A principios del siglo XVIII Inglaterra se sobrepuso a las fatigas de sus luchas políticas y religiosas y halló un equilibrio interior que solucionó los choques entre tradición y revolución, monarquía y libertad constitucional, agricultura e industria. Ese equilibrio había de permitir a los ingleses reforzar su estructura interna y obtener la fuerza política y militar de organización y expansión que iba a revelarse en la ampliación y consolidación de su gran imperio colonial, incluso después de la grave crisis americana.
La vida espiritual de la Inglaterra de entonces se sistematiza a base del Empirismo (v.), que asegura a la experiencia la posibilidad de elevarse a valores teóricos y prácticos superiores, a la par que garantiza a éstos un continuo alimento y nutrición y una notable variabilidad y agilidad crítica. David Hume y sus continuadores son los representantes filosóficos de ese racionalismo fundado en bases empíricas, crítico y abierto. En política predomina un liberalismo que limita los poderes del rey en virtud de la colaboración de las dos Cámaras, una de las cuales acoge a los representantes de la antigua aristocracia y la otra a los representantes del pueblo. Así, la calidad hereditaria de la Cámara Alta y la existencia de una clase política dirigente — bastante accesible, empero, y siempre dispuesta a rejuvenecer sus filas—, garantizan la continuidad de una tradición nacional política, mientras la Cámara Baja representa el elemento móvil y dinámico del desarrollo nacional. La filosofía del Derecho, la del Estado y la de la Religión, así como el liberalismo económico, desempeñan en Inglaterra el importantísimo papel de dar fundamento teórico y profundizar — con métodos estrictamente racionalistas y a la vez adheridos a la experiencia — los problemas prácticos y espirituales que se agitan en la vida política cotidiana. La cátedra, el pensamiento libre, el periodismo, forman una serie descendente que pasa armónicamente desde las cuestiones teóricas a los debates parlamentarios y, armónicamente también, se eleva de éstos a aquéllas.
En los mismos años Francia presenta un cuadro asaz diverso: una monarquía en plena decadencia, una economía estatal y una situación militar y diplomática en verdadera bancarrota, una aristocracia dotada de todos los poderes, pero privada ya de toda conciencia política; y, frente a esto, la presión de nuevas clases sociales cuyas exigencias se agravan de día en día, mientras el Estado, lejos de escucharlas, hace gravitar sobre esas clases todos los abusos y exacciones de un mal gobierno. Paralelamente la cultura atraviesa un período de inquietud. Todos los movimientos mentales están bajo la fiscalización de los jesuitas, de cuya escuela han salido los representantes típicos de la cultura francesa, Descartes y los cartesianos, partidarios de un racionalismo abstracto al que se niega, por principio, toda fuerza revolucionaria, tanto en el campo de la pedagogía como en el de las instituciones jurídicas y políticas. El absolutismo con fundamentos teológicos en política, el mercantilismo en economía, el jesuitismo en religión, son formas de cultura que no encuentran en el saber científico y filosófico de la tradición francesa (cartesiana), ni freno ni oposición.
Por ello resulta natural que los elementos descontentos, los progresistas, los revolucionarios, miren con simpatía las instituciones políticas y la cultura inglesa de su tiempo. El primer intérprete de esa difusa anglofilia en Francia es Voltaire, quien, seguido a poco por otros escritores, propaga en fáciles exposiciones los pensamientos del otro lado del Canal. Tal anglofilia adquiere en corto tiempo formas verdaderamente entusiásticas. En los círculos, en los salones de las damas, y gradualmente en las universidades, no se lee ni discute otra cosa que los libros y las costumbres de Inglaterra. A Descartes lo substituye Locke, a Leibniz, Newton, a los jesuitas los librepensadores. Así nace en Francia el movimiento “ilustrado”, que equivale a una difusión propagandística y admirativa de la cultura inglesa de principios del siglo XVIII. No obstante, el fondo cultural francés, y en general el europeo, reaccionan pronto; y esa genial y fecunda fusión de intelectualismo y empirismo, de rigor metódico y de experiencia, de “esprit géométrique” y observación de lo real, es lo que da a la Ilustración sus caracteres distintivos. Si los métodos y a menudo las doctrinas aisladas son inglesas, siguen siendo cartesianas las categorías, la mentalidad y los ideales culturales de la Ilustración. Es singular que, entre los pensadores ingleses, sólo ejerció una gran influencia sobre la Ilustración francesa Locke, temperamento más constructivo — con ciertos toques de metafísico — que crítico, mientras que las actitudes críticas de un Berkeley o un Hume apenas despiertan ecos en el pensamiento francés.
