El Sombrero De Tres Picos, Pedro Antonio de Alarcón y Ariza

No­vela corta de Pedro Antonio de Alarcón y Ariza (1833-1891), publicada en 1874. Se basa en un antiguo relato popular que con notables variantes se encuentra también en el romance El molinero de Alarcos. El vie­jo corregidor de una pequeña ciudad espa­ñola se ha fijado en la señora Frasquita, la hermosa mujer del molinero tío Lucas, quien tolera su corte para facilitar la ca­rrera de su sobrino. El corregidor, para correr la aventura sin peligros, envía una noche un alguacil al tío Lucas con la orden de presentarse y lo hace encerrar en un calabozo; entonces, en plena noche, se di­rige al molino. Durante el camino cae en un hoyo y se presenta a Frasquita chorrean­do, con el nombramiento del sobrino y su declaración de amor. Pero Frasquita com­prende el engaño, le rechaza y corre a la ciudad en busca del marido. Éste, entre­tanto, consigue huir de la cárcel y volver al molino. Allí encuentra las ropas del co­rregidor puestas a secar junto al fuego y, creyéndose traicionado, se pone los vestidos del viejo y se dirige a su casa decidido a aplicar la ley del talión. Pero tampoco él lo consigue, pues la corregidora, creyendo que el marido vuelve de alguna aventura nocturna, le deja puertas afuera. Por la mañana el corregidor no encuentra su tra­je y, obligado a ponerse el del molinero, por poco es detenido por los alguaciles que durante toda la noche han buscado al tío Lucas. Al fin se aclaran los equívocos y los dos galantes maridos se quedan con los reproches de sus respectivas mujeres. El relato, por su aguda malicia, su gracia son­riente y la armonía del conjunto, es la obra maestra de la narrativa española del si­glo XIX. En la concreta caracterización de los diversos personajes, en la riqueza co­lorista de los fondos y en la rapidez de la acción está renovado el jocoso realismo de la más genuina tradición española.

El rey de los cuentos españoles…; cuento, no tanto por sus dimensiones cuanto por su índole y origen. (Pardo Bazán)

*    El compositor austríaco Hugo Wolf (1860- 1903) extrajo una ópera cómica en cuatro actos El Corregidor [Der Corregidor] sobre libro de Rosa Mayseder-Obermayer, repre­sentada en Mannheim el 7 de junio de 1896. La fama de Hugo Wolf está basada en sus numerosos lieder, entre los cuales bri­llan con luz singular los 44 del Spanisches Liederbuch. Pero dedicándose por primera vez al teatro, el maestro estirio no tenía más preocupación que evitar la caída en el «Musikdrama» wagneriano. Escribió, por lo tanto, una ópera en el sentido más genuino y tradicional de la palabra, en la que las acentuaciones de los motivos de farsa del texto encuentran soluciones de elegante e irónica tesitura colorista. Rolland afirmaba en 1914 que esta ópera no tuvo gran éxito por la debilidad del libreto. Pero, en rea­lidad, el genio de Wolf no es apto para la ópera cómica ni para la ópera de cualquier carácter que sea, sino para el lied, que encierra en su brevedad una impresión, un concepto, un pensamiento. Y, ciertamente, la iridiscencia armónica de los lieder no se encuentra en la misma medida en las páginas del Corregidor.

