ESCOLASTICA

Se designa con el nombre de “Escolás­tica” la especulación filosoficoteológica cristiana que, siguiendo un método dialéctico peculiar, se enseñó en las escue­las medievales y que tuvo y sigue te­niendo resonancia e influencia en el mundo de la cultura y de la civiliza­ción. La Escolástica surgió propiamente como teología, es decir, como estudio racional de los datos de la revelación cris­tiana; pero, luego, esos mismos elemen­tos racionales se desarrollaron de un mo­do autónomo y dieron origen a especu­laciones filosóficas propiamente dichas, hasta tal punto que en la actualidad el vocablo Escolástica se refiere más a una filosofía que a una teología. De todos modos, se trata de una especulación ra­cional que, o está relacionada directa­mente con los dogmas del Cristianismo o, al menos, está en armonía con ellos, ya sea como sistematización y defensa de las afirmaciones de la religión cristiana, ya como investigación, basada única­mente en argumentos racionales, acerca de la naturaleza del conocer, acerca del mundo, del hombre y de Dios, cuyos re­sultados, o simplemente no se oponen o incluso abren paso a las afirmaciones de la misma religión cristiana.

Por ello, bajo el nombre de Escolástica se incluyen las especulaciones y los siste­mas que se remontan, aunque sea de dis­tinto modo, a la tradición platónico-aristotélica que evita las interpretaciones ex­tremas de los neoplatónicos, de los averroístas, de los místicos. Quizá sería exa­gerado afirmar que la Escolástica sólo se remonta a Aristóteles, porque dentro de ella, por consentimiento general, flore­cieron dos corrientes: la platónico-agustiniana, en general aceptada por los maestros franciscanos, y la aristotélico- tomista, seguida principalmente por los maestros dominicos. San Buenaventura, Escoto y Occam son tan escolásticos co­mo San Alberto Magno, Santo Tomás y Durand de San Porciano. En cambio, no se consideran escolásticos a Escoto Eriúgena, Siger de Brabante, el Maestro Eckhart, Nicolás de Cusa y Pomponazzi, aunque en gran parte sean medievales, y platónicos o aristotélicos.

La Escolástica, en cuanto filosofía, dis­cutió de modo especial ciertas cuestio­nes, heredadas de la tradición griega, que podemos definir como “los proble­mas de la Escolástica”: el problema crí­tico del valor de los conceptos universa­les y, en consecuencia, la discusión en­tre realismo, conceptualismo y nomina­lismo; el problema psicológico del origen de las ideas, por consiguiente, las diver­sas teorías acerca del entendimiento agente y la abstracción universalizadora; el problema de la constitución onto­lògica de los entes gracias a la teoría del acto y potencia, y de la esencia y existencia; el problema de las categorías  de los seres y la teoría de la substancia y de los accidentes, la constitución meta­física de los cuerpos y la doctrina del hilemorfísmo; el problema de la natura­leza y de las propiedades del principio vital en los cuerpos y la controversia acerca de la distinción entre alma y fa­cultades; el problema de la posibilidad de demostrar racionalmente la espiritualidad y la inmortalidad del alma humana, y, en consecuencia, la discusión sobre los argumentos para tal demostración; el problema de la demostración puramente racional de la existencia de Dios y, por ello, el valor de los argumentos ontológico, cosmológico, teleológico y eudemonológico; el problema de la posibilidad de conocer la naturaleza de la divinidad y la superación del agnosticismo acerca del conocimiento de los atributos divi­nos mediante la doctrina de la analogía; los problemas de la Creación y de la Providencia, del milagro, del mal, de la acción divina en el mundo, y de ello, la necesidad y contingencia de las leyes fí­sicas, de la intervención divina en el libre obrar de las criaturas racionales, el problema de conciliar la razón y la fe, la naturaleza y la gracia; los proble­mas del fundamento metafísico y de las condiciones psicológicas de la moralidad, del criterio del bien y del mal moral, de la ley moral natural, del derecho natu­ral, de los diversos preceptos morales, de los derechos y deberes de la vida en so­ciedad, de la naturalidad de la familia y de las leyes del matrimonio, de la na­turalidad de la sociedad civil y del ori­gen y atribuciones de la autoridad polí­tica, de la licitud de la guerra.

