FENOMENOLOGÍA

Aunque sea una dirección estrictamen­te filosófica, la Fenomenología se en­cuadra dentro de los movimientos espirituales de la época contemporánea, cu­yos problemas recoge y traspone al plano filosófico, y de cuyas ansiedades se hace intérprete. La cultura ha sentido siempre la necesidad de determinar su sentido a la luz de las más altas formas de la ra­zón y de los valores supremos; pero, por otra parte, ha buscado siempre en la ex­periencia, en el contacto con la realidad y con la “naturaleza”, su libertad y su desarrollo y renovación. De la primera exigencia se ha hecho siempre intérpre­te, en el terreno filosófico, el Racionalis­mo; de la segunda el Empirismo. Esta antinomia inherente a la vida espiritual en general, y en particular a la filosofía en cuanto es la expresión y resolución racional de las exigencias y tendencias culturales de su época, se ha vuelto más aguda e irreductible en la época contemporánea, en que a las formas metafísicas y a los valores eternos de la tradición filosófica, se ha venido oponiendo, con tono fuertemente polémico, un decidido empirismo; y esto tanto en las formas creativas de la cultura (religión, arte, ciencia, etc.) como en el pensamiento filo­sófico.

En éste, en la época contemporá­nea, el empirismo ha tomado la forma, a menudo extremista, y siempre dog­mática, de psicologismo y de irracionalismo, hasta ir a parar al intuicionismo de un Bergson, o al Existencialismo. La actividad psicológica, la realidad empí­rica del yo, su irreductibilidad a formas o a valores universalistas y racionalistas, han sido violentamente opuestos a la Razón impersonal y universal, como fuentes de la vida, de la experiencia, de la concreción, e incluso como el princi­pio mismo de lo concreto. Pero si así se ha hecho valer justamente contra todo abstracto intelectualismo el derecho de la experiencia, con todo, se le ha quita­do a ésta todo significado racional, toda forma, y se ha dado al caos de las ex­periencias incontroladas un derecho a valer como verdad filosófica, que no le competía. De esta antinomia ha intenta­do salir la Fenomenología, reconociendo a la experiencia su libertad, autonomía y fecundidad, pero intentando, a pesar de ello, trasponer la experiencia misma a un plano en que su significado racional se tornase transparente y, por decirlo así, se expresase por sí mismo; o sea que las formas de la Razón y los valores del es­píritu fueran sólo auto-revelación y auto­disciplina de la experiencia misma. La Fenomenología, pues, ha querido ser ex­periencia sin empirismo, psicología sin psicologismo y, sobre todo, ha querido evitar cualquier tono irracionalista.

Esta exigencia se había dejado sentir, ya a comienzos del siglo pasado, en el seno del Idealismo clásico. Hegel y Schel­ling habían sido sus intérpretes y ha­bían planteado el problema. Hegel, en la Fenomenología del Espíritu (v.), había descrito las etapas seguidas por la con­ciencia individual, considerada en sí o sea en su ley constitutiva (y por lo tanto fuera de toda acepción empirista-psico­lògica); la conciencia, a través de una serie de “experiencias” y posiciones, que­da asumida en la Idea donde, insertando su particularidad y subjetividad, se torna substancia objetiva y siempre presente en el despliegue de lo real. También para Schelling, en la fase representada por la Exposición del Empirismo (v.), el punto de partida de la filosofía debe ser la des­cripción de las estructuras implícitas en el “hecho” empírico, estructuras que, sin embargo, han de quedar al final insertas en las ideas de la Razón absoluta. Pero en Schelling hay poco más que la exigen­cia de una Fenomenología, porque luego el análisis de las estructuras del “hecho” empírico se hace en un plano de extre­mada abstracción, por medio de esque­mas preconcebidos y forzadas deduccio­nes; en Hegel, en cambio, hay mucha más viveza, amplitud de horizontes y sensibilidad a la efectiva vida histórico- empírica de la cultura; pero también en él la descripción dialéctica prevalece so­bre la penetración real en la vida empí­rica de la cultura y en la verdadera ex­periencia vivida.

