ESTOICISMO

Este movimiento filosófico, que duran­te siglos ha ejercido profundísima in­fluencia en el pensamiento y en la cul­tura europea, y ha formulado un ideal de sabiduría filosófica que se ha hecho tradicional entre nosotros, toma su nom­bre y su origen ate­niense, el pórtico, multicolor, ornado con pinturas de Polignoto, donde en 308 a. de C. fundó su escuela Zenón de Citio (Chipre). La historia del Estoicismo se divide en tres fases: la primera, llamada período griego, se desarrolla y perfeccio­na en Atenas, en el seno de la escuela, donde sobresale la figura de Crisipo de Soli (Cilicia). Hacia el siglo II comienza la inmensa expansión del pensamiento estoico, desde que Diógenes el Babilo­nio, discípulo de Crisipo, llega en 155 (a. de C.) a Roma como embajador de la ciudad de Atenas y comienza a ga­nar para el Estoicismo la aristocracia ro­mana. Desde entonces, puede decirse que el Estoicismo se convierte en filoso­fía de los centros cultos de Roma, sobre todo por obra de la dirección retórico- ecléctica de Rodas, cuyos mayores representantes fueron Posidonio de Aramea (Siria) y Panecio de Rodas, maestro de Cicerón. Este período es llamado del Es­toicismo Medio o ecléctico. En Roma, el pensamiento estoico asume un carácter menos especulativo: predominan en él tendencias retórico-edificantes y religio­sas. Es el tercer período del Estoicismo, llamado romano o religioso.

Como las demás posiciones que flore­cieron en la época del Helenismo, tam­bién la filosofía estoica refleja una situación dolorosa de desacuerdo de la persona con el mundo, de infelicidad de la vida pública; como en las otras posi­ciones espirituales, también aquí la vía de salvación recomendada consiste en un replegamiento del “yo” sobre sí mis­mo, en un desprendimiento del mundo por parte del individuo y, sobre todo, en un alejamiento de la vida política expresado en la afirmación del cosmo­politismo de la cultura. Las escuelas de Platón y de Aristóteles tuvieron un valor universal, pero no acentuaron el ca­rácter super-nacional de la vida cul­tural; en ellas estaba vivo el sentido de la función directiva e ilustradora de la cultura ateniense, la cual podía acercarse con veneración a las antiquísimas tradiciones de los magos, de los gimnosofistas y de los egipcios, mas para pu­rificarlos de todo elemento mítico y sacar a luz en ellas un elemento raciona­lista que sólo la cultura griega había sido capaz de expresar en toda su pureza. En los estoicos, en cambio, sobre que los mayores representantes del movi­miento son orientales, y los demás casi todos romanos, o sea no-griegos, está viva la opinión de que la razón como fuerza vital y armonizadora, es innata en todo el universo, y en todos los hombres, y que por lo tanto, frente a ella, pierde todo sentido el hablar de nacionalidad.

Este proceso de desprendimiento de la tradición griega, lleva a la autonomía de la conciencia que Platón y Aristóteles sólo habían iniciado; la autoconciencia se libera de toda dependencia del ser, se hace dueña de sí y razón de su mundo. Pero al fin se halla con un señorío sin dominio, con un mundo que es todo suyo pero al mismo tiempo está desierto; su contenido procede siempre del ser, o sea, en términos estoicos, de la naturaleza, la cual resulta ser una fuerza autónoma y viviente, gobernada por un principio suyo propio. Mientras el Escepticismo prescinde del problema latente en esta separación y oposición entre concien­cia y ser, las filosofías dogmáticas (Estoicismo y Epicureismo) hacen el esfuer­zo de conciliar los opuestos en una sín­tesis que escapa, y de aquí que la espi­ritualidad del Estoicismo — y en esto consiste su peculiaridad como movi­miento espiritual de todos los tiem­pos — se resuelva en un dualismo, in- conciliado, de motivos, en una afirma­ción meramente pragmática de la autono­mía y señorío de la autoconciencia per­sonal, que en lo teórico, en cambio se inserta en la razón y vida del Cos­mos.

La vía de escapatoria, la única fa­talmente posible, de esta situación con­siste en el recuperarse de la conciencia en un “subjetivismo piadoso” como lo llama Hegel, o sea en la inclusión de la autoconciencia personal del individuo en una autoconciencia absoluta, en Dios o alma del Cosmos; de manera que el “yo” alcance su efectiva autonomía e independencia respecto al mundo circuns­tante y la consiguiente pacificación de las pasiones que lo liguen a él, en el principio racional, puro y universal del Cosmos. Con esto el Estoicismo va a parar a una filosofía religiosa cuyas grandiosas líneas se encuentran aún en el pensamiento de San Agustín y, a través de la tarea milenaria de la Edad Media y del Renacimiento, irrumpen como una gran sinfonía en el pensa­miento de Spinoza.