No podemos ocultar que a veces, e incluso a menudo, estos problemas fue­ron tratados con monotonía pedante y mortífera, en forma desgarbada y oprimente, con prudencias pueriles y ridículas. Esto ocurrió porque la Escolástica, como su mismo nombre indica, fue la filosofía y la teología enseñadas oficial­mente en las “chola”, primero en las Escuelas abaciales, episcopales y palati­nas, luego en las Universidades y en los Estudios Generales. Aunque no sea cier­to que por Escolástica sólo se entienda un método de enseñanza y no una doc­trina con contenido propio, es innegable que, dadas las necesidades de la ense­ñanza, era preciso adoptar un método es­pecial, había de formarse una tradición peculiar, y tanto el método como la tra­dición pueden acabar en una rutina. Las lecciones de los maestros consistían casi siempre en comentarios, sea de los pocos textos de los autores de la anti­güedad clásica, sea de las “sentencias” o pasajes escogidos de la Sagrada Escritu­ra o de los Padres de la Iglesia; las lec­ciones eran interrumpidas por “disputa- tienes” o discusiones públicas entre los alumnos, en las que se observaban rigurosamente normas de exposición y de oposición indispensables para un proce­dimiento regular y ordenado de las dis­cusiones mismas: era bastante difícil no caer en el puro formalismo.

De hecho, se cayó en ello: la forma, a menudo, mató el contenido. El inconveniente más aniquilador y pernicioso fue la pérdida del sentido vivo de los problemas; y$ no se comprendió el significado auténtico y vital de las cuestiones abordadas; se de­tuvieron en combatir las últimas conse­cuencias de las doctrinas de los grandes genios de la antigüedad y de los co­mienzos del Cristianismo, las últimas consecuencias de los grandes sistemas ya elaborados, y ya no se sintieron ni se examinaron las exigencias que habían hecho surgir los problemas, las primeras soluciones que luego dieron origen a los sistemas; no volvieron a vivirse las peno­sas y alegres investigaciones de Platón y de San Agustín; se repitieron mecánica­mente las definiciones de Aristóteles y de Santo Tomás; se acabó en la maraña dialéctica para conseguir el aplauso de los escolares y el éxito en una cátedra.

Ya no se tuvo en cuenta el hecho de que una doctrina acerca de los univer­sales debía resolver el grave problema de nuestro conocimiento, problema que aún hoy, y casi él solo, polariza la es­peculación contemporánea: ¿podemos conocer algo como definitivamente verda­dero y universalmente válido, mientras que, por una parte, nuestro conocimiento va progresando continuamente, y, por otra, la realidad se va modificando cons­tantemente? ¿En el conocimiento y en la realidad siempre hay algo que en el fluir de lo contingente y de lo mudable siempre permanece inmutable y peren­ne, o bien todo cambia y evoluciona de tal manera que en el desarrollo y en la evolución puede llegarse a un punto en el que nada queda de todo lo que hubo? ¿Son nuestros conceptos meras aproxi­maciones a una realidad que nos escapa, y estamos destinados a una perpetua bús­queda sin llegar jamás a una solución definitiva? Es el problema del valor de nuestros conceptos universales, que si se resuelve mediante el realismo crítico puede dar, incluso en la actualidad, sa­tisfacción a las instancias del problema- ticismo.