La herencia de la Fenomenología he­geliana es magníficamente recogida por los hegelianos ingleses, Green, Bradley, Bosanquet, Baillie, los cuales, sobre la base de algunos presupuestos metafísicos derivados de Hegel, con una buena do­sis de ecléctica libertad, desarrollan am­plios y penetrantes análisis de la ex­periencia vivida, ya individual, ya histórico-cultural, sirviéndose de los pos­tulados metafísicos más como crite­rios de guía y encuadramiento de las investigaciones, como correctivo de los peligros de un extremado empirismo, que como un dogma que pudiera oscure­cer o sencillamente entorpecer la sensi­bilidad para los fenómenos. En Francia, recogiendo la herencia empirista y psicologista del siglo XVIII francés, algunos pensadores desarrollan finos e interesan­tes análisis de la experiencia; recorde­mos a Bergson, Brunschvicg, Hamelin. En estos franceses, sin embargo, falta un verdadero equilibrio entre racionalismo y empirismo, y el problema fenomenológico es más a menudo escamoteado que verdaderamente sentido.

Bergson, por ejemplo, está siempre bajo el dominio de su metafísica irracionalista, y donde ésta es menos apremiante, como en La risa (v.) sus análisis caen en sencillos análisis psicológico-descriptivos. Bruns­chvicg y Hamelin, por el contrario, están demasiado dominados por presupuestos intelectualistas. En Alemania tratan el problema de la Fenomenología y hacen interesantes análisis de la experiencia cultural, Dilthey, y sobre todo Simmel; pero el primero se muestra demasiado in­cierto en el método, y se confía más a su “esprit de finesse” que a una metodología clara; el segundo, finísimo y a menudo profundo en sus análisis, es demasiado oscilante en sus “tonos“, y corre a me­nudo el peligro de incurrir en una mera psicología romántica, también por falta de una clara visión metodológica.

El verdadero creador de la Fenomeno­logía contemporánea ha sido Edmund Husserl (1853-1938). Procede de la escue­la de Franz Brentano, que había elabo­rado una nueva psicología, llamada por él “empírica”, pero en realidad caracte­rizada por el principio de la “intenciona­lidad”; todo acto psíquico se dirige hacia un objeto presente en el sujeto (llama­do “objeto intencional”), hacia “algo” que percibimos y podemos odiar o amar, que no importa luego si es real o no, si tiene o no una existencia indepen­diente de los actos en que es puesto como objeto. Este es el punto de parti­da de Husserl; sobre esto crea una dis­ciplina filosófica fundamental, cuyos aná­lisis deben preceder a los tratamientos de los problemas tradicionales y ocupar el puesto de la antigua metafísica; y da el nombre de “fenomenología” a esta “philosophia prima”. Ésta consiste en describir la intencionalidad de los actos de conciencia, o sea el “modo” con que se dirigen hacia su objeto intencio­nal; en suma, la correlación entre el aspecto subjetivo del acto, o “noesis”, y su objeto, o “noema”.

La “reducción fenomenológica” aísla este hecho de la conciencia de toda referencia a entes hi­potéticamente existentes fuera de él, y a un “yo” como ser empírico determina­do psíquico-físicamente. Así, sobre este plano de la conciencia pura, que ya no es psicológico (en cuanto es propiamente eliminada la referencia, a un sujeto que subsista como fondo del fluir de la con­ciencia), los actos de la conciencia se re­velan en su esencia pura; y la “intuición de las esencias” es precisamente el mé­todo fundamental de la fenomenología husserliana. Estas “esencias” no son, naturalmente, algo existente en sí, en sen­tido platónico o aristotélico; son estructu­ras y formas de la experiencia que se re­velan directamente por medio de oportu­nos actos de abstracción; o, mejor dicho, de reducción de los datos inmediatos de la experiencia. Así, mientras se evitan los aspectos metafísicos del Racionalis­mo, las complicadas construcciones del tipo de un Schelling o de un Hegel, o el realismo lógico en ellas implícito, se evi­ta al mismo tiempo el Empirismo puro, al que Husserl acusa de ceguera nomi­nalista, de una arbitraria restricción del “dato” a los datos de los sentidos. Las esencias no se toman de la expe­riencia, ni se construyen, ni, por otra parte, representan una realidad en sí; aparecen en el fluir de la conciencia, en cuyo seno se aíslan y se intuyen inme­diatamente, y, por lo tanto, constituyen una esfera autónoma, sobre la cual se viene a justificar la autonomía del pen­samiento en general, y de la filosofía en particular.

