El Capitán Veneno, Pedro Antonio de Alarcón

Novela corta del escritor español Pedro Antonio de Alarcón (1833-1891), publicada primero en la «Revista Hispano-Americana» y después en vo­lumen, en 1881. El día 26 de marzo de 1848 hubo una pequeña escaramuza entre monár­quicos y republicanos en la madrileña calle de Preciados, en la cual resultó herido don Jorge de Córdoba, conocido, por su genio irascible, con el nombre de «Capitán Veneno». «…Yo no entiendo de suavidades, za­lamerías ni melindres — dice en una oca­sión el capitán—. Perdone la rudeza de mis palabras, pero cada uno es como Dios le ha criado, y a mí no me gusta engañar a na­die. ¡No sé por qué ley de mi naturaleza prefiero que me peguen un tiro a que me traten con bondad!». El herido, abandonado en medio de la calle, es recogido por dos piadosas damas, doña Teresa Carrillo de Azpeitia, viuda del general carlista don Luis Gonzaga de Barbastro, conde de Santurce por real nombramiento de don Carlos V, y su hermosa hija Angustias, y por la criada Rosa, «imposible de filiar o describir, sin edad, figura, ni casi sexo determinables, bau­tizada, hasta cierto punto, en Mondoñedo, y a la cual ya hemos hecho demasiado favor (como también se lo hizo aquel señor cura) con reconocer que pertenecía a la especie humana». El herido está lo suficientemente grave para no poder ser trasladado de la casa — según opinión autorizada del doctor Sánchez—. Así es que deberá permanecer con las dos damas hasta que haya termina­do su curación.

Dos mundos distintos con­vergen — e inicialmente se repelen—: el irascible y salvaje del capitán y el delicado de las damas. Pero el capitán irá cediendo, en su retraimiento huraño, captado por la dulzura de doña Teresa y de Angustias. Si con ésta no rompe plenamente su gesto hos­til de enemigo, pronto llega a ser un gran amigo de aquélla, para la que tiene, a so­las, delicadas atenciones. Doña Teresa y Angustias viven en una gran estrechez eco­nómica, con la única esperanza de que la reina Isabel II reconozca el grado y el títu­lo que para don Luis Gonzaga de Barbastro había creado el pretendiente. Pero la esperanza se esfuma, y doña Teresa muere, no sin haber encomendado su hija al ca­pitán. El dolor une por vez primera a An­gustias y al capitán, que corre con las ne­cesidades de la casa. Pero Angustias ha advertido su ruina y quiere iniciar una vida nueva de trabajo. El capitán, ya restable­cido, deberá abandonar su casa con el fin de no suscitar maledicencias. Por otra parte, rechaza los intentos de ayuda económica que el capitán le propone, para cumplir con la promesa hecha a doña Teresa y respon­der a sus propias inclinaciones. La única solución — el matrimonio — es bien clara para el capitán, que, no obstante, se resis­te a ella. Él, el Capitán Veneno, el irasci­ble, el salvaje, no puede descender a las ternuras que implica una familia. Menos, a tener hijos. Después de largas discusiones y de complicadas soluciones propuestas por el capitán, éste, ante la belleza y sencillez de Angustias, acaba por ceder. Su orgullo es vencido, y sus hijos harán de él —de él, ¡el terrible capitán!— su juguete preferido. La obra, en substancia un «cuento amplifica­do» como la llamó Valbuena Prat, es de un amable humorismo, de finos matices iró­nicos, desarrollada con un dinamismo ar­mónico y discursivo, que hicieron de ella uno de los éxitos más acusados de Alarcón. Recientemente ha sido llevada a la pantalla, encarnando la figura del capitán Fernan­do Fernán Gómez.

J. Molas