El hecho es que se discutió sin límite acerca de la materia y de la for­ma, de la potencia y del acto, de la esencia y de la existencia, y ya no se comprendió que se trataba del proble­ma de la posibilidad de distinción y mul­tiplicación de los seres, de la posibilidad de que coexistan lo infinito y lo finito, lo absoluto y lo relativo, lo perfecto y lo imperfecto, los conceptos de causa y efecto, de eterno y temporal, de movi­miento y de espacio, de valor y de his­toria, de creación y de inmanencia, de finalidad y de causalidad, de providen­cia y de necesidad, de teísmo y de humanismo, problemas que aún hoy siguen agitando las conciencias de nuestros filó­sofos. ¿Y qué problema puede ser más actual que el que se refiere al funda­mento de los valores éticos, políticos, es­téticos, fundamento que la Escolástica señaló en la doctrina del ser?

Los problemas de la Escolástica son los problemas constantes de la razón huma­na y de la vida del hombre; pero es pre­ciso admitir que la rutina de la escuela fue causa de que las soluciones pro­puestas a menudo fueran repelentes. Esas soluciones no tenían, ni tienen la pre­tensión de formar una ciencia absoluta y divina, perfecta e imperfectible. En ge­neral, la Escolástica de antaño se opone al próblematicismo actual, con lo cual se pretende oponer dogmatismo a crítica, metafísica a problemática, autoridad a investigación, abstractismo a concreción, definitividad a progreso, muerte a vida. Aunque es cierto que la Escolástica no se mantuvo únicamente en el terreno de la investigación, sino que se atrevió a lle­gar hasta algunas soluciones que se con­sideraron definitivas, también supo ca­racterizar el valor de sus propias solucio­nes. Al reconocer que sólo en la divi­nidad se da una ciencia perfecta, siem­pre afirmó que los conceptos de la men­te humana, aunque refieren algo que se halla en la realidad, lo refieren según el modo de conocimiento propio de la men­te humana, modo imperfecto y limitado, que queda infinitamente por debajo del que es propio de una inteligencia intui­tiva o de una inteligencia omnicomprensiva.

Pero consideró que, aun admitien­do unos posibles y continuos progresos en las ciencias matemáticas, las afirma­ciones elementales y fundamentales de la aritmética son verdades absolutas y definitivas; consideró que los principios primeros y fundamentales de la razón también son verdades absolutas y defi­nitivas; consideró que sobre algunos conceptos y principios de la razón po­día edificarse una metafísica, cuyo nú­cleo central tendría una validez univer­sal y perenne, aun sabiendo que con ello se quedaba en la parte de acá de una ciencia exhaustiva e infinita. Convenci­da de que conocer significa conocer el ser, es decir, la realidad en sí y por sí, sea cual sea, y que sin tal finalidad co­nocer es una contradicción, la Escolásti­ca pretendió poder decir algo de dicha realidad, algo que fuese definitivamente verdadero, aunque sólo hubiera podido decir de ella que mientras existe no puede no existir, y que si no tiene por sí y en sí la virtud de su propia exis­tencia, significa que la ha recibido de fuera. Sin embargo, lo cierto es que no siempre los cultivadores de la Escolásti­ca se han mantenido dentro de los lími­tes de las verdades realmente adquiridas, y que han dado pie a sus oponentes para que les acusaran de dogmatismo; pero no fue éste el caso de los maestros de la Escolástica, y, por consiguiente, de la Escolástica considerada en sí misma: ésta nunca pretendió ser un sistema ce­rrado, acabado, perfecto, definitivo, absoluto.

