EPICUREISMO

Junto con el Estoicismo (v.) y el Es­cepticismo (v.), el Epicureismo forma el grupo de las tres grandes filosofías helenísticas, y una de las más importantes orientaciones del espíritu, destinada a reaparecer muchas veces, con insisten­cia, en las épocas de más maduro y cons­ciente refinamiento. Epicuro de Samos fundó la escuela en el año 306 a. de C., en Atenas; Tito Lucrecio Caro, más de dos siglos después, fue su máximo intér­prete en Roma, y en su clima se extin­guió el paganismo gozoso de los siglos primero y segundo después de Cristo.

Como el Estoicismo, con el que tiene muchos temas en común, el Epicureismo es fruto de una actitud principalmente ética, encaminada a iniciar al individuo a soportar del mejor modo posible una existencia de la cual no se siente ya ele­mento director, y se apoya en una con­cepción física de un mundo regulado por leyes propias, sobre las cuales en vano intentaría influir el pensamiento del hombre. Pero, a diferencia del Estoicis­mo que percibe lo divino en el mundo, el Epicureismo establece una neta se­paración entre la divinidad y el mundo: los dioses, según Lucrecio, permanecen tranquilos en su alta esfera, y no cui­dan para nada de las vicisitudes de aquí abajo; el vasto mundo de la naturaleza, de los animales, del hombre mismo, es pura aventura física, un fluir de partícu­las elementales e indivisibles de cuyo infinito entremezclarse nace el mundo.

Si bien el Epicureismo al prescindir de toda transcendencia, no se aprovecha de ello para azuzar al animal hombre a buscar su propio placer, obtenido a cual­quier precio, antes reconozca que el ver­dadero placer es el que deriva de la su­peración de toda voluptuosidad, la mera ausencia de dolor en que el ánimo re­posa tranquilo, no por ello dejó de pa­sar a la tradición como una filosofía pla­centera. Al contrario del estoico, que se encierra en sí mismo, trágico contempla­dor de un drama cósmico que lo arro­lla, el epicúreo se ingenia en construir una felicidad independiente de la que puedan ser la suerte del mundo o la envidia de los dioses. La amistad, a la cual el Epicureismo reconoce el primer puesto entre los bienes y entre las vir­tudes es, en realidad, una forma de coa­lición de toda una humanidad anti heroica para consolidar sobre la tierra el pro­pio bienestar arriesgando lo menos posi­ble, y sacando de la existencia lo mejor que pueda ofrecer. Perfecta filosofía de decadencia, el Epicureismo es la ex­presión de una sociedad que vive en paz de sus rentas, alejada de las preocu­paciones de la política y hasta de la sociedad, en bellas casas de campo, en­tre amables conversaciones, en el delei­te de una cultura ya formada, cuyos pro­ductos observa complacida, no para su­perarlos, sino para gozarlos cada vez más a fondo. En ese mundo la mujer no está bien considerada: trae consigo demasiados peligros, demasiadas espe­ranzas, demasiada desilusión inútil; pero, sobre todo, no tiene razón de ser porque al Epicureismo no le importa la descendencia: es un mundo clausurado que no busca continuación.

Y en realidad ese mundo no puede ser despertado en modo alguno; el cristianis­mo conseguirá arrojar luz entre muchos secuaces de la “Stoá”, transformando en religiosidad su ética; pero los epicúreos permanecerán sordos a su llamada. Nin­guna actitud se oponía tanto a un rena­cer como el Epicureismo, ninguna sentía tan escasa necesidad de Dios.
Su suficiencia se completa con el ale­jamiento del hombre respecto a lo di­vino: su ateísmo es tanto más absoluto en cuanto no niega a Dios, sino que lo considera del todo inútil para las exigen­cias de una vida humana. Su exaltación de una humanidad que se basta a sí misma es más sólida porque no impulsa al hombre hacia grandes ideales, en los que podría volver a asomarse el sentido mítico de una divinidad inmanente en el hombre, sino que le confirma y consuela en una mediocridad cauta y cons­ciente que vive de lo que tiene, antes de adormecerse en la nada.

Desde este punto de vista, el Epicu­reismo es la única actitud espiritual no perfectible, la única que no deja proble­mas ante sí, ni a sus espaldas. Por esto, cada vez que vuelve a asomar, en la historia del espíritu, será siempre lo mismo, donde no puede aparecer nada nuevo ni mejor. Y en esto radica su condenación: en ese peculiar demonis­mo en el cual ya los primeros cristianos señalaban al Maligno agazapado dentro del mundo pagano; en esa falacidad de todas las cosas que parecen lograr una perfección en el mundo, dando a lo pe­recedero una forma, estéril y muerta, pero imitada de lo eterno.

Ugo Déttore