Dichos agudos, Poggio Bracciolini

[Facetiae]. Es el libro más afortunado y, en cierto sentido, el me­jor del autor, re­dactado entre 1438 y 1450, completado y ordenado para la publicación en 1450-52. El autor, secretario de la Curia Romana, reco­ge en él, rehaciéndolas, las sabrosas anéc­dotas, las historias obscenas y los comen­tarios mordaces que se hacían en una es­tancia de la Cancillería llamada «Bugiale sive mendaciorum officina», a expensas de sacerdotes, frailes, cardenales y hasta del propio pontífice; otras anécdotas las había oído en sus viajes y en otras agradables conversaciones, y transcrito poco a poco con un gusto de verdadero periodista.

Los pro­tagonistas de las historietas son, o persona­jes no precisados, u hombres ilustres de siglos anteriores, como Pier della Vigna, Urbano II, Federico II, o personajes nota­bles en la novelística anterior, como Gonnella, o bien contemporáneos, entre ellos Francesco Filelfo, la bestia negra de Bracciolini. Objetivo del libro es la risa y el solaz, y las anécdotas reunidas y contadas con briosa concisión, además de reflejar el temperamento del autor, reflejan también, de modo sugestivo, la vivacidad cruda, sin prejuicios, desenfadada, propia de la época humanística. Por otra parte, como justifi­cación, dice Bracciolini en el proemio; ¿no hacían esto mismo nuestros abuelos, con ser hombres tan sabios y graves? Los «imbéciles» que piensen como quieran.

Se nota también en las Facetiae un propósito literario, ya que, mientras todos alzaban el tono, Brac­ciolini quiso, y no era empresa fácil, plegar el latín a las «cosas ligeras»; de aquí la «eloquentiae tenuitas» (grave pecado para un humanista) que él defendió contra los ataques de émulos y adversarios. Apenas editadas, las Facetiae se difundieron rápi­damente en toda Europa, alcanzado muchí­simas ediciones incluso en el siglo siguien­te; fueron, naturalmente, combatidas por los escritores eclesiásticos y definidas como «opus turpissimum», «spurcitiarum opus». Valla las calificó con ásperas palabras, pero el viejo Bracciolini, despreocupadamente, se consolaba pensando en el éxito de la obra.

D. Mattalia