Asimismo, no carece de base la acu­sación de que la Escolástica pecó y si­gue pecando de abstractismo y de ciega subordinación al principio de autoridad. No siempre hizo suyas las intervenciones acerca de los problemas de su época; a menudo se ha ocupado de problemas y doctrinas que procedían de la tradición. Pero no podemos hablar de abstractis­mo en sentido peyorativo si enunció al­gunas afirmaciones de tipo general y uni­versal: lo que es general y universal no es por ello irreal e inútil: las matemá­ticas, al decir: 2 + 2 = 4, emiten una afirmación general y universal, pero realísima y utilísima, aunque sea cierto que no especifica si se suman hombres o co­sas. La metafísica de la Escolástica se entretiene en especulaciones de concep­tos y de principios muy generales y uni­versales, precisamente porque del mis­mo modo que hay ciencias de objetos más determinados, también debe haber una ciencia de los primeros principios de la razón y de la realidad; pero esto no significa que sus concepciones sean irrea­les e inútiles, sino que se refieren a los aspectos más generales de la realidad, as­pectos que no son menos reales que los particulares. Lo malo sería que, tras ha­ber considerado los primeros principios de la razón y de la realidad, la Escolás­tica afirmase que con ello quedaba ago­tado el campo de la especulación filosó­fica, y excluyese la validez de los pro­blemas de lo concreto y de lo particular, de la historia y de las ciencias experi­mentales, del análisis psicológico, de la estética, de la pedagogía. Pero todo esto también lo quiere la Escolástica, aunque no siempre los escolásticos hayan dedi­cado estudios especiales a esas especula­ciones, y por ello hayan sido considera­dos refractarios a ellas.

En cuanto al principio de autoridad, debemos decir que muchos escolásticos, carentes de cualquier originalidad, se han limitado a repetir todo lo que habían aprendido de sus predecesores. Pero tam­bién debemos considerar que la Escolás­tica, con la convicción de que se puede alcanzar cierta verdad definitiva, aunque sea imperfecta, tenía la obligación de transmitir el tesoro de las verdades ya logradas; esta conexión con la tradición es, a decir verdad, estéril para la razón si no se da junto con nueva penetración y nueva conquista, tras un trabajo racio­nal de demostración y de convicción; pero si se da esta concomitancia, el re­currir a la tradición no es indigno de la razón: si no fuera así, no deberían exis­tir discípulos de ningún maestro, y la originalidad por la originalidad debería ser el fin de la investigación. Santo To­más ha escrito, y siempre ha seguido, el principio: “locus ab auctoritate, quae fundatur super ratione humana, est infirmissimus”: en filosofía recurrir a la autoridad significa recurrir a la prueba más débil de todas, aunque recurrir a la autoridad de un nombre célebre para sostener determinada afirmación sea in­dicio de que dicha afirmación merece cierta consideración, y es una invitación a penetrar en las mismas razones que originariamente la causaron.

Además, es cierto que en cuanto a la teología, la Es­colástica consideró que la autoridad divi­na era de supremo valor, pero no lo hizo sin antes  establecer racionalmente la conveniencia y la oportunidad del asen­timiento: “non crederem nisi viderem esse credendum”: al igual que para aceptar las afirmaciones de un testimonio humano queremos, ante todo, estar ra­cionalmente seguros de que puede saber cuanto afirma, del mismo modo para aceptar las afirmaciones que se nos pro­ponen como procedentes de Dios, debe­mos estar verdaderamente seguros de que esas afirmaciones proceden de Dios: el acto de fe debe ir precedido de un acto racional sobre la credibilidad de las afirmaciones mismas. Y así, también la teología escolástica concede gran valor a la autoridad eclesiástica, pero también en este caso dentro de los límites en los que puede y debe reconocer una especial intervención divina y según la medida de tal intervención. De esta manera, la Es­colástica resolvió el problema de conci­liar la razón con la revelación.

Éstas son las características generales de la Escolástica, sus defectos y sus mé­ritos, las acusaciones y las defensas. La Escolástica tiene una historia más que milenaria: fue iniciada, remotamente, por los filósofos griegos y latinos, e inmediatamente por los Padres de la Igle­sia; tuvo su origen y su apogeo en la Edad Media, decayó, renació y volvió a florecer durante el Renacimiento y hasta fines del siglo XVII; luego volvió a de­caer de nuevo, y floreció otra vez en los siglos XVIII-XX. Al igual que ocurre con la Academia platónica, en la Escolástica, después de un período de preparación, se pueden distinguir una Primera, una Se­gunda y una Tercera Escolástica, tres’ períodos muy distintos y con peculiares caracteres distintivos.

