de Jesús se postre toda rodilla en el cielo, en la tierra y en el infierno (II, 7-10).

En el capítu­lo III da las oportunas instrucciones para ahuyentar a los falsos apóstoles contra, los que arremete vivamente llamándoles perros, malos obreros, materialistas cuyo Dios es su vientre. Y termina clamando con énfa­sis: «Somos ciudadanos del cielo». Y ante sus ojos aparece la «civitas Dei» delinea­da ya con más realidad que la ciudad te­rrena. La autenticidad de la epístola tiene escasos contradictores, aun entre los racio­nalistas. Muchos testimonios patrísticos, como San Ireneo, San Clemente de Alejan­dría, Tertuliano y también el fragmento de Muratori, la atribuyen a San Pablo.

G. Boson