En el fondo anima a la Ilustración un intenso hálito metafísico, ya que pretende, a través de la experiencia, alcanzar una visión del universo que permita solucionar metódica, sólida y definitivamente todos los problemas y sistematizar las directrices de la cultura, así teórica como práctica. En resumen, la Ilustración francesa es empirista, pero no empírica. Aspira a alcanzar una metafísica de la ciencia y de la vida y una norma segura de organización práctica (político-económica) que asegure una perspectiva de felicidad pública. De aquí surge el mito del progreso, elaborado en el seno de la Ilustración y al que sus partidarios dedican una viva y heroica fe, cual si fuese una misión y un mandato divino. Se supone que la cultura tiende a llegar a esa ideal perfección y que tal es su fin, obstinadamente perseguido a través de los siglos. Demostrar la evidencia de esto es, para la Ilustración, tarea de la historiografía, y contribuir a lograr el progreso es cosa que corresponde a todos los hombres en general, y a los doctos en particular.
Pero no se podrá llegar al estado ideal de dicha y perfección sino cuan- de las tinieblas de la ignorancia en que las clases privilegiadas de la Edad Media mantuvieron a la humanidad, se disipen definitivamente, a la par que las luces de la razón y la ciencia se difundan en todas las capas del pueblo. Éste dejará, en tal momento, de ser siervo de los tiranos y de las clases dominadoras, para convertirse en libre y consciente artífice de su destino, y se gobernará a sí mismo con arreglo a los principios de la ciencia de la felicidad pública. Para “ilustrar” al pueblo, haciéndolo participar activamente en el progreso, los “ilustrados” crearon la Enciclopedia (v.), a la que Diderot dedicó con abnegación y heroísmo todas sus fuerzas. Más que como una gran obra, la Enciclopedia ha persistido, a través del tiempo, como el estandarte de la Ilustración francesa.
En el cuadro de la indiscutible variedad de las exposiciones eficaces, cabe, en general, designar a la Ilustración como un “optimismo racionalista”. Para ella, todas las cosas de la naturaleza están dispuestas de acuerdo con un orden racional y reguladas por pocas y sencillas leyes que, mediante una acción puramente mecánica, desenvuelven en el mundo sensible un plan en virtud del cual todo se conecta armoniosamente con todo, y cada cosa, ateniéndose a sus leyes propias, contribuye al equilibrio del universo. La literatura de la Ilustración insiste mucho en las “bellezas” y las “maravillas” de la naturaleza y tiende siempre a revelar, incluso en lo más pequeño, la presencia de un plan racional, de una finalidad recóndita, de una armonía preestablecida, Tales conceptos y sentimientos habían tenido máxima difusión en la época renacentista, sobre todo en relación con el Platonismo (v.), contribuyendo mucho al desarrollo de las matemáticas en los siglos XVI y XVII, incorporándose a las grandes teologías metafísicas del Seiscientos y formando la base de las concepciones de Leibniz y de Vico.