Los dos temas contrapuestos del Es­toicismo se hallan ya en el período más antiguo. Zenón es a la vez cínico y aristotélico; por su herencia cínica, inclina­do a posiciones de filosofía práctica vi­vida, de sabiduría, de menudo preceptismo fundado en el ideal de la sabiduría como autodominio y mesura. Pero el aristotelismo le impulsaba a resolver esa posición práctica en una teología natu­ralista fundada en la convicción de que un principio universal, a la vez razón y primer motor, mueve todas las cosas según una ley necesaria y absolutamen­te universal. Oleantes, el segundo jefe de escuela del Estoicismo, en himnos a Júpiter canta este principio divino del universo, motor y regulador supremo, identificándolo con el fuego creador.

Es­te dualismo de motivos conduce a Crisipio, el segundo fundador y tercer jefe de escuela, a sostener en su lógica un decidido dualismo y nominalismo, y con­siderar así en el silogismo únicamente la ligazón formal independiente de todo contenido, a abolir por lo tanto el silo­gismo apodíctico y considerar el silogis­mo hipotético y disyuntivo, en cuanto el carácter apodíctico es una convicción del sujeto ante el contenido y no una forma lógica del razonamiento. Así queda afir­mada la autonomía del pensamiento con respecto a lo pensado, de la razón en cuanto al ser, pero cuando se trata de determinar un “criterio” de verdad, o sea, un principio que determine el puro acto formal de la razón según su conteni­do. Forma general, por otra parte, vacía; pues todas las ideas (“anti­cipaciones de la experiencia”) y los prin­cipios (“nociones comunes”) derivan de la experiencia. En cambio, el naturalis­mo predomina incontrastado en la Físi­ca, término con el cual los estoicos entendían la visión conjunta del universo, de su constitución, de las fuerzas que lo dominan.

La Física estoica se presenta como una reanudación del antiguo materialismo e hilozoísmo presocrático a la luz de cate­gorías y teorías aristotélicas. Sólo el cuerpo es “real”, síntesis de materia y forma; pero esta última no es considerada como elemento ideal, sino como una materia más sutil que penetra el cuerpo en que actúa como fuerza directriz y or­ganizadora; es llamada por lo común, fuerza o alma. El universo es un gran cuerpo viviente, y su alma (del alma del Cosmos había ya comenzado a hablar Platón), llamada también “Júpiter” por Oleantes, lo penetra todo y lo enlaza, re­gulando todo su devenir. Si bien los es­toicos no continúan la Física de Demócrito, toman de ella, sin embargo, su as­pecto más fecundo y especulativo: esto es, la idea de una razón que lo domina y lo dirige todo, de manera que nada sucede al acaso; por lo que esta ley uni­versal es llamada también por los es­toicos Hado, para indicar la absoluta ne­cesidad con que el devenir cósmico es determinado por ella.

El fuego universal (pues de fuego es el alma del Universo) es a un mismo tiempo fuerza reguladora y productora, ley y madre de todas las cosas; es, “ratio seminalis”, del cual se desprenden las al­mas de todas las cosas, como chispas de una gran llama. También el alma hu­mana es una de estas chispas, y gobier­na el cuerpo humano con el mismo se­ñorío con que el alma del Universo go­bierna el Mundo. Pese a esta autonomía del alma, el hombre, como ser de la na­turaleza, depende del Hado; pero los movimientos del alma pueden tender a fines en contraste con la ley universal del Hado: y de la pugna dramática entre el deseo humano, producto de la absolu­ta autonomía del “yo”, y la necesidad que gobierna las cosas, surge la infelicidad. A lo cual la ética ha dado una solución doble: de una parte, con la renuncia a todo aquello que, en su devenir, no se someta a los poderes del alma encastilla­da en su celosa autonomía, refrenando, en suma, el deseo y la opinión; y del otro lado, predicando una vida en todo conforme con las leyes de la naturaleza, la obediencia a la Necesidad que regula el Cosmos, actitud ésta que había de te­ner gran repercusión en la historia de la cultura europea y constituir una de sus formas más características. Dos mo­tivos que se concilian sólo en su aspecto negativo, como resignación y renuncia, pero que apuntan a dos temas especula­tivos harto diversos, cuya fortuna será también muy diferente: en el medio y nuevo Estoicismo las corrientes retóricosofísticas, desarrollarán principalmente su primer aspecto, quedando el segundo para las corrientes religiosas.