No cabe duda de que la preparación remota de la Escolástica la constituye la filosofía griega. La Escolástica se consideró y fue en realidad una continuación de la filosofía clásica. Aunque en sus co­mienzos sólo conoció algunas obras de lógica de Aristóteles a través de las tra­ducciones de Boecio, luego, a medida que se iban descubriendo las obras de la antigüedad, las iba estudiando y asi­milando. Si en el seno de la Esco­lástica se formaron dos corrientes muy distintas, ambas corrientes deben su origen histórico a las especulaciones de Platón y de Aristóteles, aunque su ori­gen natural sean las diversas tendencias e inclinaciones del espíritu humano: la tendencia intuitiva y sentimental, y la lógica y razonadora; la tendencia que ab­sorbe al hombre entero, que escucha las más profundas voces del ser, que se en­trega a la ola de la vida, y la que dis­tingue y esquematiza, que analiza y sis­tematiza, que deduce rigurosamente, me­diante silogismos, las consecuencias de las premisas sin dejarse desviar por in­filtraciones de carácter sentimental. Sin embargo, las dos tendencias no estaban destinadas a excluirse mutuamente, sino a integrarse. A pesar de que corriente­mente suele oponerse Aristóteles a Pla­tón, en Aristóteles hay muchas más cosas platónicas de lo que generalmente se cree, y en la actualidad una crítica más profunda saca a luz los elementos platónicos que hay en Aristóteles.

Es más, debemos decir que si para los fines gnoseológicos Aristóteles no recurrió a las Ideas platónicas, la fundamental teoría metafísica aristotélica del acto y de la potencia, con todos sus principios y con todas sus aplicaciones, es esencialmente platónica, es decir, no es más que la adaptación científica de la intuición pla­tónica de la distinción entre perfección absoluta, subsistente en sí misma como tal, y perfección de un substrato, limita­da, finita, multiplicada. Según esta inter­pretación, Aristóteles es más platónico que el neoplatonismo, que había trata­do de llegar a una síntesis de Platón y Aristóteles. Y precisamente este núcleo central de la especulación platónico-aris­totélica es el que pasará a la Escolástica, en parte por el gradual descubrimiento de las obras aristotélicas, y en parte a través de los ecos de la especulación griega que fueron trasmitidos a la Esco­lástica por medio de Cicerón y de Séneca.

La preparación próxima de la Esco­lástica la constituye la patrística, y en especial San Agustín, el gran Padre de la Iglesia, de tendencia marcadamente pla­tónica, que interroga su alma para es­cuchar la voz de Dios, interroga la historia del hombre para hallar en ella los designios de la providencia divina; que aborda el agobiante problema del mal y de la conciliación de naturaleza y gracia que parece superar las fuerzas intelectivas de la criatura, y que de este modo se siente atraído por el in­finito que cree tener en sí mismo, abar­cando de un salto el mundo y el yo, la base inmediata de toda certeza y de todo valor, y dando origen a toda esa corrien­te escolástica que tuvo como doctrina característica la iluminación divina. Junto al excepcional genio filosófico y teológi­co de San Agustín, otros Padres de la Iglesia, sea más platonizantes, como Orí­genes y Clemente Alejandrino, sea más independientes, como San Basilio y San Ambrosio, influyeron en la Escolás­tica y también influyó sensiblemente San Juan Damasceno, que en su tratado De jide orthodoxa ofreció algo así como el primer intento de una sistematización teológica por lo que algún autor le ha dado el calificativo de primer escolástico. Anillo de unión entre la antigüedad y la Edad Media fue Boecio, patricio y cón­sul romano, que nació pagano y cuando aún era pagano tradujo la Isagoge (v.) de Porfirio, y que, después de convertir­se al Cristianismo, prosiguió su actividad filosófica traduciendo y comentando gran parte del Organon (v.) de Aristóteles.