Es característica de la Ilustración la convicción de que la misma armonía, y el mismo orden racional, deben estar también en la base del mundo humano, obrando, no como un mandato transcendente, sino como una ley interna que se revela a través de los instintos y las tendencias egoístas de los hombres. Vico y Mandeville, por camino diverso, prueban que de la actividad mecánica y del desarrollo de los instintos de los hombres nacen el orden, la prosperidad y la potencia de la vida colectiva. Volviendo a las hipótesis de los siglos XVI y XVII acerca del “contrato social”, los propugnadores del derecho natural tratan de hacer evidente que el Estado se rige mejor buscando la armonización de los egoísmos que suprimiéndolos. Los economistas (fisiócratas en Francia, librecambistas en Inglaterra) atacan los métodos de una economía dirigida por los gobiernos absolutos y sostienen que la armonía económica y la prosperidad nacen precisamente de la competencia y la lucha de los egoísmos.
El indicado optimismo racionalista se desarrolla, en el sentido teológico, en tres direcciones principales: teísmo, deísmo y materialismo. Estas tres tendencias giran sobre una concepción .finalista de la naturaleza, concepción según la cual la experiencia de los hechos y el sentimiento de admiración que nos produce la armonía de lo creado testifican sin duda una ordenación interna del universo, dirigida a una finalidad universal. Mas esa ordenación, ¿a qué se debe? ¿A una inteligencia superior a la naturaleza, o a la naturaleza misma, considerada como un todo y animada íntimamente de una fuerza cósmica que la impele hacia sus fines? La primera es la respuesta del teísmo; la segunda la del deísmo. El teísmo tuvo en Francia — donde su más ilustre mantenedor fue Voltaire —, y también fuera de Francia, amplísima difusión. Venía ya preparado desde el XVII por los movimientos de los “libertins” franceses, los “free-thinkers” ingleses discípulos de Locke, y los leibnizianos.
El teísmo era lo que mejor se amoldaba al sentido común y a la tradición cristiana, aunque estuviese en pugna con las autoridades eclesiásticas y las confesiones positivas. Afirmaba el teísmo que el mundo es obra de un sapientísimo Arquitecto, que lo reguló de manera que, mediante la acción de leyes naturales sencillísimas, se obtuvieran los mejores resultados. Dios, pues, no hace milagros, que destruirían su gloria sin aumentarla, ni se ha revelado sobrenaturalmente a profeta alguno ni a ninguna Iglesia, ya que la experiencia y la razón bastan para descubrir las huellas de la divinidad en el universo. Finalmente, el libre uso de la razón, y la práctica de la honradez en la vida pública y privada son el único culto admisible: un culto de razón a un Dios de razón. El deísmo, aunque se cultivó más en Inglaterra, donde fue Toland su representante más conspicuo, floreció también en Francia y en Alemania.
Fundiendo las concepciones platónicas con las espinozianas, el deísmo renueva la antigua idea de la existencia, en el mundo, de un espíritu que gobierna el universo desde su interior, mediante un sistema perfecto de leyes. Las consecuencias éticas y político-religiosas del deísmo son idénticas a las del teísmo. Contrario en apariencia a estos movimientos, y resueltamente ateo, es el Materialismo (v.), representado especialmente por el barón de Holbach. El materialismo sólo cree en la efectividad de la materia y del sistema de fuerzas mecánicas que la mueven, pero es, en mayor escala aún, un intento de mostrar que esas fuerzas mecánicas bastan por sí solas, dentro de su sistema, para garantizar el orden y armonía de la naturaleza, con lo que el materialismo culmina en una teología de inspiración panteísta.