La escuela de Edmund Husserl ha sido muy numerosa: O. Beckes, R. Ingarden, S. Reinach, H. Weyl, y en una segunda época M. Scheler y M. Heidegger han aplicado el método (pues, según decía el propio Husserl, la Fenomenología es un método y no un sistema filosófico) a los campos más variados: al derecho, a la estética, a la epistemología, a la éti­ca, consiguiendo resultados notables. Ha sido un complejo trabajo de análisis, para ofrecer a estas disciplinas un terre­no concreto en que se pudiese fundar la edificación de las verdaderas doctrinas, evitando, por una parte, todo estéril y abstracto apriorismo, y por otro las simplezas del psicologismo. También, fuera de la escuela husserliana, el mé­todo fenomenológico de Husserl ha en­contrado adeptos y continuadores, espe­cialmente entre kantianos libres como E. Lask, N. Hartmann, A. Banfi, los cua­les, gracias a una libre aplicación de los métodos fenomenológicos y al aprove­chamiento sistemático de los análisis de Husserl y de Scheler, han podido plan­tear problemas, sobre todo el del sig­nificado que puede tener el elemento alógico, irracional, y el contenido o “dato” empírico ante las formas de la Ra­zón, llegando a un pleno reconocimiento de estos elementos, el irracional y el empírico, en el seno de un riguroso Ra­cionalismo, y creando así un racionalis­mo renovado y ampliado, más ágil, terco y fecundo.

Pero precisamente en las transforma­ciones que ha tenido que experimentar para ser recogida por el racionalismo crí­tico, y en las fuertes polémicas con los kantianos (en particular con Natorp, pri­mero, y más recientemente con Rickert y su escuela), la fenomenología de Hus­serl, y en general la orientación feno­menològica, si bien ha mostrado su fe­cundidad, también ha puesto de mani­fiesto sus límites teoréticos y espiritua­les, los cuales pueden resumirse de la siguiente manera: la Fenomenología es más ima transacción que una síntesis; oscila entre presupuestos empiristas y psicologistas, que no logra nunca eli­minar del todo, y presupuestos raciona­listas, entre platonismo y kantismo. Por eso puede valer sólo si es integrada (pero al mismo tiempo, completamente trans­formada y purificada de sus presupues­tos dogmáticos) desde un punto de vis­ta superior. La pretensión de que la experiencia vaya expresando por sí mis­ma sus formas esenciales se revela vana, y reposa sobre un equívoco: pues lo esencial generalizable es forma y no con­tenido, y aparece en el juicio formado sobre la experiencia, no en el fluir de las vivencias mismas.

En el fondo la “esen­cia” de Husserl, aunque no sea un ente en sí existente fuera o antes de la con­ciencia, sigue siendo, sin embargo, un dato, algo opuesto a la experiencia, un contenido del conocer, no una forma; y aquí se puede encontrar un innegable re­siduo de platonismo, más fuerte y evi­dente en Husserl y en Scheler, pero que en conjunto se puede hallar en toda ac­titud fenomenològica no insertada en una perspectiva más completa. Asimis­mo, la “conciencia” es una noción que no está críticamente resuelta y depurada, y constituye una concesión metafísica; más aún, es el fondo metafisico de toda actitud puramente fenomenològica. Y por esto de la Fenomenología de Husserl ha nacido la metafísica existencialista de M. Heidegger, el cual precisamente ha tomado la conciencia como una realidad, más aún, como la realidad primaria y ha introducido en ella la problemática pa­radójica que nace de tomar la conciencia como un dato. En cambio, otros se­guidores de Husserl, como Pfander y en parte el jesuita Przywara, han hecho de la Fenomenología, por sus elementos platonizantes, una base para renovar el tomismo. Los desenvolvimientos no me­tafíisicos de la Fenomenología, como Hus­serl quería que los tuviese, sólo se pue­den hallar fuera de la Fenomenología, con una crítica libre y abierta.

Giulio Preti