La “Primera Escolástica” es el período de la Escolástica medieval, que abarca desde el siglo IV al siglo XV. En un primer período todavía no podemos hablar de Escolástica propiamente dicha: es el incierto período de los albores, el brillo del renacimiento carolingio, oscurecido muy pronto por los siglos de hierro x y xi. La biblioteca es de lo más modes­to: dos libros de lógica de Aristóteles, la Isagoge de Porfirio, los Deberes (v.) de Cicerón, los Beneficios (v.). de Séneca, la Naturaleza de las cosas (v.) de Lu­crecio y otros autores latinos de la de­cadencia; las principales obras de San Agustín, Orígenes, Lactancio, San Je­rónimo y San Ambrosio; finalmente, cuatro tratados bastante misteriosos atri­buidos a San Dionisio Aeropagita, dis­cípulo de San Pablo, que actualmente sa­bemos que son obra de un neoplatónico bizantino del siglo V o del VI. Los auto­res del siglo IX fueron: Alcuino, Fridegisio, Agobardo, Rabano Mauro, Cándi­do de Fulda, Pascasio Radberto, Ratramno, Gotescalco, Incmaro de Reims, que fueron sobre todo compiladores, dialécti­cos, enciclopedistas, sin verdadera ori­ginalidad; un solo nombre se destaca en­tre todos: Juan Escoto Eriúgena, con su División de la naturaleza (v.), que se ins­pira en los tratados del seudo-Dionisio, que él había traducido. Pero a Escoto Eriúgena, por su inspiración neoplatónica en rigor no podemos considerarle como escolástico.

La verdadera Escolástica se inicia con San Anselmo de Aosta (1033-1109), de ten­dencia platónica, muy embebido de agustinismo, fiel con todas las fuerzas de su espíritu a la fe cristiana, pero deseo­so de penetrar, con ayuda de la razón, el hecho revelado, y elevarse por medio de la razón hasta las sublimes regiones de lo sobrenatural, partidario de la ilumi­nación divina y de una demostración a priori de la existencia de Dios, basada en su concepto mismo, declarado ene­migo de todos los que, valiéndose de la dialéctica, parece que atentan contra las verdades de la revelación cristiana. Así eran sus contemporáneos: el nominalista Ruscelino y el conceptualista Abelardo, el enamorado de la hermosa e inteligente Eloísa, a quien el mundo consideró odio­so a causa de su lógica inexorable y combativa, firmemente decidido a man­tenerse siendo un seguidor de Cristo, pero atrevido hasta más allá del justo límite en la investigación crítica y en su amor por la paradoja.

Entre estos autores nació la célebre controversia acerca de los universales, es decir, acerca del valor objetivo de nuestros conceptos, de la cuestión de si el contenido de los conceptos representa algo que existe en las cosas. A esta cues­tión Platón había dado la respuesta de que existían esencias inteligibles contem­pladas por el alma antes del nacimiento; Aristóteles había dicho que en las cosas existen esencias universales determina­das por caracteres particulares; Ruscelino dijo que los conceptos, en cuanto universales, eran simples nombres; San Anselmo y Guillermo de Champeaux, aproximándose a Platón, admitieron esencias universales existentes como ta­les en las realidades individuales; Abe­lardo atacó a Ruscelino, a San Ansel­mo y a Guillermo, sin conseguir una so­lución satisfactoria. Por esa misma época se fundaron dos célebres escuelas, la de Chartres y la de San Víctor, verdaderos hogares de severos estudios y encendidas disputas. El ansia de saber se convirtió en una verdadera fiebre: se recopilan los dichos de los Santos Padres en los libros de las “Sentencias”: Pedro de Capua, Prepositino de Cremona, Pedro de Poitiers y el célebre Pedro Lombardo, el “Magister sententiarum”, cuya compi­lación fue libro de texto hasta el si­glo XVII (v. Libro de las Sentencias).