Análogo curso siguió la teoría del conocimiento. Al principio, merced a Voltaire y a Condillac, predominó en ella el empirismo lockiano que, si bien rechaza la admisión metafísica de las ideas innatas, admite en la “reflexión” — o sea en la actividad de la autoconciencia — un poder autónomo del espíritu, capaz de formar las ideas teoréticas y las nociones éticas, así como de hacer sufrir a los datos proporcionados por los sentidos una transformación ajustada a la forma de la conciencia misma. Pero pronto el pensamiento de Condillac, seguido y llevado a consecuencias mecánico-materialistas por La Mettrie, redujo todo el saber a la esfera de las sensaciones “externas”, las cuales, al combinarse mecánicamente, deberían engendrar las ideas. En el campo ético, análogamente, Helvecio redujo todas las ideas éticas a los estados inmediatos de placer y dolor. Así, substituyó la doctrina del conocimiento y la ética con la “ideología”, la cual se propone estudiar el mecanismo en cuya virtud las sensaciones y los estados de placer y dolor desarrollan las ideas. La “ideología”, considerada por la Ilustración francesa como su creación más típica, había de ser enseñada públicamente en las escuelas de la Francia revolucionaria en lugar de la Filosofía.
De esta suerte, el pensamiento de la Ilustración amenazaba convertirse en una serie de rígidos esquemas y fórmulas metafísicas, perdiendo con la experiencia y la realidad empírica el fecundo contacto que había heredado del Empirismo inglés y que había sido causa de sus mayores éxitos en el campo práctico, en el político y en el económico. Contra ese peligro de anquilosamiento había ya reaccionado Voltaire, quien, en su Cándido (v.), por ejemplo, había combatido, al atacar el optimismo de la teología leibniziana, el peligro inherente a la teología de la Ilustración, es decir, el peligro de perderse en un optimismo teológico pasivo frente a las exigencias y problemas de la vida real. Más tarde, Maine de Biran reivindicó, en un terreno puramente filosófico y contra el mecanicismo de la ideología, la actividad consciente del sujeto humano en la formación de las ideas. Pero la más vigorosa reacción, preludiadora de tiempos nuevos, contra el peligro de un anquilosamiento dogmático de la Ilustración, se debe a Jean-Jacques Rousseau. Para éste, la “naturaleza” deja de existir como orden abstracto y perfecto de relaciones mecánicas y se convierte en fuerza creadora y positiva de valores, e incluso en raíz de los valores mismos: “Todo es bueno según sale de las manos del Autor de las cosas; todo degenera en manos del hombre”.
Así, la naturaleza es el manantial de todo bien, y no un orden preestablecido en abstracto, sino la misma fuerza creadora del individuo, a la que vienen a referirse todos los motivos tan caros a la Ilustración, como la religión natural, la teoría del conocimiento y la política. Según Rousseau, siempre nos hallamos ante un choque entre la naturaleza individual y las formas de la convivencia y la cultura objetiva, las cuales tienden a deformar, en virtud de convencionalismos arbitrarios, la originaria capacidad creadora. Por eso la fe en la posibilidad de una feliz resolución de todos los problemas gracias a la ciencia y el intelecto, tiene poca importancia para Rousseau, quien se inclina hacia un plano más profundo, el de la razón, en cuya esfera el sentimiento y el conocimiento, las veleidades individuales y la voluntad universal dejan de mantenerse en oposición, resolviéndose en una más plena conciencia y responsabilidad del individuo. Nos hallamos, pues, en los umbrales del Romanticismo.
Fuera de Francia la Ilustración asumió diversos aspectos, llamados a chocar al fin entre sí. Mientras la cultura de la Ilustración había surgido en Francia con intenciones directamente revolucionarias y debía conducir al pueblo francés a la revolución del 89, en Alemania, Austria e Italia se transformó en un reformismo inteligente, en el “despotismo ilustrado”, que pretendía detener la revolución procurando mejorar, con oportunas reformas, la situación tradicional. Federico II de Prusia, amigo de Voltaire y entusiasta del teísmo y de la economía fisiocrática, inicia una política de rígido absolutismo, pero quiere, sin embargo, mediante la admisión de una moderada libertad de pensamiento y la instauración de sabias reformas económico-administrativas, adaptar la política estatal a un ideal más moderno y más en consonancia con los tiempos. Así crea la gran potencia militar y política de Prusia.
