La Sonata a Kreutzer, León Tolstoi

[Krejcerova Sonata]. Novela de León Tolstoi (Lev Nicolaevic Tolstoj, 1826-1910), publicada en 1889. La Sonata a Kreutzer inicia el tercer período de la actividad del escritor, quien, dominado por una profunda crisis eticorreligiosa, comienza su revisión de los va­lores morales llevando a sus extremas consecuencias las premisas de su mística. Y, junto con Resurrección (v.), es su obra más representativa. En el versículo del Evangelio de San Mateo que le sirve de epígrafe: «Yo os digo que quien mira a una mujer por desearla ya ha cometido adulterio en su corazón», Tolstoi ve la ex­presión de su nueva orientación, atento a afirmar los valores del espíritu unidos bajo el signo del amor evangélico, contra el fluir de las pasiones y de los sentidos. La narra­ción está en primera persona y finge ser contada al autor por su protagonista du­rante un viaje en tren.

A los treinta años, Pozdnysev se ha casado con una joven que lo había atraído por su gracia y su pureza; pero, inmediatamente después de su matri­monio, ha comprendido que, en realidad, entre él y Liza, su mujer, no existía más que el vínculo de los sentidos. La vida con­yugal ha continuado su curso, el nacimien­to de los hijos ha parecido reforzar un vínculo que ya solamente la indiferencia hacía aceptable, hasta que la mujer, ávida de nuevas sensaciones, sin darse casi cuen­ta de ello, ha buscado un nuevo amor y lo ha encontrado en un joven violinista, Trukachevsky. Precisamente la Sonata a Kreut­zer (v.) de Beethoven, que los dos tocaban juntos, había de contribuir a estrechar la amistad entre ellos. Lentamente, los ce­los penetran en el alma del marido; toda su vida queda trastornada, hasta sus hijos parecen tomar parte de diversas maneras en su pena: el varón solidarizándose con el padre, la hembra apartándose de él para aproximarse a la madre. Obligado a partir, dejando sola a su mujer, Pozdnysev no puede soportar por mucho tiempo aquella ausencia. Vuelve inesperadamente, halla en su casa al violinista y a su mujer que están cenando juntos y, en un momento de lú­cida locura, apuñala a la adúltera. Después de once meses de cárcel será absuelto. Pero también el protagonista, durante sus medi­taciones en la prisión preventiva, ha sacado una moral del trágico suceso: el matrimo­nio, tal como es concebido normalmente, fundado en el atractivo de los sentidos, es un terrible error; no solamente el que mira con deseo a la mujer ajena, sino tam­bién, y sobre todo, el que desea la propia, cae en el pecado.

Ninguna inteligencia y ningún afecto podrán jamás provenir de un vínculo carnal. Pero debemos reconocer que esta obra, en que el mesianismo tolstoiano se expresaba por primera vez con rigor que toca en la paradoja, es también aquella en que principalmente se muestran las in­fluencias de la escuela naturalista perfecta­mente dominadas, si no rechazadas, en sus obras maestras precedentes, Guerra y Paz (v.) y Ana Karenina (v.). El valor artístico de la Sonata a Kreutzer reside, sobre todo, en el minucioso y despiadado análisis de una desgraciada relación conyugal: desde el primer amor sensual hasta la indiferencia de su enfriamiento a su gradual transfor­mación en aversión secreta y a su degene­ración en unos celos que impulsan al deli­to. Son rarísimos aquí los bocetos de vida familiar que Tolstoi había revelado y enri­quecido con una cálida universalidad; y ningún rastro hay en esta obra de aquellos momentos contemplativos hermosos y con­soladores que habían a veces elevado su producción precedente al lirismo del poe­ma. Pozdnysev, que de su trágica experien­cia debería elevarse hasta las cimas de la espiritualidad, sigue siendo substancialmente un ideólogo, y su vida de personaje no está en el drama de su ascensión, sino en su desesperada psicología de hombrecillo exas­perado por la pasión e incapaz de superarse. Ninguna obra de Tolstoi nos recuerda, como ésta, a Zola, y hasta podríamos decir que en algunos momentos — como en el epi­sodio final, poderosamente grotesco, en que el protagonista, para sorprender a los aman­tes sin que lo oigan, se quita los zapa­tos y por esto se avergonzará de perse­guir, poco después, al violinista que huye — Tolstoi sobrepasa a Zola aun permanecien­do en su mismo plano en la visión sombría y mediocre de la existencia. La misma re­pugnancia por una vida burguesa de com­promiso y de culpa obliga aquí al escritor a sumergirse en ella a pesar suyo y, en el momento en que más querría apartarse de ella, le lleva a pagar bruscamente su tri­buto al naturalismo que dominaba la época. [Trad. de Miguel Kaliuska (Madrid, s. a.) y de C. Sala e Inglés (Barcelona, s. a.)].

U. Déttore