El siglo XIII presencia el apogeo de la Primera Escolástica. Tres hechos impor­tantísimos concurren eficazmente al des­arrollo de la ciencia: la fundación de las universidades de París, Bolonia, Padua, Oxford; la introducción en el Occidente latino de las obras de física, metafísica, moral y política de Aristóteles, y el cho­que con las interpretaciones aristotélicas realizadas por los filósofos y teólogos árabes que florecieron en los siglos XI y XII, en especial, Algazel, Avicena y Averroes, así como de los judíos Avicebrón y Maimónides; la fundación de las grandes órdenes religiosas de francisca­nos y dominicos. Los primeros grandes maestros fueron Guillermo de Auvernia, Alejandro de Hales, Roberto de Lincoln o Grosseteste, y San Alberto Magno: el primero, entre mil dificultades e impre­cisiones determina que el Cristianismo acepte al pagano Aristóteles; el segundo, escribe una Suma teológica (v.), cuya forma y cuyo contenido fue imitado por los maestros posteriores; el tercero, primer maestro de Oxford y fundador de la tra­dición positiva, científica y matemática en constante competición con la tradición metafísica y teológica que arraigó en París; el cuarto, individuo verdadera­mente enciclopédico, comentarista de Aristóteles y de Pedro Lombardo, teólo­go, filósofo y naturalista, de vastísima erudición pero poco profundo, sin domi­nar el sistema aristotélico y adherido a posiciones agustinianas, árabes y neoplatónicas.

Pero he aquí que aparecen en escena las dos grandes luminarias: San Buenaven­tura y Santo Tomás. El primero determi­nó dentro de la Escolástica la corriente franciscana, más platónica y agustiniana que aristotélica, más intuitiva y senti­mental que lógica, dirigida más al sujeto y a Dios que al objeto y al mundo; el segundo dio origen en la Escolástica a la directriz netamente aristotélica, más fría e impasible pero al mismo tiempo más lógica y crítica, dotada de un sistema ri­gurosamente formulado y apto para apli­caciones siempre nuevas. Para ambos, no existe ni es posible una oposición entre razón y fe, ya que tanto la una como la otra son luces procedentes del mismo Dios, y se entregan a una especulación racional y científica, y a una investiga­ción teológica seguros de que ningún re­sultado puede oponerse a otro; reconocen que la razón es un medio para alcan­zar la verdad, y, aun admitiendo su li­mitación, se entregan a sus energías in­dagadoras. Sin embargo, San Buenaven­tura considera más al hombre concreto y, como naturaleza, en sus enfermedades e indigencias; en cambio, Santo Tomás con­sidera más al hombre tipo, al hombre de naturaleza íntegra, al hombre en su de­ber ser, fijándose menos en el hombre existente en su individualidad. Pero ambos, arrebatados por la sed de lo ab­soluto y de lo eterno, no tienen en cuen­ta el mundo de la historia y de la ciencia experimental, no se ocupan de los problemas de la estética, a pesar de que tratan a fondo los problemas de la ética y, en parte, los de la política.

De los dos maestros surgen dos escue­las: de una parte, Roger Bacon, Mateo de Acquasparta, Juan Peckam, Pedro Juan Olivi, Pedro de Trabibus, Ricardo de Middletown, Ramón Llull; de otra, Egidio Colonna, Enrique de Gand y Godofredo de Fontaines. Sin embargo, la es­peculación escolástica había alcanzado ya su cima y ya no podía seguir más allá. En buena parte, se convirtió en repe­tición y controversia, en buena parte pasó a ser autocrítica: en este aspecto destacó un espíritu agudísimo, Juan Duns Escoto, franciscano, más aristoté­lico que San Buenaventura, pero mucho menos que Santo Tomás, sutil crítico de las posiciones tomistas, inclinado como buen inglés hacia lo concreto, muy ana­lítico y poco sintético, de mentalidad más geométrica que metafísica. Le siguió Guillermo de Occam, también francisca­no e inglés, nominalista, aún más críti­co que Escoto y totalmente antimetafísico. Fue él quien dio el golpe de gra­cia a la gran especulación, que quedó varada en cuanto metafísica, aunque dio algunos resplandores como ciencia de la naturaleza con los occamistas Juan Buridan, Nicolás de Oresmes, Marsilio de Inghem y Alberto de Sajonia.

