[Le vieux marcheur]. Novela dialogada de Henri Lavedan (1859-1940), que él mismo convirtió en comedia (1899) y constituye la obra más característica, en el género frívolo, del autor del Marqués de Priola (v.). Continuando brillantemente la tradición parisiense del teatro ligero, Lavedan, llega a la completa caracterización de un personaje y de un ambiente que se remontan a la Vida ;parisiense (v.) de Meilhac y Halévy, y se perpetúan hasta nuestros días, de Feydeau y Veber a Sacha Guitry.
Su «viejo libertino», Labosse, es un rico vividor, escéptico y volteriano, liberal y materialista, aunque lo bastante inteligente para no exagerar demasiado con sus convicciones filosóficas. Alegremente inmoral sin morbosas complicaciones, agudo y generoso, hace aceptable su cinismo gracias a su natural bondad. Tiene ya setenta años, vive retirado en el campo a causa de algunos achaques, ya inclinado a moderar su natural ardor juvenil, hasta el punto de estar dispuesto a que le elijan senador, trabando unas amistosas relaciones con el párroco de su pueblo. La exuberancia de su temperamento le arrastra de todos modos hacia nuevas aventuras, a pesar de las respetuosas observaciones de su fiel criado Victorio.
Le seguimos así en una serie de escenas licenciosas, centelleantes de gracia aguda y paradójica, a París con su buena amiga Pauline de Glanes, una joven mundana que trata de traicionarle con uno de sus nietos; en el pueblo, donde el anciano traba unas relaciones con la maestra, descubre que son sus rivales uno de sus viejos amigos y el mismo Victorio; nuevamente en París, obsesionado por el deporte, va dando largos paseos en tándem. Casi sin quererlo cumple por fin la mejor acción de su vida: hospeda a María, una jovencita que acaba de salir de un orfelinato, y, vencido por el candor de la muchacha, para ocultarle sus costumbres, sienta la cabeza definitivamente: ¡y es entonces precisamente cuando escandaliza a sus amigos y colegas del Senado, que le toman por un viejo pervertido! Sin. embargo, sabe aceptar serenamente su nueva situación y acaba por morir resignado y medio reconciliado con la religión, siempre por influencia de su pupila.
M. Bonfantini