Su ejemplo es seguido en Rusia, y más aún en Austria y Toscana, donde a los mismos conceptos se añade la justificación, sobre fundamentos teístas o jansenistas, de la lucha por la abolición de los privilegios eclesiásticos. En Suiza predomina la llamada “filosofía de Tschiffeli”, seguida al principio por Pestalozzi. Tal filosofía propugna un ideal de gobierno aristocrático ilustrado, donde el gobernante o príncipe feudal, por iniciativa propia y de cordial acuerdo con sus súbditos, mejora la agricultura y la capacidad de trabajo del pueblo, esperando elevar así, a la vez que las condiciones de la vida económica, el nivel de la vida moral.
Junto a estas formas de Ilustración oficial al servicio del absolutismo, florece en los mismos países citados un pensamiento ilustrado que, insertándose en la tradición cultural de la nación, forma fuentes de viva energía renovadora y prepara tiempos nuevos. En las universidades alemanas, la Ilustración, al chocar con la filosofía de Leibniz, degenera en un árido y abstracto escolasticismo filosófico, en el que sólo sobresalen a duras penas los nombres de Wolíf, Baumgarten, Lambert y Tetens. A la vez, y parcialmente como reacción contra esa degeneración de la Ilustración, se desarrolla una “filosofía popular” que, repitiendo los motivos de la filosofía escocesa del “sentido común”, trata de conducir al pensamiento a un plaño de falsas concreciones donde se ignoran, en realidad, los problemas especulativos sin alcanzar un verdadero y fecundo contacto con la experiencia.
En un ambiente mucho más libre y con una mentalidad harto más abierta se desenvuelve el pensamiento de Lessing, quien, partiendo de las ideas teológicas de Spinoza, convierte la religión natural de la Ilustración en la meta ideal de un proceso histórico. Con él, la razón deja de ser un abstracto esquema intelectual para convertirse en idea que, después de formarse, genera un proceso y un desarrollo histórico. El “progreso” ya no es el esfuerzo en pro de un estado ideal duradero para siempre, sino una educación progresiva, una evolución de la humanidad. Muy importante es también el pensamiento estético de Lessing, el cual lleva a término aquella “interiorización” de las categorías del clasicismo que había constituido el núcleo esencial de la
Estética de la Ilustración. Así Lessing – cuyo pensamiento debía ser continuado por el “Sturm und Drang” y en particular por Goethe y Herder – abre, con Kant, las puertas a un nuevo movimiento espiritual: el Idealismo romántico.
En Italia, análogamente junto a la Ilustración oficial de las cortes de Parma, Florencia, Nápoles, etc., se desenvuelve un pensamiento que presagia nuevos tiempos y en el que se encuentran el empirismo de Condillac y el liberalismo moderado de Montesquieu unidos al historicismo de Vico. Sobre las premisas asentadas por el empirismo se practican estudios de economía política y de filosofía del derecho a cargo de Pietro Verri, Beccaria y Romagnosi, mientras en la Italia meridional realizan trabajos similares un Genovesi, un Filangieri, un Cuoco. En general entre los representantes italianos de la Ilustración impera un sentido histórico de la realidad jurídica y social, gracias al cual, evitando en general construir estructuras ideales, se inclinan a plantear sobre bases científicas los problemas del renacer político y económico italiano, iniciando así el “Risorgimiento” nacional. Y en el plano ideológico, una cierta resistencia al sensualismo y la metafísica franceses, la afirmación de una parcial espontaneidad del sujeto en el proceso de formación de las ideas, y la aserción de la historicidad de los valores jurídicos y morales, preludian la filosofía del siglo siguiente, el Espiritualismo.