Vino luego la “Segunda Escolástica”. Tras un siglo de decadencia, ocasionada por las trágicas consecuencias del cauti­verio de Aviñón y el cisma de Occiden­te, los esfuerzos de la Iglesia en pro de una reforma radical, antes del Protestan­tismo y del Concilio de Trento, fueron causa de que renacieran los estudios fi­losóficos y teológicos; entre muchos maestros, lograron hacerse famosos tres dominicos, comentaristas de Santo To­más, es decir: Tomás de Vio, cardenal de Gaeta, es decir, el “Cayetano”; Fran­cesco de Silvestri de Ferrara, y Francisco de Vitoria, los dos primeros destacados metafísicos, el tercero, gran jurista y fundador, podríamos decir incluso antes de Grocio, del derecho internacional. Después del Concilio de Trento empieza la escuela de los Jesuitas, de tendencia aristotélico-tomista, pero crítica y ecléc­tica. Los Jesuitas, después de Toledo, de Pereira y de Fonseca, tuvieron en Fran­cisco Suárez su mayor filósofo y teólogo, que es autor tanto de las célebres Dispu­tas metafísicas (v.), el primer gran trata­do de filosofía pura, es decir, en cuanto está separado de consideraciones de orden teológico, como del De legibus, uno de los más destacados tratados de derecho pú­blico y privado, civil y penal. Entre otros jesuitas destacados debemos mencionar a Molina, cuyo nombre está unido a la cé­lebre controversia acerca de la colabora­ción entre la gracia divina y el libre al­bedrío; Belarmino, Mariana, Vázquez, Valencia, Lessio. Entre los dominicos, destacan Soto, Cano, Báñez. Todos ellos son más teólogos que filósofos, y de ten­dencia más aristotélica que platónica. También en este período, y después de los nombres destacados, siguen las inter­minables discusiones y las compilaciones sistemáticas, y, en filosofía, los “Cursus”, en los que se concede mucha parte a la lógica y poca a la metafísica, con algu­nos contactos con la naciente filosofía moderna y con las investigaciones cien­tíficas contemporáneas; pero son demasiado pocos contactos para impedir una nueva decadencia.

Finalmente, la “Tercera Escolástica”. Mientras que con el sensismo inglés y francés por una parte, y con el criticis­mo kantiano de otra, la filosofía moderna se encamina hacia su cúspide y mien­tras la filosofía cristiana busca nuevos caminos para iniciar otra vez la compa­tibilidad entre especulación y revelación y surgen el tradicionalismo de De Bonald y Lamennais y el ontologismo de Ros- mini y de Gioberti, mientras ocurre esto, vuelve a resurgir la Escolástica, in­tentado reclamar lo mejor de la tradición clásica, medieval y del Renacimiento enriqueciéndola con nuevas experiencias y nuevos problemas. Preparadores de esta renovación son: en Italia, el canónigo Buzzetti y Serafino Sordi, y luego los padres Liberatore, Taparelli d’Azeglio y Cornoldi, el canónigo Sanseverino y el cardenal Zigliara; en Alemania, el Padre Kleutgen; en España, Jaime Balmes y el cardenal González; y en época más re­ciente, el cardenal Mercier con la Escue­la de Lovaina, la Universidad católica de Milán con el P. Gemelli, la Universidad Gregoriana de Roma, con los padres Mattiussi y Billot. Esta Tercera Escolás­tica, en su esfuerzo por reevocar el pensamiento de Santo Tomás y de acercar­lo a las filosofías modernas, a las cien­cias experimentales, a los nuevos proble­mas estéticos, jurídicos, sociológicos, pe­dagógicos, pretende colaborar con las mejores fuerzas del espíritu contempo­ráneo para un más luminoso devenir de la cultura y de la civilización.

Carlo Giacon