E. M. Dufflocq

*    A petición del gran creador de los Ballets Rusos, Serge Diaghilew, Manuel de Falla (1876-1946) escribió la música para un ballet titulado El sombrero de tres picos, cuyo libreto, siguiendo la novela del mismo título de Alarcón, fue encargado a Gregorio Mar­tínez Sierra. Debido a las dificultades crea­das por la primera Guerra Mundial, el es­treno de esta obra tuvo que demorarse un par de años, hasta el 22 de julio de 1919 en que se representó por vez primera en Londres, bajo la dirección del maestro Ansermet, con decorados de Picasso y coreo­grafía de Massine, por los bailarines Karsavina, Sokolova, Tchernicheva, Woizikovsky y el propio Massine. No obstante, anterior­mente — y mientras se esperaba el momen­to favorable para su estreno mundial, que alcanzó, verdaderamente, un éxito apoteósico — se ejecutaron algunos fragmentos en España bajo el título de El corregidor y la molinera. Esta obra fue escrita por Falla al regreso de su primer y trascendental viaje a París. En París, el maestro gaditano había vivido en íntimo contacto con el am­biente musical de la capital francesa, en el que imperaba, en aquel entonces, la esté­tica impresionista. Naturalmente, la música de Falla sufrió las lógicas influencias de esta estética; pero él supo armonizarlas con su temperamento de honda raíz ibérica y, en particular, con el folklore andaluz, del que le atraían poderosamente sus incisivos y mórbidos ritmos y sus especiales inflexio­nes melódicas. Y es precisamente El som­brero de tres picos, escrito inmediatamente después de las impresionistas Noches en los jardines de España (v.), la obra con la que Manuel de Falla supo liberarse casi de­finitivamente de esta influencia francesa y lanzarse por el camino que le preocupó durante el resto de su vida, y que daría los inmortales frutos de El retablo de Maese Pedro (v.) y del Concierto para clavicém­balo: la universalización de la música espa­ñola, a través de un proceso de estilización artística a que sometió los materiales temá­ticos iniciales, de auténtico sabor popular, dotándoles de una real y abstracta catego­ría objetiva. A este respecto, y en el pro­pio campo del ballet, puede afirmarse que El sombrero de tres picos representa en la música española lo que Petruchka (v.) de Strawinsky en la rusa y Dafnis y Cloe (v.) de Kavel en la francesa. La partitura entera de El sombrero de tres picos desborda de luminosidad, vida, juventud y alegría. Pa­rece que su autor hubiera volcado en ella todos los recursos de lo que podríamos lla­mar su segunda juventud, en la que junto a las ardientes fuerzas propias de la adoles­cencia pueden advertirse el temor a un po­sible desfallecimiento y el deseo de no desaprovecharlas. El resultado no podía ser más feliz. Únesele, aún, una orquestación perfecta — llena de aquellas típicas precio­sidades propias de la orquesta de Falla, siempre reducida, siempre sirviéndose de originales contrastes y siempre huyendo de las ruidosidades excesivas — y un sentido constructivo con el que logra una equilibra­da estructuración como pocas veces volverá a conseguir. Los distintos personajes que intervienen en esta jugosa farsa vienen ca­racterizados cada uno por un peculiar mo­tivo: vigoroso y fragante el de la Molinera (ensombrecido a veces por el recuerdo de los celos del marido), basado en la canción murciana Paño moruno (tan grata a Falla); el del Molinero, burlesco y a cargo del fa­got el del Corregidor, pueblerino (y ento­nado por los instrumentos de metal, con sordina) el del alguacil Garduña. Otros muchos temas descriptivos jalonan la par­titura; podemos destacar, entre los mismos, el Fandango (momentos de felicidad en los amores de los molineros), el Paso de las uvas (burlas de la Molinera hacia los re­querimientos amorosos del Corregidor), Se­guidillas (la cena en el molino), la Farruca (alegría de los vecinos) y, como brillantí­simo final, la Jota, a cuyos briosos acordes, en progresión ascendente hasta alcanzar un clima de brillantez imposible de superar, el pueblo, con sana e infantil alegría, man­tea al ridiculizado Corregidor.

O. Martorell

Esta comedia coreográfica… contiene to­dos los elementos que convenían a Falla; en ella encontraba la ocasión de introducir sinfonías, danzas, espíritu, diálogos instru­mentales, etc., y nada se le escapó. Supo variar sus efectos, casar o alternar con acierto la simplicidad arcaica — como el Minué del Corregidor — con la plenitud or­questal de la Danza final o la rítmica im­presionante de la Farruca. (G. Jean-Aubry)