En España, pese a la enorme decadencia que caracteriza nuestro siglo XVIII en el campo del pensamiento y de la creación literaria, llega tardíamente el influjo de las modas de Francia que reflejan la crisis de la conciencia europea. El empirismo de Locke, el sensualismo de Condillac, las doctrinas naturalistas de J. J. Rousseau, el teísmo volteriano y, en general, el espíritu de la Ilustración que inspira la obra de los enciclopedistas, logra una lenta y gradual penetración a lo largo del siglo XVIII. La corriente ideológica que haciéndose eco de esta fermentación espiritual, se conoce en España con el nombre del filosofismo, intenta originariamente promover una nueva inquietud científica, anulada por la rutina escolástica, y en segundo término despertar un mayor respeto por la dignidad humana. Frente al rutinario estancamiento de la Universidad de Salamanca descrito por Torres Villarroel y el expreso en aquella conclusión famosa de que “nada enseña a Newton para hacer buenos lógicos o metafísicos, y Gassendi y Descartes no van tan acordes como Aristóteles con la verdad revelada” Andalucía y Levante conservan tenazmente la gloriosa tradición de la ciencia española y preparan el florecimiento intelectual del reinado de Carlos III, la más alta expresión hispánica del despotismo ilustrado. El espíritu de la Ilustración se manifiesta en la sociedad española del siglo XVIII con la aparición de la filantropía, esto es, un sentimiento altruista y eminentemente aristocrático que se traduce en el interés de las clases privilegiadas por el mejoramiento económico e intelectual del pueblo. Sentimiento de moda compartido incluso por los reyes, se refleja en el sistema de gobierno llamado despotismo ilustrado, cuya preferente atención por el bienestar del pueblo excluye sin embargo su participación en el poder: “Todo por el pueblo, pero sin el pueblo.” El despotismo ilustrado caracterizado por su amor a las nuevas ideas, el afán investigador y la curiosidad por el saber, puede definirse como una suma del absolutismo político y del liberalismo intelectual.
El espíritu ilustrado hace de la preocupación por la cultura un signo de distinción que arraiga hondamente en la nobleza y que intenta crear un espíritu refinado y una aristocracia intelectual. Pero la procedencia exótica de las ideas que representan la Ilustración y el Enciclopedismo, señala con el estigma de afrancesados a sus partidarios, cuyo auténtico patriotismo no está reñido con un sincero anhelo de incorporar España al compás de la hora europea. Iriarte, Jovellanos, Moratín, Cadalso, Campomanes, Olavide, Cabarrús, Floridablanca pertenecen a esta selecta pléyade de donde proceden las figuras más ilustres de nuestro siglo XVIII.
Al propio tiempo, la evidente decadencia espiritual de España, impide que la tardía importación de las ideas que apasionan la conciencia europea, y que preparan el advenimiento del mundo moderno, fructifique en obras de auténtica creación literaria o filosófica. La crítica y la erudición recogen el fruto de la decadencia del pensamiento, y desde la obra enciclopédica del humanista Mayans, hasta la España Sagrada (v.) del P. Flórez, o el Catálogo de las lenguas (v.) de Hervás y Panduro, la erudición literaria, histórica y filológica sitúa a España en el primer término de la investigación europea del siglo XVIII. Desde el punto de vista del criticismo erudito, es trascendental la renovación que aporta la obra de Feijoo. Partiendo de una formación escolástica y aristotélica adquirida en sus estudios teológicos, reacciona prestamente contra el criterio de autoridad, e influido por los pensadores ingleses, cifra en la experiencia la verdadera base del conocimiento científico.
Según Menéndez Pelayo, gran parte del pensamiento de Feijoo procede de J. L. Vives, pero es lo cierto, que frente a la cultura humanística del gran amigo de Erasmo, Feijoo se inspira fundamentalmente en la Enciclopedia francesa y en el Diccionario de Bayle, elabora sus ideas sobre el empirismo de Locke, y su falta de auténtico sentido filosófico le lleva a una absoluta incomprensión frente a Descartes. Centrado en una actitud ecléctica de criticismo erudito y de empirismo filosófico, Feijoo aparece como un Bacon español, dispuesto a refutar la dialéctica escolástica, el atraso científico, el analfabetismo y la superstición, llevado del mismo espíritu romántico de los hombres de la Ilustración. Su cultura enciclopédica, su amor a la ciencia y su culto por las ideas biológicas, perfilan su figura contradictoria de enciclopedista ortodoxo, anti cartesiano, antiroussoniano, pero entusiasta del Novum Organon y del método de inducción empírica como base del conocimiento científico.