En el Estoicismo medio se refuerzan más las influencias sofísticas y los mo­tivos platónicos. Las influencias de la sofística de Isócrates conducen a los es­toicos de este período a investigar dili­gentemente los “lugares comunes” para persuadir a los hombres a la virtud, cuya norma es innata en el hombre como sen­timiento inmediato que le inclina a ad­mirar las acciones rectas y a honrar a sus protagonistas. Sobre la base de esta idea los juristas romanos, y en particular Q. Mucio Escévola y Cicerón, entrambos discípulos de Panecio de Rodas, intentan poner los fundamentos filosóficos de la jurisprudencia y de la tradición romana. Esta nueva dirección del pensamiento es­toico conduce naturalmente a atenuar la autonomía del “yo” frente al Estado y al Cosmos y, por consiguiente, a atenuar el rigorismo ético resolviendo la virtud en la conformidad a la costumbre.

Una fuerte penetración de motivos platónicos y orientalizantes y un deci­dido desarrollo en sentido teológico del pensamiento estoico es efectuado por obra de Posidonio de Apamea, siríaco, pensador de matiz fuertemente ecléctico y erudito (famoso también como his­toriador y geógrafo) y personalidad vi­gorosamente religiosa. Posidonio intro­duce en el Estoicismo la doctrina neo- platónica del Pneuma, el soplo divino que lo penetra y rige todo, mente que desciende al mundo, dividiéndose, por decirlo así, en una serie de divinidades superiores e inferiores (demonios) mediante las cuales se actúa en el univer­so el gobierno divino. Así el Estoicismo desemboca en un vasto panteísmo, de amplio aliento lírico-cósmico, y todas las cosas, de las más grandes a las más humildes, se llenan de divinidad, como manifestaciones infinitas de aquel único principio divino que todo lo penetra, y las mueve y regula con infinita bondad y sabiduría. En esta visión lírica y teo­lógica de fondo sentimental, las viejas supersticiones del mundo oriental y ro­mano encuentran justificación; de la unidad y acuerdo del todo deriva, por ejemplo, la legitimidad del arte adivina­torio: pues todo acontecimiento escruta­do por almas particularmente inclinadas a ello, y mentes que conozcan las cosas divinas, puede ser “signo” e indicio de otros acontecimientos.

Esta religiosidad predomina decidida­mente en el último Estoicismo, en que la divinidad es ya pensada en forma casi personal, como principio trascen­dente, fuego y hálito, que desciende al mundo pasando por varios grados de existencia y de revelación (divinidad), para gobernarlo teleológicamente del me­jor modo. Dios es ya comprendido de­cididamente más como Hado que como Providencia, lo cual, si metafísicamente es lo mismo, acentúa sin embargo la fun­ción de eje y finalidad que distingue al gobierno divino. Y también el alma, chispa de la divinidad, es divina, fuego y hálito absolutamente elástico que nin­guna fuerza exterior puede dispersar, y racional en sí, por su propio origen: no es ni siquiera necesario vivir de con­formidad con la naturaleza, dice Séneca, sino que el mismo esfuerzo por vivir de manera coherente “semper idem velle et idem nolle”, significa vivir racio­nalmente, y la Razón, en el individuo como en el mundo, es única. La “apatía”, la ausencia de pasiones, típica de la épo­ca estoica, ahora significa absorción del punto de vista personal, de la volición y la opinión individuales, en la voluntad y la ciencia del Todo: amor por la gran­deza de Dios que inclina al alma a sen­tir al unísono con él. Al llegar a este punto, el Estoicismo desemboca en el neoplatonismo: Plotino hará suyas las doctrinas del último Estoicismo, y de esta apatía estoica hará el primer paso de la ascensión del alma hacia aquella inefable llama que es Dios, en que la in­dividualidad a un mismo tiempo se con­sume y se salva.

Por medio de San Agustín, el Estoi­cismo, sobre todo por la concepción providencialista de Dios y la unidad de la Razón humana con la divina, penetra en el Cristianismo. Con todo, la Edad Media cristiana considerará el Estoicismo principalmente en Séneca: Estoicis­mo significará para la Edad Media, como para los grandes maestros de la ética del Renacimiento (Montaigne, Pascal, Des­cartes), autonomía, “libertad” del alma respecto a las pasiones corpóreas, el ideal de la sabiduría como independen­cia del individuo. Sólo con Spinoza los dos temas del Estoicismo — la libertad del alma con respecto a las pasiones y la inserción del individuo en la Razón universal — se reunirán en una nueva y grandiosa síntesis en la que revivirán y serán trasmitidas al pensamiento poste­rior los motivos más profundos de este movimiento espiritual.

Ciertos aspectos del pensamiento hegeliano, el sentido del devenir como des­arrollo de una pura racionalidad inmanente en la historia y en la naturaleza, mantienen vivo aún hoy al Estoicismo frente a las concepciones pragmatis­tas y activistas, no ya como filosofía, sino como movimiento espiritual, y, bien puede decirse, que Estoicismo y activis­mo, o sea, aceptación de la realidad y ac­ción sobre ésta para adaptarla a fines hu­manos, son los dos aspectos, antitéticos, sobre los cuales está asentada la espiri­tualidad del mundo contemporáneo.

Giulio Preti