Por su parte, Gaspar Melchor de Jovellanos, roussoniano a veces en el sentimiento, sensualista católico en su concepto del experimentalismo, coincide con Locke en suponer la esencia de las cosas inaccesible a nuestro conocer. Toda la labor de la ontología es para él inútil, mientras que su actitud racionalista es tan moderada que afirma que sin la luz de la divina revelación no se hubieran alcanzado ni siquiera las verdades naturales. Del eclecticismo de su actitud, muy representativa del espíritu del despotismo ilustrado, que coexiste en Jovellanos con sus convicciones liberales, es claro exponente la discreta ponderación de su ideología política y religiosa. Amigo de Cabarrús, rinde tributo a la moda impuesta por los economistas o fisiócratas franceses, en su famosa obra Informe sobre el expediente de la Ley Agraria (v.), característica de los problemas que apasionan a los hombres de la Ilustración. Mucho más representativa en este sentido, es la obra del economista Conde de Cabarrús, cuyas Cartas sobre los obstáculos que la naturaleza, la opinión y las leyes oponen a la felicidad pública, le señalan como el hombre de ideas más avanzadas que aparece en España en el último tercio del siglo XVIII.
En cuanto a la imitación patente de los autores franceses de la Enciclopedia, el reflejo más característico de las doctrinas roussonianas sobre la educación aparece en el Eusebio de Pedro de Montengón, imitación del Eviile de Rousseau, mientras que la obra maestra del criticismo ilustrado, son las Cartas marruecas (v.) del prerromántico José Cadalso, claramente relacionadas con las Cartas persas (v.) de Montesquieu. En conjunto, pese a las interesantes doctrinas estéticas de Esteban de Arteaga en sus Investigaciones filosóficas sobre la belleza ideal (v.), considerado por Menéndez Pelayo como “el más metódico, completo y científico de los libros de estética pura del siglo XVIII”, en donde coincide a menudo con Lessing y Winckelmann, la más egregia figura de pensador que nos ofrece España en el siglo XVIII es la de Antonio Xavier Pérez y López, cuyos Principios del orden esencial de la Naturaleza, Madrid 1785, embebidos en la filosofía de Wolff y en el pensamiento cartesiano, adoptan una actitud ecléctica que intenta armonizar la razón y la fe.
El rigor lógico y especulativo de su doctrina, rigurosamente sistemática y expuesta con un método geométrico característico de los filósofos de la Ilustración, le lleva por una parte a substituir la fórmula cartesiana del cogito, ergo sum, por una más amplia: “soy, luego el ser es”. Por otra parte trata de conciliar la ciencia con la fe, pues repugna a la razón que Dios nos dicte dos leyes distintas, una por la Naturaleza y otra por la razón. “El orbe, dice, es el gran código de la ley natural donde están grabados los fines de Dios y de las cosas creadas.”
En cuanto a la trascendencia social del espíritu de la Ilustración y del despotismo ilustrado en la España del siglo xvm, cabe señalar un intento de difusión de la cultura mediante la secularización de la enseñanza, la fundación de escuelas primarias y profesionales, y la reforma de la enseñanza superior mediante la intervención del Estado. El advenimiento de los Borbones señala la creación de gabinetes, laboratorios, jardines botánicos, escuelas especiales de ingenieros, agrimensura y veterinaria. Y al propio tiempo la creación del Museo de ciencias naturales, del Observatorio astronómico, el Depósito hidrográfico, las Reales Academias de la Lengua, de la Historia y de Medicina, a la vez que de la Biblioteca Nacional. Y paralelamente, la aparición de las primeras publicaciones periódicas, de carácter literario o político.
Antonio Vilanova

